Dos gigantes en escena

Presentación del pianista Herbie Hancock y del saxo soprano Wayne Shorter. Hoy y mañana, a las 21, en el Coliseo, Marcelo T. de Alvear 1125. Nuestra opinión: muy bueno
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25 de octubre de 2000  

Herbie Hancock y Wayne Shorter sienten que han agotado los moldes comunes del jazz y procuran acercarse al terreno de la música contemporánea de corte clásico. Lo que hicieron en su debut en el Coliseo establece formas sujetas a una emocionalidad contemplativa, con discursos paralelos, sin esa interacción espontánea y rítmica que tiene la música negra.

La raíz clásica del pianista le permite un dominio vasto y sólido de las reglas de composición, con las que transmite un mundo de imágenes armónicas cinceladas a partir de estructuras relativamente sencillas. Su intensidad expresiva, sus solos perlados, a veces evanescentes, otras incisivos, crean atmósferas cambiantes, dentro del tono camarístico del concierto. No hay impulso improvisativo, pero sí pulsión musical, tensa en ocasiones y relajada y grácil en otras.

Veintiséis años es algo

Shorter crea misterios con su saxo soprano, que rechaza con su timbre áspero cualquier mimetismo con el piano. Su estilo elíptico, de frases inacabadas, deja cierta sensación de vacío. Insinúa caminos sin recorrerlos, modula su sonoridad en busca de acentuar la trama emocional que propone. Este virtuoso hoy se ha convertido en heredero del legado sopranístico de John Coltrane.

Hancock y él se conocen hace unos 26 años, y en este prolongado lapso desarrollaron un tipo de telepatía que les permite seguir caminos paralelos. "Uno más uno" (así se llama la placa que están presentando) se ajusta como definición de esta propuesta. Sobre el escenario parecen atravesados por un estado de conciencia único, una sintonía que relaciona los contrastes sonoros con las referencias armónicas.

Con algo de demora, llega uno de los momentos más esperados del año: dos gigantes del jazz aparecen en escena y una ovación los recibe. Sin llegar a ser distantes, ambos parecen más deseosos de refugiarse en los tenues rayos azules que caen desde el cielo del teatro que exponerse a tanto calor humano. En "Meridianne-A wood Sylph", de Shorter(quien impresiona por su parecido físico con Coltrane), la introducción del piano tiene un color introspectivo que ni siquiera la explosión del saxo logra despejar. Melodía pura y color tonal parecen unirse en los discursos paralelos de estos ex miembros del Miles Davis Quintet. Hancock trabaja en la construcción de una línea melódica enriquecida con toques en los que invierte el papel de la mano izquierda, que encuentra el protagonismo y la libertad propios de la mano derecha. Shorter hace un camino despojado de ornamentación, con un sonido que tiene tono crepuscular. Merodea en torno de la melodía, y se va apagando como la tarde.

"Aung San Suu Kyi" es otro tema de Shorter, dedicado a la líder de los derechos civiles de Burma. La introducción está a cargo de Hancock, quien la adorna con cierta paulatina exuberancia. El soprano recorre un aire sinuoso, oriental. El mensaje de Shorter es quebrado, austero. Sus solos son descriptivos: su expresividad en el soprano alcanza una altura plena de crispación. El tema se apaga en un fade out.

A esta altura, el auditorio muestra cierta mezcla de respeto y perplejidad. "Memory of enchantment", de Michiel Borstlap, tiene un aroma de balada en el piano, mientras que Shorter dramatiza con su sonoridad la línea del tema. Sus mensajes tienen una tibieza que va y viene, y los sobreagudos ponen un acento penetrante, construido de manera minimalista. Hancock lo sigue, aunque su camino tiene mucho de imprevisibilidad. Sus encadenamientos armónicos tienen repentinas frases, tintes conmovedores. Este pianista virtuoso tiene una personal manera de organizar las notas, con acordes arpegiados ejecutados en un volumen casi imperceptible, saturado de introspección.

Gran momento: los dos recrean "Footsprints", de Shorter. Hancock, con los martillos del piano, logra una polirritmia apagada. De pronto, desde dentro del mueble Steinway suena Africa. El pianista indagó, en los años 70, con su grupo Head Hunters, la música tribal de los pigmeos para el lanzamiento de su hit "Watermelon Man". Ese pasado vuelve ahora con nuevas fragancias. El saxo logra una conexión intensa con el ritmo, única en la noche. Hay un modo distinto de desarrollar la música.

Hancock, como todo un profesional, se levanta de la butaca y mira el reloj: una hora justa de concierto. Sonríen (¿por su precisión o por el buen curso del show?) y comienza una lenta retirada frente a un público que pide más y al que le darán otra pieza: "Maiden voyage", de Hancock, un tema de los años 60, cuando había mucho por decir. Shorter sopla sueños. La exposición de Hancock es de una pulcritud impecable. Sin un desliz, moldea un mensaje conciso, cargado de tintes clásicos que utiliza como si ése fuera su propio proyecto musical.

Un dúo de fortísima presencia, que dejó una música descriptiva de atmósferas, quizás como un punto de partida en el lenguaje actual del jazz que se inclina sin titubeos hacia una corriente de contemporaneidad. Bienvenida.

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