Detrás de la escena

El verdadero festival estuvo este año en las peñas y no en el escenario principal, que, a excepción de casos aislados, lució semivacío la mayor parte del tiempo.
El verdadero festival estuvo este año en las peñas y no en el escenario principal, que, a excepción de casos aislados, lució semivacío la mayor parte del tiempo.
Gabriel Plaza
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31 de enero de 2000  

COSQUIN.- Este año, el festival número 40 de la historia de Cosquín, que concluía anoche, se dejó ganar por una apatía musical y el público sólo cambió su estado de ánimo en algunos casos aislados, como cuando se presentaron Los Nocheros, Soledad o el Chaqueño Palavecino.

Las controversias tan habituales (como la polémica de los cachets, la ausencia de Mercedes Sosa, las acusaciones de discriminación a la Mona Jiménez, el déficit que puede quedar flotando en el municipio local y los cuestionamientos al poder de Julio Mahárbiz) también dejaron al desnudo la histórica capacidad del festival para repetir errores pasados. Y si bien este año el festival rebajó sobre la marcha el precio de sus entradas, la recesión económica se hizo sentir por medio de la poca concurrencia. Este año más que nunca el fenómeno creciente de las peñas reafirmó una tendencia llamativa y significante como canal popular para difundir un folklore muy vivo y menos contaminado. Fue como un festival alternativo, que mostró el saludable estado del folklore actual y que sirvió para encontrarse con artistas que todavía no salieron a la superficie, pero que suman nuevos compositores e intérpretes.

Los espacios peñeros brindaron una espontánea programación paralela durante los nueve días, de donde siguen saliendo las futuras "revelaciones" o "consagraciones" que se ven posteriormente en el escenario Atahualpa Yupanqui. No sólo se mostraron como una opción, sino como una espontánea programación paralela que terminó recuperando a los duendes de los años 60, que tanto invocaron infructuosamente los organizadores para la plaza Próspero Molina.

Lo que sucede en el escenario mayor parece difícil de transformar: hay un modelo y una convocatoria que hereda demasiados vicios. Pero es uno de los aglutinadores fundamentales del encuentro y es necesario que se defienda, pero con dignidad artística y no con arengas populistas, para que el resto funcione. Los que no ven el festival por TV y lo viven día tras día saben que la plaza es una excusa para todo lo que pasa alrededor, y este año no fue la excepción.

La novedad: la Peña del Colorado se instaló como uno de los espacios más buscados y de más mística, que permitía el encuentro entre músicos y poetas de todo el país. Combinó una programación que siempre deparó sorpresas (como el grupo Los Diableros, apto para ser teloneros de un grupo como Divididos) con la guitarreada espontánea para los anónimos como refugio de madrugada. La peña de Santa Fe y la clásica de los Coplanacu, ideal para bailarines, fueron los espacios óptimos para mostrar algo distinto.

Los más convocantes: el Chaqueño Palavecino, Soledad y Los Nocheros fueron los únicos artistas que lograron que la plaza viera colmada su capacidad. El resto de los días, el escenario principal tuvo una ocupación de apenas un 50 por ciento y, por momentos, menos.

Los consagrados: todavía la elección del premio Consagración genera dudas. La plaza puede rubricar con el aplauso, pero a veces no tiene tanta incidencia. Anoche, al cierre de esta edición, se iba a anunciar el ganador. Y como en los últimos años, los rumores más fuertes indicaban que el premio sería compartido por Luciano Pereyra y el Dúo Coplanacu, aunque Los Amigos también están en la terna.

Las otras consagraciones: algunos no estuvieron y deberían haber estado en la plaza. Melania Pérez (ex Las Voces Blancas) deslumbró en las peñas con una voz increíble, que canta como pocas el repertorio del Norte. Músicos y público se rindieron absolutamente a sus pies cuando la escucharon cantando vidalas y zambas, que grabó hace poco para el disco "Luz del aire". Lo mismo generó el cantor tucumano Mono Villafañe, que sobresalió del resto con inmejorables versiones de temas como "Zamba de la candelaria" y lo reveló como uno de los intérpretes que mejor cantan la zamba, en la actualidad.

La otra tendencia: la cantidad de buenas cantantes que aparecieron o se consolidaron con un buen repertorio y propuestas interesantes: Gisela, María de los Angeles Ledesma, Susana Escribano, Mariana Torres, Patricia Barrionuevo, Claudia Piren, entre otras.

Lo saludable: el avance de los pequeños folkloristas fue en baja este año. El efecto Soledad se apagó y si bien aparecieron algunos chicos vestidos de gauchitos, no fue la mayoría, como sucedió en ediciones anteriores.

La luna diferente: la primera noche del festival logró ser insuperable en cuanto a la calidad y cantidad de artistas. Se presentó el acordeonista Raúl Barboza, el Chango Farías Gómez, Alfredo Abalos, Ica Novo, el Dúo Coplanacu y Ariel Ramírez.

La vigencia: el grupo Los Chalchaleros, con más de cinco décadas de trayectoria sobre sus espaldas, se mostró como una de las agrupaciones más enteras con respecto a otros colegas de su época que están en franco deterioro.

Los otros días: de las otras jornadas se destacaron la musicalidad de Jaime Torres (con un grupo ideal), la llegada popular de Víctor Heredia, la riesgosa apuesta del Chango Spasiuk, mostrando sus temas nuevos, y la solvencia de Peteco Carabajal.

En la balanza

Lo mejor

  • La atracción de las peñas, un atractivo "festival paralelo" que además sirve como semillero.

  • La cantidad de buenas voces femeninas que aparecieron o se consolidaron este año.

  • La insuperable calidad musical de la primera noche y la vigencia de varios consagrados.
  • Lo peor

  • La poca concurrencia y la tardía decisión de bajar el precio de las entradas.

  • Las controversias previas (Mercedes Sosa-Jairo) que deslucieron el perfil de la fiesta.

  • La discusión en pleno festival entre Julio Mahárbiz y el grupo Los 4 de Córdoba.
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