Dos trovadores rosarinos

Recital de canciones de los compositores e intérpretes Adrián Abonizio y Sergio Sainz. Ciclo de presentaciones en la sala Oliverio Allways, de Callao 360. Ultima función: hoy, a las 21
Mauro Apicella
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26 de octubre de 2000  

En la historia de la música, la figura del trovador (aquel poeta provenzal de la Edad Media) tomó diferentes formas con el paso de los años. La figura no responde a un título nobiliario. Sin embargo, todo artista que accede a ese rango según la apreciación popular es un verdadero privilegiado.

El desarrollo de la música permitió que la tarea de estos personajes se adaptara a las circunstancias de su entorno social y geográfico. Los ejemplos son muchos. A principios del siglo XX, en Cuba existió la Vieja Trova y, luego de la Revolución, la Nueva. En la década del 60, España tuvo un movimiento de cantautores que se transformaron en herederos de ese título de nobleza popular.

A fines de los años 80, la ciudad de Rosario fue cuna de un movimiento de solistas con una propuesta original que llegó a Buenos Aires, pocos años después, liderada por el cantante Juan Carlos Baglietto.

Entre sus exponentes estaban Adrián Abonizio y Sergio Sainz, dos músicos que, como varios de esa camada, hoy prefieren despegarse del rótulo "trova rosarina", que les dio un espacio muy bien reconocido dentro del rock nacional de aquellos años.

Sin embargo, la definición aún tiene vigencia, porque si bien el trabajo de cada uno tomó diversos matices, se acercó al tango o a la música folklórica, lleva el sello de ese estilo de canción que los identifica y que se ve reflejado, por ejemplo, en el espectáculo que durante este mes Abonizio y Sainz presentan en Oliverio.

El repertorio de los músicos se diversifica con un tema que toma la fisonomía del chamamé, con una chacarera que Sainz define como "recortada", o con el aporte tanguero de Abonizio. Pero nunca llegan a apartarse de esa línea tan genuina de canciones. Esa que logra su síntesis en un par de guitarras y el arreglo de voces que trepan agudos y representan un verdadero sello de fábrica.

El show de este dúo formado especialmente para la ocasión es informal, a veces demasiado; por momentos parece una reunión de amigos amenizada por dos músicos. Afortunadamente, esto no les quita brillo a temas que trazan un rumbo unívoco aun cuando la inspiración provenga de direcciones y sentidos diferentes. Hay algunas canciones de amor; el blues "Y ahora", como una crónica socarrona de una Argentina que es "turismo de aventura y cambalache de ocasión"; el "Corazón de barco" que navega en mareas altas y furias reprimidas, buscando lo imposible; la clase media desde una mirada de "Rayos catódicos"; y las historias de marginales ilusionados con el milagro.

Por supuesto que no faltan clásicos como "El témpano" y temas de algunos de sus coterráneos. Como "Cuando", de Jorge Fandermole, y "Basura en colores", de Rubén Goldín, que, en sus primeros versos, dice: "Hacemos canciones para no estar solos / canciones de guerra o de amor, para siempre...", quizá la primera inspiración de esta raza de músicos que se repite en las almas de los trovadores de todas las épocas.

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