La luz, protagonista de la danza

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10 de mayo de 2003  

Ciclo de Danza Contemporánea. "Entre haces", coreografía y diseño de iluminación de Teresa Duggan. Banda sonora de Enrique Casal. Con María Laura García, Daniela Velázquez y Juan Carlos Scrocco, y "Redada", coreografía y dirección de Vivian Luz. Interpretada por el Grupo Los Celebrantes. Ambas obras cuentan con el subsidio de Pordanza. Sala Ernesto Bianco del Centro Cultural San Martín.

Nuestra opinión: muy bueno

Hace tiempo que Teresa Duggan investiga en el campo de la luz y de cómo ésta produce diversos efectos que pueden ser sorpresivos. La idea es que los bailarines se autoiluminen y así jueguen de todas las maneras posibles con haces que pueden provenir de linternas, el fuego de fósforos, pequeñas bombitas y otros elementos. No se usa la consabida puesta de luces, sino que entre quienes interpretan la obra se arman los espacios y así se ve lo que hacen.

A oscuras, aunque todo exista, nada se percibe. Por eso, la intriga entre lo que hay y lo imaginado es uno de los interesantes factores. Con vestidos semitransparentes, las bailarinas harán sus movimientos con ánimo lúdico. Tanto se recorren con el elemento lumínico que tienen en sus manos, probando el acople con la danza y fragmentando los cuerpos como dirigen su atención a la otra y ésta, desafiada, responde con pasos a la luz que la baña.

Esto las hace cómplices y divertidas, va creando una coreografía en la que los paréntesis de oscuridad y luminosidad son la base de la interpretación. Un artefacto rectangular con luces que sólo iluminan desde abajo es otro de los elementos para mostrar caras distorsionadas, piernas y brazos aparentemente desprendidos del físico que provocan visiones humorísticas y sorprendentes. Los desplazamientos son en parte seguidos por la luz que alguno porta, pero en las apariciones y desapariciones está la clave, ya que sólo es la luz la que falta, no las personas, y cuando está, se cae en la cuenta de las mil y una posibilidades que pueden realizarse con algo tan simple y habitual.

Duggan aprovecha el recurso con enorme imaginación. Dos mujeres y un hombre provocan una magia que está al alcance de todos, mas es la coreógrafa la que la produce y la utiliza para sus planes. El solo resplandor de la chispa de una cerilla, las brasas de los cigarrillos y las miradas entre el hombre y la mujer, envueltos sutilmente por el humo, crean otro clima, donde está implícita la seducción.

Velados, los movimientos tienen una especial belleza; también, el humor que Duggan pone en ellos y la manera de traducirlos. Este recurso que Duggan comenzó a explorar hace tiempo ahora está en plenitud y es un hallazgo que puede dar resultados inusuales y provocativos. Teresa Duggan experimenta pero no deja nada librado al azar. Su curiosidad también la ha llevado a incursionar en temas poco comunes y a internarse en la búsqueda de diferentes técnicas para ramificar la danza. Simples, sus obras siempre muestran algo nuevo y bueno.

Enredados

"Redada" es una pieza de Vivian Luz en la que también el juego de luces es clave. Mas aquí el desarrollo es largo y se plantean escenas que no son casuales. Unidas son el meollo de su idea. Esa red que cubre al principio bultos que se arrastran y que sólo cuando emergen se comprueba que son seres humanos es una suerte de continente para lo que sucederá. Aunque no se la muestre constantemente, la red puede dar la impresión de que es el límite que no se puede traspasar, el miedo de atreverse a ver qué hay más allá. También, los bailarines envueltos en ella parecen crisálidas y, cuando salen, son como gusanos.

Los puntos de vista son polifacéticos, porque desde ese principio ancestral se desarrolla una suerte de "historia" de la evolución humana. Desde el conjunto en quietud, realizando los primeros pasos, hasta el contacto entre mujeres y hombres, con el inicio de la comunicación.

Antes, con suaves cadencias, la mujer descubre las connotaciones de su sexo. Las bailarinas portan largos velos con los que bailan pero con los que también se cubren hasta hacerse bollos, quizás, una caparazón protectora. Las rodadas, los cuerpos tirados en el piso probando formas, lo contrario de lo aéreo, el encuentro con las raíces, que están en la tierra, son algunos de los parámetros que ellas probarán.

Luego, erguidas, las bailarinas toman actitudes estáticas, sin atreverse a desplazarse. Llega el momento en que lo hacen y allí, como mariposas, disfrutan de una libertad desconocida, fresca, placentera. El cuarteto de varones en otro fragmento mostrará la potencia. Se observan los unos a los otros midiendo capacidades, los sentidos en alerta. Hay tensión en la atmósfera, pero es la energía, la innata fuerza masculina que contrasta con lo poético de la intimidad femenina.

Los conjuntos bailan separadamente. Sólo hay efímeros contactos. Cuando se enlazan en pareja, aprenden otro código: el del amor.

Abrazos, pasión concentrada, con las telas que los entrelazan o que ellos ponen sobre las cabezas de las chicas, como si fueran al altar con mantos de novias. Hay romanticismo y los intérpretes denotan la interna alegría de no sentir más el aislamiento.

Expresión del alma

Excelente es el final, en el que la red del principio cae desde lo alto y los bailarines trepan por ella, juegan, se dejan llevar por el espíritu, absolutamente liberado. Ahora ya no están encerrados por una redada, sino que son dueños de la situación. Sobre todo, de sus vidas. El lenguaje de Vivian Luz es variado y su inventiva, prolífica. Una cualidad muy atractiva es que en su coreografía hace "silencios" del movimiento que no resultan tediosos, sino, por el contrario, dan más aliento a lo que sigue, que pueden ser secuencias de pasos firmes o de románticas influencias. Pero el movimiento detenido, esas pausas en las que igualmente está latente la expresión del alma de los intérpretes, es lo que provoca la mayor intensidad.

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