El arte que nos trae el río

René Vargas Vera
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20 de marzo de 2000  

El tránsito del desprecio al reconocimiento del chamamé no pudo tener fecha fija. Meros oyentes o estudiantes de música, fuimos incorporando, subrepticiamente en la memoria personal y colectiva, alguna página del cancionero mesopotámico. Casi en la misma época en que se instalaban masivamente "Kilómetro 11" (ese clásico chamamé-maceta nacido como polca) y "Merceditas" como temas representativos de la región, flotaban en el aire las bellísimas notas de "Villanueva", inventada -se dice- por un obrero-músico del puerto. Fueron sus notas las que nos acercaron, a través de su tristeza infinita, al chamamé de todos los tiempos.

Su alegría, que no es frivolidad,y su canto romántico, que no es erotismo, soportaban aquella subestimación de quienes mirábamos a Europa, y de correntinos que observaban al Buenos Aires retrato europeo. Mientras tanto, el chamamé crecía con sus generaciones de creadores e intérpretes. Crecía desde el pie, con los tradicionales Sosa Cordero, Cocomarola, Abitbol, Montiel, Esquivel, Don Tarragó Ros, Chamorro, Los Hermanos Barrios, Romero Maciel, Flores, Mansilla, Millán Medina (el Mark Twain vernáculo). Más tarde maduraba con Aguirre, Fierro, Villalba, Ayala, Roch, Müller, Bofil, Rudy y Niní Flores, Barboza, y se expandía en los músicos-poetas Antonio Tarragó Ros y Teresa Parodi.

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Desde aquellas canciones fundadoras: "El toro", "El tero", "La calandria", accedíamos a las hermosísimas "María va" y "Argentina secreta", de Antonio; a "Pedro canoero" y "Apurate José", de Teresa, que son como himnos populares, y a la integradora "Tierra sin mal", de Raúl Barboza. En medio de ellos se depositaba como eslabón -asegura la estudiosa Martha Chemes- "Chamamesero", un retrato cantado del chamamé, por Los de Imaguaré. Ya ritmo para ser bailado en danza enlazada, ya canción para ser escuchada con unción, el chamamé pintó al hombre y al paisaje de una región. Alguien lo ridiculizó como baile. Muchos -comprovincianos incluso- rechazaron de plano las nuevas propuestas de Tarragó Ros y Parodi. La misma bailanta de bochinche y tiroteo no fue su mejor presentación. Pero el chamamé sigue siendo una fiesta (no un festival) de auténtica alegría. Una celebración de la tierra.

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