El gran deschave, en función mundial

La estelar irrupción de los anarquistas 2.0 de WikiLeaks consagra el chimento como punta de lanza informativa
Pablo Sirvén
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5 de diciembre de 2010  

Desde hace una semana contamina los cinco continentes una pandemia de chismes (según la RAE, "chisme" significa "noticia verdadera o falsa, o comentario con que generalmente se pretende indisponer a unas personas con otras o se murmura de alguna" y, como segunda acepción, se lo presenta como "baratija o trasto pequeño").

WikiLeaks funciona con los modales de esos suburbios oscuros del periodismo de espectáculos y, al mismo tiempo, es un tiro en la frente a las formalidades, hipocresías y comentarios en voz baja del mundo diplomático. Es un ataque de los anarquistas 2.0 similar, en lo virtual y en lo simbólico, a la caída de las Torres Gemelas. Sus intangibles daños sobre la idoneidad de la principal potencial mundial para resguardar sus secretos son mucho más extendidos y difíciles de cuantificar. ¿Quién, a partir de ahora, se atreverá a tener una charla franca y reservada sobre temas delicados paredes adentro de una embajada norteamericana?

Si el "Monicagate" (el escándalo de las "relaciones inapropiadas" entre la becaria y el presidente Bill Clinton en el Salón Oval de la Casa Blanca), en 1998, y, más tarde, la llegada de los presidentes/ celebrities , como Silvio Berlusconi (y sus constantes festicholas con velinas) o Nicolas Sarkozy (eclipsado por la personalidad y la belleza de Carla Bruni), desacartonaron por demás el frío mundo de la política exterior, la ubicua organización que dirige el australiano Julian Assange directamente hizo estallar allí una bomba neutrónica. Coloca las cosas en un nivel mucho más frívolo y desaprensivo, en el que temas cruciales y delicados del mapa geopolítico mundial se entremezclan de manera promiscua con los "dimes y diretes" de baja estofa (infidencias personales, atrevidos perfiles y conversaciones al paso) más propios de programas y de revistas de la farándula, donde el escandalete es esencial a su razón de ser.

Ya hace años, las secciones de Espectáculos sufren esa persistente depredación, embates que han acentuado el egocentrismo vacuo y replicante de la TV y la impronta más ligera de Internet, que potencia las tonteras del momento a más no poder.

Un mecanismo parecido empezó a funcionar ya hace algún tiempo sobre los contenidos de las noticias internacionales, un fenómeno que la llegada al poder de personajes más extravagantes, ligeros e intelectualmente menos formados no han hecho otra cosa que acentuar. Antes, las noticias mundiales tenían bien divididas las aguas: la alta política de los principales centros del poder iba a parar a la sección respectiva de los diarios serios. El mundo de la nobleza y el jet set, en tanto, quedaba reservado para las revistas del corazón.Todo eso ya es parte de un pasado remoto que el escándalo de WikiLeaks termina por sepultar del todo.

Alguien dijo en Twitter que los medios se estaban convirtiendo en canillitas de los hackers. En efecto, cinco prestigiosas publicaciones internacionales accedieron a más de 250.000 documentos diplomáticos norteamericanos y durante semanas se dedicaron a clasificarlos como en cajas de bombones cuyo contenido los periodistas de todos lados no paramos de engullir. Material secreto, involuntaria y masivamente desclasificado que habla (mal) de países y funcionarios, un sueño hecho realidad que amenaza con empacharnos de las noticias que más nos gustan: las de altísimo impacto.

Como la Argentina siempre es precursora en (casi) todo, poco antes de que estallara la bomba de WikiLeaks, aquí detonó la bomba Jaime, con datos mucho más contundentes y concretos que reflejan toda una precisa operatoria de corrupción, no la dispersión conventillera del tsunami de Assange que comenzamos a "surfear" hace exactamente una semana.

WikiLeaks es un endiablado "motor de búsqueda" que, como lo describía tan bien Discépolo en "Cambalache", mezcla indistintamente la Biblia y el calefón. Lo anima un espíritu, al mismo tiempo, libertario e irresponsable, que no sabe discernir, o le da igual, lo importante y lo superfluo.

De todos modos, como dice Manuel Castells en el diario La Vanguardia , a los gobiernos "ya les molestaba la libertad de prensa. Pero habían aprendido a convivir con los medios tradicionales. En cambio, el ciberespacio, poblado de fuentes autónomas de información, es una amenaza decisiva a esa capacidad de silenciar en la que se ha fundado siempre la dominación. Si no sabemos lo que pasa, aunque nos lo temamos, los gobernantes tienen las manos libres para robar y amnistiarse mutuamente".

¿Qué sedimentará cuando el hongo atómico de WikiLeaks se disipe? ¿Qué consecuencias habrá de tener sobre lo que Naom Chomsky ha calificado como el "control del pensamiento" (algo así como el sentido informativo que producen los grandes medios de comunicación para defender los intereses privados sobre los del Estado)?

El espionaje implícito e indiscriminado disparado como esquirlas sobre las sociedades y sus dirigencias (cámaras y micrófonos ocultos, pinchaduras de teléfonos, hackeos de cuentas de Internet), ¿nos volverá más cautelosos o más cínicos? ¿Más demócratas o más autoritarios?

Un soldado aburrido, en Bagdad, bajó toda la información que hoy WikiLeaks vomita sobre el mundo en un disco que disimuló bajo el nombre de Lady Gaga. Extraordinaria síntesis del confuso momento que vivimos.

Bienvenidos al show: la función es universal y acaba de comenzar. Nadie saldrá indemne.

psirven@lanacion.com.ar

En Twitter: @psirven

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