El legado de las sonatas para piano

Pablo Kohan
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23 de marzo de 2013  

Ante el fallecimiento de una personalidad relevante, a nadie debería caberle la menor duda de que Gerardo Gandini ha sido una de las personalidades más trascendentes y significativas del panorama musical argentino de las últimas décadas, pueden optarse por muy variadas alternativas para formular un homenaje o, más sencillo, para recordarlo. Más aún en el caso de Gerardo que no fue, únicamente, un notable compositor, comprometido con las tendencias propias de su tiempo, sino también un pianista sobresaliente y multifacético, un gran maestro y hasta un correcto director. Sin embargo, en esta ocasión tan especial y puestos a escoger con qué evocar a este entrañable músico, optaremos por destacar sus sonatas para piano, esas maravillosas obras que escribió en sus últimos años de vida, casi como un legado postrero.

Después de transitar por distintas corrientes compositivas y de haber dejado huellas en todo tipo de campos y géneros musicales, en 1995, Gerardo sorprendió con su primera sonata para piano, un título sumamente tradicional y absolutamente ajeno a lo que, hasta ese momento, había sido su historia. Sin que él lo intuyera, o tal vez sí, con esa pieza estaba abriendo la puerta para transitar por un camino cuanto menos diferente, uno en el cual habrían de confluir y sintetizarse, en otra categoría artística y en otra resolución musical y estética, todas aquellas experiencias vanguardistas y de novedades constantes que fueron estructurales, idiosincrásicas y representativas de un estilo que atravesó toda su creación, desde los mismos comienzos de su carrera, hace más de medio siglo.

Si bien Gerardo continuó trabajando y creando otras obras, con la misma dedicación, ideas y pasión que siempre, aunque con un ritmo menor al anterior, una a una, fueron llegando las sonatas para piano, obras abstractas, no referenciales, aunque algunas incluyeran citas que remitieran a compositores, épocas u obras previas. El corpus de sus ocho sonatas constituye un bloque único dentro de la producción gandiniana. Tremendamente dificultosas y casi todas estrenadas por él mismo, las sonatas son, en realidad, un ciclo tan inconmensurable como unitario en ocho capítulos.

En toda la creación de Gandini, incluso en sus primeras obras, abundan la belleza, los hallazgos y las concreciones. Pero si en buena parte de ella se puede sentir que los tanteos, las experimentaciones y la implementación de la novedad son la búsqueda cardinal, en sus sonatas finales aquellos ensayos pierden aquella condición para devenir en meros recursos por utilizar en la elaboración del discurso. En estas obras, Gerardo ya no parecía necesitado de demostrar actualidad en la implementación de materiales, sino que, libre de cualquier exigencia de modernidad, se dedicó a escribir una música mucho más personal, una suerte de logradísimas meditaciones íntimas. Es difícil presagiar futuros o aventurar sucesos. Nadie sabe qué le depararán los tiempos por venir a la música de Gerardo. Pero bien podría caber que sean sus sonatas para piano el repertorio que más acabadamente lo represente, ése en el cual se puedan descubrir los secretos y los mejores hallazgos de un artista superior.

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