Del virtuosismo al drama

La reciente Gala de Ballet de Buenos Aires se va superando, paso a paso, con la misma apuesta a la técnica y la interpretación
Constanza Bertolini
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26 de agosto de 2014  

La tercera no fue la vencida. La IV Gala de Ballet de Buenos Aires siguió superando su marca anterior. No por las cualidades de los artistas internacionales convocados, ya que siempre acercan a este rincón del Sur nombres que suenan en todos los idiomas, sino por la realización general del espectáculo. La edición que el viernes y el sábado últimos volvió a tener por sede el teatro Coliseo fue la mejor hasta aquí. Y por un lado es lógico: los tres componentes de Ars, la productora detrás de esta cita anual, están haciendo experiencia.

Por definición, una gala de ballet es comparable a un show de fuegos artificiales, donde cada breve actuación (solos y dúos, en este caso), encadenada a la siguiente y a cargo de diferentes figuras, le suma brillo a un espectáculo que gana fuerza (y estruendo) de comienzo a fin. La de este fin de semana supo, además, manejar un interesante balance entre virtuosismo y drama, pureza académica y nuevos lenguajes. Un gran punto.

Tal vez movidos por la misión de acercar la danza a nuevos públicos y (de)mostrar que no es materia sólo para entendidos -objetivo que desde sus inicios el Grupo Ars manifestó-, incorporaron al formato tradicional del espectáculo unas piezas de video para introducir cada obra. Como un epígrafe visual que referenciaba lo que seguía en escena, en los clips (algunos de muy buena factura, otros más rudimentarios) los artistas se presentaban a sí mismos y a su trabajo mirando a cámara, abriéndole al público una puerta. Al recurso lo estrenó Karina Olmedo (Teatro Colón), la primera en salir a bailar, con su pareja Nahuel Prozzi, el pas de deux de Espartaco, y su deseo audiovisual anticipó sin proponérselo cuál sería el mayor mérito de la noche. Ella se refirió a la importancia de que un bailarín trabaje su potencial expresivo para contar una historia. Y cuando la técnica confluye con la emoción, y la danza se da la mano con el teatro, aparecen indefectiblemente intérpretes vivos: ríen, aman, odian, lloran; mucho más que virtuosos ejecutadores de pasos a los que aún una parte de la audiencia le celebra, al modo circense, una batería de saltos o piruetas como al truco de un mago.

Acá fue imposible no conmoverse con María Kochetkova (San Francisco Ballet) y el fabuloso Joaquín de Luz (New York City Ballet) haciendo Kübler Ross (2014), de la joven coreógrafa Andrea Schermoly (ex Nederlands Dans Theatre), sobre cinco estadíos del duelo. Tal vez, lo mejor de la velada. O quedarse al margen de la amorosa (humorosa) y física Te odiero, una pulseada hasta con los pelos que la argentina Candelaria Antelo y el francés Arthur Bazin (Hur yCan) trajeron de su España residencial -junto con Mona lisa, en los cuerpos de Alicia Amatriain y Jason Reilly, del Stuttgart Ballet, lo más fresco y contemporáneo del menú-. A propósito de los bailarines del Stuttgart y las grandes apuestas interpretativas, bien valido fue el aplauso por el dúo de Onegin, con coreografía de Crako, incorporado a último momento al programa.

Los bailarines de la compañía Momix aportaron ilusión e impacto visual. Fue muy grato comprobar la ductilidad y hermosa línea de los cordobeses del Hamburg Ballet en esta vuelta a casa, con sendas piezas de John Neumeier ( Sylvia y Addagieto). Habría que entender, quizá, como un padrinazgo la incorporación en este contexto del jovencísimo Nicolai Gorodyskii, haciendo variaciones clásicas. Porque, por supuesto, no faltaron los clásicos de la clásica: Diana y Acteon, y el Don Quijote del final, con el argentino Herman Cornejo, premiado este año con un casi Oscar, el Benois de la Danse.

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