Otra vez la danza, en el París de la primera preguerra

Pola Suárez Urtubey
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28 de noviembre de 2013  

En ese hervidero de arte que centralizó París hace un siglo, en 1913, no sólo está La consagración de la primavera, de Stravinsky. Dos importantes trabajos relacionados con la danza surgieron ese año. Ante todo, Jeux (Juegos), de Debussy, y Le Festin de l'araignée, de Albert Roussel.

Estrenada dos semanas antes, y en el mismo teatro parisino de los Campos Elíseos que la obra de Stravinsky, el poema danzado debussyano fue repetido al año siguiente en versión de concierto, para sobrevivir como obra de gran influencia sobre la música del siglo, según los análisis de Pierre Boulez, Jean Barraqué o Aloys Zimmermann, entre otros. Por su parte, el autor del encargo, Diaghilev, habló de Jeux como "una apología plástica del hombre de 1913". Pero la idea del autor, poner en escena una partida de tenis, encontró un futuro valiente y atrevido a través de su música, al margen de cualquier argumento, además de su sentido profético, al adelantar una dirección fecunda en la música de la primera mitad del siglo XX.

Por su parte, Roussel estrenó, en el Teatro de las Artes de París, su ballet-pantomima El festín de la araña , que en su puesta escénica requirió una enorme tela de araña vertical extendida para la captura de insectos-danzarines. De todas maneras, la música encontraría su camino futuro a través de una espléndida suite orquestal, que pone de relieve el juego de las armonías y sus vibrantes colores instrumentales.

Y en medio de este torbellino de creación de obras para ballet que surgen bajo el impulso superlativo de Diaghilev, vale la pena recordar que un año antes, en 1912, también el empresario ruso estrenó el ballet Daphnis et Chloè de Ravel, cuyo verdadero triunfo para la historia no se dio tampoco en la danza, sino en el repertorio sinfónico.

En el Esquisse biographique dictado por el compositor al musicógrafo Roland-Manuel, el autor menciona esta obra como sinfonía coreográfica en tres partes. "Mi intención al escribirla -declara el autor- fue componer un vasto fresco musical, menos cuidadoso de arcaísmo que de fidelidad a la Grecia de mis sueños, que es la que imaginan y describen los artistas franceses de fines del siglo XVIII." Y luego, una declaración que hoy estimamos como la verdadera realidad del pensamiento raveliano: "La obra está construida sinfónicamente según un plan tonal muy riguroso, en medio de un pequeño número de motivos, cuyos desarrollos aseguran la homogeneidad sinfónica de la obra". A diferencia de otros autores de música para ballet (el caso tan exitoso de Chaikovski), Ravel ha quedado en la historia del siglo como el creador de una música destinada a sobrevivir como tal, sin funcionalidad escénica. Porque da la impresión de que su opéra-comique La hora española , estrenada en 1911, y la fantasía lírica El niño y los sortilegios , de 1925, están siendo hoy relegadas, porque el mundo y el gusto de los espectadores están en otra cosa. Es que un siglo no pasa en vano.

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