Ecos de la infelicidad

Pablo Kohan
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28 de noviembre de 2013  

Mélisande. Hacia 1900, los personajes de la ópera, desde los más heroicos a los más elegantes, desde los más pedestres a los más sublimes, eran corpóreos, concretos y definidos. Y de repente, en París, en 1902, en la Opéra-Comique, de la mano de Debussy, aparecieron Pelléas y Mélisande, devenidos de la exquisita prosa simbolista de Maurice Maeterlinck, aquel maravilloso escritor y dramaturgo belga que vivió entre 1862 y 1949. En El recurso del método, la magistral novela de Alejo Carpentier, el autor cubano relata la incomodidad del Primer Magistrado de la Nación, un dictador latinoamericano que amaba intensamente a la ópera wagneriana (y la potencia del ejército alemán), cuando decidió ir a ver Pelléas y Mélisande, en Nueva York, para escuchar a la gran Mary Garden haciendo el protagónico. Tras la percepción de pequeños murmullos de la orquesta que "no llegaban a ser música" y odiar a esos personajes que "hablando no se resolvían a cantar" huyó, enfurecido, al finalizar el primer acto. Las indefiniciones de Pélleas, la fragilidad y los misterios de Mélisande y, en general, una trama onírica, etérea y elíptica -exactamente simbolista- se oponían a cualquiera de las otras corrientes operísticas de su tiempo. Y esa contrariedad y fastidio que aquejaban al Primer Magistrado también la sintieron muchos de los espectadores de aquella primera función parisina. Quienes amaban la corporeidad humana de Carmen, la firmeza de Tosca o la consistencia heroica de Brunilda y disfrutaban de las grandes oberturas o de los números de ballet dentro de la ópera, dieron rienda suelta a sus decepciones en el segundo acto. Melancólica e indescifrable, Mélisande le dice a Golaud, su esposo: "Yo no soy feliz aquí". Y parte del público bramó: "¡Nosotros tampoco!"

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