El discreto encanto de comprar vinilos en el Caribe

Humphrey Inzillo
Humphrey Inzillo LA NACION
(0)
21 de septiembre de 2019  

Arena blanca, palmeras, mar turquesa, hamaca paraguaya y un trago, piña colada o frozen margarita. Eso es lo que haría cualquier persona normal que tiene un rato de ocio en medio de una jornada laboral en el Caribe, ¿O no? El sábado pasado, la cobertura del Festival Barranquijazz, nos dejó un par de horas libres por la tarde. Mi amigo Jaime Andrés Monsalve, director musical de la Radio Nacional de Colombia, me dijo que me preparara. Antes de salir de excursión, Juan Carlos Garay -su coequiper del programa La Onda Sonora-, se excusó de acompañarnos y nos advirtió: "no lleven nada que pueda ensuciarse". Y nos sugirió, también, compar unos barbijos en una farmacia, de pasada, antes de llegar a nuestro destino.

Lo de la playa, dijimos, es lo que haría cualquier persona más o menos sensata. Pues bien: ni Jaime, ni yo, pertenecemos a ese grupo. Así que en ese rato libre, Jaime me llevó a La Clave Musical, una fantástica tienda de vinilos, en pleno centro de la ciudad. Un sitio oscuro, bastante sucio y nada glamouroso: las únicas palmeras que podían verse estaban tapadas de mugre en las portadas de los viejos acetatos de cumbias colombianas.

Si tuviera que explicarles qué es la amistad para mí, lo reduciría a ese momento de comunión melómana. Quizás porque desde niño mi papá me llevaba de la mano hasta la mítica disquería El Agujerito, en la Galería del Este. O, ya en la adolescencia, íbamos de excursión a Tower Records o a Minton´s, salir a comprar discos me pareció siempre un ritual compartido.

"Las ciudades son las personas", me dijo, repitió y recalcó Fito Páez, hace muchos años, cuando hicimos una nota que empezó en Río de Janeiro, siguió en Madrid y su Rosario natal, y terminó en su casa de Buenos Aires. Terminé de apropiarme de esa idea de Fito cuando llegué por primera vez a Bogotá, en 2010, para dar una charla -junto a mi padre- sobre la escena argentina en el marco del Festival de Jazz Teatro Libre.

Me encontré allí con Juan Carlos Garay, periodista de la edición colombiana de Rolling Stone, a quién yo ya conocía por su preciosa novela La nostalgia del melómano, algo así como la versión latina de Alta Fidelidad, de Nick Hornby. Garay me presentó a varios colegas. Una mañana, inolvidable, nos organizaron una caza de vinilos por Bogotá. Al tour se sumaron el bajista y productor Mario Galeano, y los colegas Umberto Pérez y Luis Daniel Vega.

La parada más insólita, y deslumbrante, fue en una zapatería, muy cerca de la Avenida Séptima. No piensen en una zapatería cool y palermitana, con una batea de vinilos como detalle hipster. Piensen, en una zapatería de un barrio como La Paternal, detenida en el tiempo de nuestros abuelos. Como si fuera un bar speakeasy, al que se accede con contraseña, como en los tiempos de la ley seca, en la trastienda de ese negocio se abrió ante nuestros ojos un almacén abarrotado con miles de joyas en formato vinilo. Revelaciones como esa marcan el inicio de una hermosa amistad.

Una de las figuras de esa edición del festival era John Medeski. Y una noche se corrió la voz de que el tecladista iría a participar en una jam en un boliche, El Anónimo. Toda la comunidad jazzística de la ciudad se trasladó hasta ahí, para presenciar lo que prometía ser una zapada memorable, que finalmente nunca ocurrió. Cuando llegué allí, le comenté a Luisda que toda esa situación me recordaba al capítulo de una serie de Los años maravillosos, donde Kevin Arnold, Paul Pfeiffer y Winnie Cooper iban hasta un bar en la carretera donde, supuestamente, tocarían los Rolling Stones. Luisda, por supuesto, también era fanático de la serie, y recordaba a la perfección esa secuencia. El abrazo que nos dimos selló una hermandad que reforzamos, a la distancia y en cada uno de nuestros encuentros, entre sopa de ajiaco y fugazzetta rellena, siempre alrededor de la música.

El domingo pasado hice una escala de varias horas en Bogotá. Lo pude visitar en su casa del barrio de Chapinero, donde vive con Mange, su compañera, saxofonista y artista experimental. Rodeados de vinilos, y bajo la custodia de un afiche de John Coltrane, desayunamos y nos pusimos al día. Luego partimos al festival Jazz al Parque, donde nos esperaban Garay y Monsalve. Fue un momento feliz, porque, además del cariño, siento una profunda admiración hacia ellos. Y aprendo mucho cada vez que nos vemos. Entre los stands del festival, en un container funcionaba una tienda de vinilos. Fuimos juntos. Allí, me volví a sentir como en casa.

ADEMÁS

MÁS LEÍDAS DE Espectaculos

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.