Delirio en las vísperas de la tragedia

"Mein Kampf, farsa", de George Tabori. Intérpretes: Villanueva Cosse, Jorge Suárez, Alejandro Urdapilleta, Heidi Steinhardt, Cecilia Rossetto, Gustavo Böhm, Sergio Arroyo, Antonio Bax, Carlos Falcone, Miguel Angel Farías, Enrique Iturralde, Néstor Pellicciaro, Pablo Razuk, Luis Sabatini, Sergio Sioma y una gallina llamada Mitzi. Iluminación: Roberto Traferri y Jorge Lavelli. Vestuario: Graciela Galán. Escenografía: Pace. Colaboración artística: Dominique Poulange. Dirección: Jorge Lavelli. Duración: 175 minutos, con un intervalo. En la sala Martín Coronado del Teatro San Martín. Nuestra opinión: Bueno .
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19 de marzo de 2000  

Muchas expectativas generó el estreno de "Mein Kampf, farsa". En primer lugar, por ser una obra de George Tabori; segundo, por tratarse de una puesta de Jorge Lavelli y, por último, por enfocar a un personaje desagradable que casi nunca se trata sobre un escenario: Adolfo Hitler.

Esta propuesta fue definida como farsa, calificación que le posibilita al autor disimular cualquier connotación irreverente (Tabori es un judío que escapó de la persecución nazi), y es un estilo dramático que, por otra parte, le permite al autor dibujar una metáfora donde abunda el humor negro, que pinta con trazo grueso a un sector de la sociedad vienesa de la primera década del siglo XX.

Tabori escribió este texto a la luz de lo que pasó décadas más tarde y por esto elabora ciertas situaciones que parecen premonitorias porque resultaron ciertas, pero que él intencionalmente aprovecha para dar pie al humor.

Cuadro de situación

Para desarrollar su planteo, el autor ubica la acción en un asilo, precariamente instalado en el inhóspito sótano de una carnicería, donde va a buscar el calor nocturno un grupo de ladrones, mendigos, estudiantes, revolucionarios, homosexuales, etc. Situación que le permite hablar sobre el estado socioeconómico que imperaba en la ciudad de los valses en aquellos tiempos.

Los dominadores de esta escena son dos judíos, Lobkowitz y Shlomo, personajes que, Tabori mediante, vuelcan mordazmente todo tipo de connotaciones religiosas, tanto judías como cristianas. Aunque estas referencias se amparan en la forma farsesca, no impide que puedan afectar la sensibilidad religiosa de algunos espectadores.

Hasta este asilo llega Adolfo Hitler, joven aspirante a pintor y sin recursos, buscando el refugio de un café caliente y una manta raída. Allí se establecerá una extraña relación entre él y Shlomo. Uno, como un chico caprichoso y con muchas necesidades vitales al que hay que atender, y el otro, generoso y caritativo, que cree entender la carencia afectiva que tiene ese pobre desvalido que hace del desprecio una forma de comunicación.

Durante un extenso y moroso primer acto, más dedicado al brillante desarrollo de un texto literario que dramático, la acción permanece estacionaria sin llegar a percibirse una punta que lleve al verdadero drama.

Hasta que en la segunda parte, la llegada de Madame Lamuerte empieza a señalar una posible fuente de conflicto. Ella viene en busca de Hitler, y Shlomo se lo niega. No va a pasar mucho tiempo hasta que la muerte compruebe que, más que un pasajero de su coche mortuorio, Hitler podría convertirse, por sus aspiraciones de grandeza, en un ángel exterminador, un aliado que aumentaría la cuota diaria de mortales.

Y de aquí se asoma una de las tantas interpretaciones que se desprenden de la obra y que remite al "yo y mi circunstancia" de Ortega y Gasset.

Tabori muestra que hubo una serie de factores sociales, económicos y humanos que favorecieron la creación de un fértil campo de cultivo para el nazismo. Sin llegar a hablar de complicidades intencionales, muestra que hubo una suma de causalidades que fomentaron los delirios hitlerianos.

Y esta lectura desarrolla escénicamente Jorge Lavelli con artesanía y mano diestra.

La teatralidad del espacio

El director elaboró la teatralidad con el espacio. Sobre el amplio escenario de la sala Martín Coronado, la escenografía trabajó la verticalidad para ubicar la profundidad del submundo, pero la larga escalera en espiral, por la que se baja y se sube, y la estructura elevada donde están ubicados los catres apuntan hacia la parte superior, como si el ámbito en cualquier momento fuera a despegar para ascender. Interesante percepción.

Allí se instalan los personajes, con comodidad, manejando las distancias acertadamente para desplegar una amplia dosis de delirio. Marcación del director en la que una gran mayoría se ve involucrado, por momentos con resonancias de "El gran dictador", de Chaplin, de Keaton y de Mack Sennett.

A Alejandro Urdapilleta le sobran recursos para dispararse hacia el delirio histriónico. Aunque a veces se ve más al actor que al personaje, sin dudas son mayores los aciertos.

Impecable resulta el trabajo de Jorge Suárez, que, soportando el peso de la obra, impone tanto la ternura como la mordacidad, el temor como el arrojo. Aprovecha el papel de Schlomo Herzl para extraerle todo el jugo.

Una sustanciosa elaboración realiza Villanueva Cosse como Lobkowitz, el cocinero-filósofo judío, y Cecilia Rossetto, en la piel de Madame Lamuerte, dibuja acertadamente el estilo farsesco, pero se presiente que es un personaje al que le puede dar un mayor crecimiento.

En cambio, resulta deslucida la actuación de Heidi Steinhardt, a la cual le hace falta mucho escenario para alcanzar el nivel de sus compañeros.

Finalmente, el vestuario apoya desde el color y el diseño la creativa intención del director.

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