Don Atahualpa emociona aún en el recuerdo

Aniversario: a cinco años de su fallecimiento, se llevó a cabo un concierto de homenaje en el teatro Avenida, organizado por la fundación que lleva su nombre.
Gabriel Plaza
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1 de junio de 1997  

Una canción sale fácil/cuando uno quiere cantar/Cuestión de ver y pensar/sobre las cosas del mundo/si el río es ancho y profundo/cruza el que sabe nadar.

Los que participaron del tercer homenaje nacional Atahualpa Yupanqui, en el quinto aniversario de su muerte, se encontraron con la difícil tarea de evocar sus obras. Todos conocían la mirada desconfiada e irónica que Don Ata sabía tener sobre los que versionaban sus temas.

Quizá la mayoría tenía presente aquel episodio en un lejano Cosquín, cuando Daniel Toro tuvo la ocurrencia de preguntarle al maestro qué le había parecido su interpretación de "El indiecito dormido" y Yupanqui le replicó, con un tono tierno, pero terminante: "Mire, mi hijito, si sigue cantándolo así me va despertar el indio en serio".

Por eso, a sabiendas de cómo le podía resultar este homenaje a ese paisano del mundo, la fundación que lleva su nombre, presidida por su hijo Roberto Chavero, eligió el tributo humilde y sobrio.

En su puesta en escena, con un telón de fondo absolutamente negro, y en su desarrollo general el homenaje transcurrió en una profunda letanía, con silencios pronunciados entre los recitados de Omar Cerasuolo y la aparición de los músicos invitados:Jairo, Peteco Carabajal, Santaires, el trío Boses, Grobo, Llanos, Guadalupe Farías Gómez, Carlos Martínez, los bailarines Koki y Pajarín Saavedra, junto a su grupo Nuevo Arte Nativo y Ginamaría Hidalgo en lugar de Omar Moreno Palacios. El clima, cercano a una suerte de misa, estuvo más cerca de la nostalgia que de la celebración vivaz de sus canciones. Los presentes absorbían cada palabra, cada verso, que brotaba de los labios del locutor. Cuando terminaba cada poema, la gente parecía despertar del trance, de esa hipnosis colectiva que generaba su obra. Sólo entonces aplaudía a rabiar.

Los músicos se contagiaron de ese respeto. Y con una devota admiración _que también profesaba el público que llenó el teatro Avenida_ los músicos desperdigaron sencillas y sentidas canciones que no son parte del repertorio habitual. El valor de esos temas sobresalió en la intensidad que le supo imprimir un Peteco Carabajal, solo con su guitarra, en "El árbol que tú olvidaste". La belleza de "Arenita del camino", que ofreció Jairo con esa capacidad vocal que marca distancias, o el exquisito atrevimiento (que hubiera reprendido Yupanqui) de Santaires con "Tú que puedes, vuélvete" se convirtieron en lo más destacado del recital. Pero el desfile resultó demasiado magro. Con una austeridad que perturbó a los más exigentes. Pecó de sencillo, más allá de la postura que tenía el músico. Y faltó más hondura, más compromiso, no de parte de los actores, sino del entorno. Nadie se podía dar el lujo de que este homenaje quedara sólo reservado para quienes lo admiraron de toda la vida o para un gueto. Y que esta fecha, que marca la desaparición física, no cultural, de un artista del tamaño de Yupanqui fuera cuestión de unos pocos en vez de convertirse en el imaginario de un pueblo identificado con su canto.

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