Diana Álvarez: directora y pionera de las telenovelas

Detrás de cámara, uno de los espacios donde mejor desarrolló su arte con tono local
Detrás de cámara, uno de los espacios donde mejor desarrolló su arte con tono local Fuente: Archivo
Marcelo Stiletano
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26 de junio de 2018  

Con Diana Álvarez, que falleció a los 76 años, desaparece una de las grandes directoras integrales de la historia de la televisión argentina. Representó un papel fundamental en un modelo televisivo que hoy no existe, el de la figura que tiene toda la responsabilidad de la puesta en escena de una ficción, desde el manejo de las cámaras hasta la producción ejecutiva y la conformación del elenco. Solo le faltó intervenir en los guiones, tarea que en su trayectoria siempre dejó en manos de autores con los que conformaba equipos creativos muy rendidores, para que su trabajo se acercara a lo que hoy conocemos como showrunner en la TV de los Estados Unidos.

Las responsabilidades de Álvarez nunca estuvieron en el papel, sino detrás de las cámaras. Confió muchísimo en algunos autores que se unieron a ella para construir grandes éxitos, como Marcia Cerretani, Alberto Migré y la dupla Maestro-Vainman, entre otros. Su género preferido siempre fue la telenovela, aunque se movía con igual destreza en otros espacios de ficción, como el unitario y la miniserie. Solía decir que la mejor televisión en ese terreno funcionaba cuando los actores estaban contenidos y cuidados. Y ella era una experta en trabajar con ellos, ganarse su confianza y sacar lo mejor en medio de jornadas extenuantes de grabación y múltiples exigencias. "Yo trabajo porque hay actores. No hago noticieros, de fútbol no entiendo nada. Si no existen los actores, yo no vivo. Y además ellos son los que dan la cara. Dependemos pura y exclusivamente de ellos", le dijo a la nacion en una entrevista publicada en los años noventa, cuando era una referencia indiscutible para opinar sobre televisión.

La vida de Álvarez se desarrolló casi en plenitud dentro de un estudio televisivo. Empezó como actriz e hizo la carrera de locutora, pero su destino estaba en otro terreno, el de la dirección. Su primer trabajo fue como asistente en Obras maestras del terror, uno de los ciclos más reconocidos de Narciso Ibáñez Menta en la Argentina, en 1960. Y durante la década siguiente se fue ganando un espacio como directora, primero al frente de algunos episodios de Alta comedia y luego, ya junto a Migré, como responsable en compañía de Roberto Denis de la puesta en escena de Rolando Rivas, tal vez la ficción más importante de toda la década del 70. Poco después, en 1976, comenzó una fructífera alianza creativa con la autora Marcia Cerretani en Lo mejor de nuestras vidas, nuestros hijos, el mayor éxito televisivo de la recordada Susana Campos.

Con Un mundo de veinte asientos, en 1978, Álvarez consolidó definitivamente su perfil como directora integral. En palabras del historiador Jorge Nielsen, la directora sabía manejar como pocos una fórmula que hacía funcionar a la perfección a partir de tres pilares: figuras centrales de inmediata empatía con el público moviéndose en temáticas barriales y urbanas porteñas bien reconocibles, conflictos amorosos de alta intensidad y muchas escenas registradas en exteriores. Del taxista interpretado por Claudio García Satur pasó al colectivero que llevó al máximo de popularidad al malogrado Claudio Levrino, y un par de años más tarde prolongó esa feliz secuencia con otro micromundo de inmediata identificación con la TV más popular desde la ficción: el mundo de un vendedor de diarios como punto de partida de un inquietante triángulo amoroso, protagonizado por Alberto De Mendoza, Carlos Calvo y Alicia Bruzzo.

La versatilidad de Álvarez quedó a la vista en su trabajo posterior, desde el acento testimonial de Nosotros y los miedos hasta el perfil de telenovela más tradicional de La extraña dama, una producción de enorme presupuesto y grandes ambiciones artísticas que la directora manejó con admirable destreza. Ese impulso contribuyó de manera decisiva a la expectativa que despertó fuera de la Argentina.

Su carrera posterior tuvo más éxitos, como Alén luz de luna y Hombre de mar, junto a algunas producciones que no tuvieron los resultados esperados, hasta la incomprendida Gladiadores de Pompeya, a mediados de la década pasada. Su presencia en el medio se fue haciendo más esporádica, aunque mantuvo siempre en lo alto a partir de su nombre el reconocimiento a una tarea que la propia transformación del medio tornó cada vez menos relevante. Se comprometió hasta el final de su vida con el medio al que le dedicó todos sus esfuerzos como vicepresidenta de la entidad Directores de Obras Audiovisuales para Televisión.

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