El cine en estado puro

Murió en París el realizador de "Diario de un cura rural", un artista solitario y singular que supo llevar el rigor y el ascetismo a un alto grado de calidad
Fernando López
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22 de diciembre de 1999  

PARIS(AFP).- El cineasta Robert Bresson falleció en esta ciudad a los 98 años, según anunció su esposa. El deceso del realizador de "Diario de un cura rural" se produjo el sábado último, pero la noticia fue dada a conocer ayer.

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Artista singular, solitario, inclasificable, Robert Bresson desarrolló una carrera dominada por el rigor, la intransigencia y la fidelidad absoluta a sus convicciones. Pocos cineastas en el mundo se mantuvieron como él tan ajenos a las imposiciones de la industria y a las vulgaridades del poder del dinero y desoyeron de forma tan rotunda esa presunta exigencia de espectáculo que los productores suelen atribuir al público. Al mismo tiempo, pocos como él llevaron el rigor y el ascetismo a tan alto grado de calidad.

Era, seguramente, el más puro y riguroso de los cineastas franceses. O aún más, si se prefiere el modo terminante de Jean-Luc Godard, que solía proclamar: "Bresson es el cine francés como Dostoiewski es la novela rusa y Mozart la música alemana".

Fueron cuarenta años de trabajo meditado y coherente y dejaron apenas trece films -catorce si se cuenta el mediometraje "Les affaires publiques", con el que inició su obra en 1934-, como testimonio de su apasionada búsqueda de la perfección.

Bresson perseguía un lenguaje que se desembarazara de cualquier convención narrativa o dramatúrgica, se resistía a toda representación en beneficio de la estilización. Fue depurando con el tiempo su lenguaje descarnado y despojado, parco en gestos y en palabras, hecho de rostros, de manos, de relaciones elípticas e indirectas entre los acontecimientos, y sin embargo -o como consecuencia- cargado de una verdad ardua y reacia a manifestarse.

La austeridad como estilo

Sus tres primeros largometrajes tuvieron el sostén de otros grandes escritores: Jean Giraudoux ("Los ángeles del pecado", 1943); Diderot ("Las damas del bosque de Boulogne", 1944-45); Georges Bernanos ("Diario de un cura rural", 1950). Pero con cada uno de ellos el estilo se fue haciendo más austero y su núcleo temático más concentrado. De la adaptación de Bernanos, por ejemplo, escribió Georges Sadoul, que era "ardiente como un tizón bajo la ceniza" Bresson decantó lenta y minuciosamente el material con que elaboraría sus siguientes films, para que no hubiera en ellos vestigios de teatro ni de literatura: el cinematógrafo -como él prefería llamarlo- debería emanciparse para constituir una expresión pura. Nada que no fuera esencial debía tener su sitio en el film; nada debía interferir en la atención hacia el núcleo temático. Pero estaba muy lejos de buscar la precisión del documental: su compromiso era con la verdad, la que está detrás del mero realismo.

Después de "Diario de un cura rural", estuvo seis años alejado de los estudios; no quería reincidir en los compromisos de sus primeros films: la raíz literaria, el empleo de actores. Y llegó a la cumbre de su estilización con "Un condenado a muerte se escapa" (1956), que fue, además, su único gran éxito de público.

Filosofía, pintura

Pero ya se sabe que no era ese tipo de éxito el que desvelaba al solitario creador nacido en Bromont Lamothe (Auvergne) el 25 de septiembre de 1901, fecha que algunas fuentes corrigen por 1907. No es mucho lo que se conoce de sus años de infancia y juventud, aunque sí consta que a los 19 ya se había casado y que había completado sus estudios superiores -filosofía, griego, latín- cuando decidió volcarse a la pintura, paso previo a su ingreso en el cine.

Quedaría honda huella de esas experiencias en su obra fílmica, según confirman los juicios de algunos de sus contemporáneos más prestigiosos: "Se expresa cinematográficamente como un poeta con su pluma", ilustraba Jean Cocteau, "Su cine está más cerca de la pintura que de la fotografía", opinaba Truffaut. Otro gigante del cine francés parece haber tenido bastante que ver con sus primeros trabajos en los estudios: René Clair. Colaboró primero en argumentos y adaptaciones diversas, entre ellas la de "C«etait un musicien", en 1933, antes de dirigir un mediometraje satírico, "Les affaires publiques", cuyas copias, al parecer, han desaparecido.

Movilizado en 1939 (con lo que se interrumpió su colaboración con Clair en "Air pur"), fue hecho prisionero y pasó más de un año en un campo de concentración, experiencia que le serviría después como inspiración para el film que muchos críticos y estudiosos consideran su obra maestra.

Pero en general, Bresson prefería que no se tomaran en cuenta aquellos trabajos juveniles y reconocía como el primer capítulo de su personalísima obra a "Les anges du péché", si bien el film, por su "forma convencional" estaba, a su juicio, todavía lejos de lo que se llamó universo bressoniano. De todas maneras, ya aparecía ahí una de sus preocupaciones: la fortaleza espiritual a la que se arriba mediante la duda y la expiación.

El lenguaje de los sentimientos

"El verdadero lenguaje del cine es aquel que traduce lo invisible... Intento traducir más bien los sentimientos que los gestos o los hechos... Trato de sustituir un movimiento exterior por un movimiento interior", afirmó más de una vez en las contadas entrevistas a las que se prestó.

Y esas ideas empezaron a manifestarse cada vez con más fuerza. Primero, en "Las damas del bosque de Boulogne", donde partía de una intriga mundana bastante cínica para avanzar sobre la tragedia del amor, y especialmente en "Diario de un cura rural", donde buceaba en la interioridad -la exaltación religiosa, las dudas secretas- de un joven sacerdote de Ambricourt.

En ese film, que mereció ocho premios internacionales, Bresson ilustraba como nunca antes una de sus certezas de creador: "Dentro de la mente, la cámara puede aprehenderlo todo".

"Un condenado a muerte se escapa" y "El carterista", los dos films que rodó a continuación, no hicieron sino corroborarlo, si bien para algunos críticos en el segundo de esos títulos el ascetismo empezaba a acercarse riesgosamente a la abstracción.

Más allá de las modas

Al mismo tiempo, esos títulos y los que siguieron -algunos tan notables como "El proceso de Juana de Arco", "Una mujer dulce" (con la entonces ignota Dominique Sanda), "Lancelot du Lac" o "El dinero"- evidenciaban que Bresson seguía construyendo su obra con total prescindencia de las modas y las tendencias estéticas que dominaban el cine de su tiempo. No pudo asociárselo con la vieja guardia de los grandes creadores franceses -Renoir, Clair, Carné, Becker, etc.- ni con los jóvenes renovadores de la nouvelle vague que llegarían a fines de los cincuenta.

Sin embargo, y quizá más que ningún otro, Bresson se acercó a esa categoría de "autor" que tanto ha hecho hablar desde los años sesenta a cinéfilos, cineastas e investigadores. Su universo personal, el de un jansenista preocupado por ideas como la gracia espiritual o la predestinación, se hace reconocible de un film a otro. Eso también ha contribuido a hacerlos tan perdurables.

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