Maurice Béjart cumple 75 años

Sus enseñanzas y coreografías marcaron a varias generaciones de bailarines
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31 de diciembre de 2001  

Mañana, Maurice Béjart cumplirá 75 años. Ese hombre robusto, de penetrante mirada, color celeste-glaciar, en contraste con el renegrido de sus cejas furibundas, su pelo que siempre peinó hacia atrás y su recortada barba, desde pequeño soñó con el arte.

En su Marsella natal comenzó los estudios de danza, para luego adentrarse en la tradición y conocer a fondo las reglas del clásico, vapuleado por la exigencia de la célebre maestra rusa Egorova. Cuando ingresó en la Opera de París, fue madame Rousanne, tanto o más estricta. Ser bailarín era su ilusión, pero su pensamiento era un motor irrefrenable que lo llevaba a fantasías que nadie concebía.

Su físico no era el ideal del danseur tradicional. Pero deseaba concretar lo que bullía dentro de su sangre. Así se unió en sus inicios con los vanguardistas franceses Janine Charrat y Roland Petit. Fueron tiempos de experimentación, cuando sus ideas comenzaron a tener forma, y fundó Les Ballet d´l Etóile, antecedente de Les Ballets de París, que llevaron su nombre.

Actuaba, creaba, fusionaba, y en la metamorfosis surgió una nueva danza que jamás se alejó de las fuentes, pero que insertó todo lo que a través del movimiento podía expresarse. Béjart es curioso, ávido de conocimientos, catalizador de estilos, filtro de ideologías, costumbres, idiosincrasia, religiones. Y en esa mixtura de ideas dio cauce a una nueva manera de crear, ver y pensar la danza.

Experimentación constante

También contagió sus convicciones a los que fueron y son intérpretes de sus piezas. Quiso hombres y mujeres que poseyeran libertad de mente, flexibilidad para adaptarse a cualquier implicancia y que comprendieran que la danza es un ritual sagrado. Trabajó hasta la extenuación, aprendizaje a través de las vivencias, aun las non sanctas, como experimentar con marihuana, o qué se sentía en la desolación y la belleza de una puesta de sol en el desierto, cuando aún concordaba con los chiítas y deseaba sentir secretos legendarios en propia carne.

Lo mismo hizo cuando se adentró en el arte y la filosofía orientales. Su colaboración en Japón junto a legendarios actores del teatro Noh y el interés sobre las raíces que manifestó por milenarias tradiciones se vieron en obras teatrales y coreográficas que impresionaron a los propios nipones. Tal el caso de "Cinq Noh modernes", "Kabuki", "Bugaku", Kurozuka" y "M", primera letra del nombre de Mishima. Sobre esta obra, dice que "la muerte es el tema esencial" y que el militar y escritor japonés podía identificarse con la frase de Hagakure: "La muerte es el sentido auténtico de la vida de un samurái".

Maurice Béjart es hijo del filósofo Gastón Bérger, y él mismo, inmerso en el mundo de las artes, propició su propia filosofía, que acompaña su obra. Su frase de que el bailarín tiene un poco de monje y un poco de boxeador, en el primer caso, por la existencia dedicada absolutamente a su dios, la danza, y en el segundo, por su constante training, da cuenta de sus conceptos.

En 1955 asombró y provocó controversias con "Sinfonía para un hombre solo", primer ballet con música concreta. Cuatro años más tarde estrenó su visceral versión de "Consagración de la primavera", donde conmociona los sentidos y da idea de la lucha del hombre por el poder y del sacrificio de los inocentes. Esta obra, que se vio en el Theatre de la Monnaie, en Bruselas, inició su larga actividad como director del Ballet del Siglo XX, que fundó entonces.

Con música de Wagner hizo una puesta de "Tannhaüser" para el Festival de Bayruth. Asimismo, lo atraparon bailes regionales y rituales de la India, como "Bakthi"; de Grecia , con "7 Danzas griegas" y "Eros-Thanatos", que hizo en homenaje a la muerte de uno de sus grandes bailarines, Bertrand Pie. De Irán se inspiró para Golestán y el trance de los derviches. Con un bagaje inmenso y en continua floración, Béjart construyó su propio lenguaje, que entreteje el clásico, el neoclásico y el contemporáneo y bailes típicos de todas partes del mundo. El tango es uno de los que más ama y lo ha insertado en "Notre Faust" y en "Mozart y tango".

Beethoven dio pie, con su "Novena Sinfonía", en 1964, a un ballet que revolucionó el ámbito por el mensaje de unión de todos los credos y razas ensablados en la magnificencia de la música con intérpretes negros, asiáticos y caucásicos.

Lo teatral es para Béjart el espectáculo en sí: no separa un arte de otro, sino que sus puestas florecen con todos los medios de los que dispone. Sus obras se han basado en textos de Sartre, como "Sonate a trois"; de Jacques Prévert, en "Arcane", y ha hablado de la vida de poetas, como "Baudelaire".

Su afecto y respeto a los argentinos tuvo en Jorge Donn su máximo ejemplo, que se convirtió en el prototipo ideal del estilo Béjart. Pero también pasaron por los inicios del elenco del Siglo XX Beatriz Margenat y, luego, cuando en 1987 formó el Ballet de Lausanne, partió la casi adolescente Cecilia Mones Ruiz. Como en algún momento dijo, muchos seres queridos se fueron, aunque para Béjart están presentes y en sus obras refleja la esencia de cada uno. Ocurrió con "El Presbiterio", que estrenó en 1997, después de la muerte de Jorge Donn y Freddy Mercury. Ambos fallecieron a los 45 años, y de la misma enfermedad, sida. Mas para Béjart no fueron éstos los motivos, sino "la juventud y la esperanza. Mis ballets hablan de todos los encuentros: con la música, la vida, la muerte, el amor, con los seres cuyo pasado y obra se reencarnan en mí, del mismo modo que el bailarín que ya no soy se reencarna cada vez en los intérpretes que son el presente y el futuro". En aquella première, en el Teatro de Chaillot, estuvieron sobre el escenario el grupo Queen y Elton John.

De sus casi trescientas obras, en su mayoría coreografía, pero también de teatro, puestas en escena, régie de óperas y varios libros escritos (dos autobiográficos), Béjart no se da demasiado tiempo para demostrar la tristeza que lleva adentro.

A los 75, se ha dado el placer de concretar muchos de sus sueños, que transporta en el tren mágico del arte. Como hechicero, Maurice Béjart hurga y halla lo que liga a unos y a otros: Isadora Duncan, Nijinsky, Molière, el Rey niño, Sissi, Romeo y Julieta, Edith Piaf, Jean Cocteau y tantos más siguen siendo sus amigos. Quien creó para Maya Plissetskaia, Sylvie Guillem, Mikhail Baryshnikov, Marcia Haydée, Barbara, seguramente no tendrá respiro entre saludos y brindis. También debe intuir que el ámbito universal de la danza le estará diciendo ¡Feliz cumpleaños!

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