Un ciclo regido por el vértigo de explorar

En Experiencias en escena, del Borges
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12 de agosto de 2009  

Algunos espacios de arte tienen construida una imagen, un concepto, una línea que se presenta inequívoca en el imaginario de la gente con sólo nombrarlos. Otros, como el Centro Cultural Borges, no. En él conviven estéticas y disciplinas muy variadas, que no pueden identificarse ni con una corriente ni con una audiencia ni con un estándar de producción. Sin embargo, de todas esas salas que habitan el shopping Galerías Pacífico, hay una que da la nota: la Norah Borges, en el segundo piso, donde reside Experiencias en escena. Allí existe un tutor, un eje que atraviesa sus propuestas: explorar nuevas miradas en relación con las artes escénicas, alentando el cruce.

La curaduría de ese rincón perfilado del Centro Cultural Borges corresponde a Adriana Barenstein y, en consecuencia, la danza tiene un sitio especial, tanto con referencia a talleres y espectáculos, como con el ciclo de improvisación, uno de los pilares del lugar. Debajo de ese paraguas, donde intervienen factores como la casualidad, la síntesis, el azar, la intuición, el error y la deriva, el jueves último se presentó No se puede vivir del amor, improvisaciones a partir de situaciones de pareja, una propuesta ideada por Exequiel Barreras, que seguirá desafiando las coordenadas de la casualidad y el movimiento -por supuesto, con algunas premisas férreas- los siguientes jueves de este mes, a las 20.30.

El cordobés, de 25 años, acaba de llegar de Europa, donde en los últimos meses participó, en distintas ciudades, de experiencias enriquecedoras. Por ejemplo, del programa de entrenamiento coreográfico Siwic, en Zurich, hoy dice que fue "por lejos, la experiencia más interesantes y hermosa" de su carrera. Este paso del inquieto Barreras por Buenos Aires es apenas un stand by en su ruta internacional: con la visa alemana ya emitida, se integrará en septiembre a la compañía de danza de Coburg, Alemania.

Volviendo a la propuesta con título (y finalmente música) de Andrés Calamaro, a partir de determinadas pautas físicas son diez strangers in the night los que, en primera instancia, se revuelcan con Frank Sinatra en el punto de partida de este trabajo que, por sobre todo, es fresco. En parejas intercambiables, homo y heterosexuales, que pueden devenir tríos o cuartetos amorosos, un portero, un nadador con medalla, una oficinista, un farmacéutico, una camarera, un oficial de tránsito, un recolector de basura..., en suma, la decena completa de personajes, alterna su protagonismo mientras se entretejen cuadros muy intensos con situaciones de humor y otras que subrayan el sentido lúdico de este tipo de apuestas. Porque, al fin y al cabo, de eso se trata la improvisación, de un juego (para entendidos), donde el que no arriesga no gana. "Un juego de operaciones realizadas en el instante mismo -dice Barenstein-. Atrapar ese instante en su fugacidad es lo que nos proponemos en este ciclo".

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