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El legado de Mercedes

Rolling Stone despide a La Negra
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5 de octubre de 2009  • 11:25

Hay un antes y un después de Mercedes Sosa en la música popular argentina. Su desaparición física nos hace redimensionar la inmensidad de su aporte, la titánica tarea que esta mujer de origen humilde nacida en San Miguel de Tucumán llevó a cabo desde la sola fortaleza de sus convicciones artísticas e ideológicas (que en ella eran una sola), desde una individualidad férreamente defendida, contando como arma principal – y solitaria- con el don de una voz gigantesca que, como la fe, podía mover montañas.

No es aventurado decir que Mercedes fue la cantante de música popular argentina más importante del Siglo XX, y también que fue -junto a la figura de Carlos Gardel-, la que obtuvo mayor reconocimiento a nivel internacional, un lugar que seguramente no cesará de agigantarse a partir de su fallecimiento, que la ubica definitivamente en el panteón de los grandes mitos de la canción. La Negra pertenece al podio trascendente y exclusivo que comparte con Ella Fitzgerald, Edith Piaf, Maysa Matarazzo, Elis Regina, Nana Moskouri, Amalia Rodrigues, Gal Costa, Aretha Franklin, Miriam Makeba, muchas de las cuales lamentablemente ya no están entre nosotros. Mujeres que trascienden su nacionalidad, su origen, su estilo, para convertirse en símbolos universales, capaces de emocionar a los públicos más diversos.

Pero más allá de los datos biográficos, que serán repetidos hasta el cansancio en estos días, quizás importa más destacar en Mercedes a la artista permanentemente inquieta y visionaria, de espíritu libre y alma generosa, siempre a la búsqueda de nuevos compositores e intérpretes con los que enriquecer su repertorio y compartir escenario. Su curiosidad artística, que sustentaba con una actitud de permanente apertura, la convirtió primero en un gran portavoz de las tendencias más avanzadas de la música popular latinoamericana, y luego, ya en sus años maduros, en una especie de gran madre protectora que cobijó a varias generaciones de nuevos cantantes y compositores, para los cuales ingresar al repertorio de la gran Sosa constituía un espaldarazo poco menos que definitivo, además de un logro soñado.

Suele decirse, cuando fallece un artista de la talla de Mercedes, que marca "el fin de una época". Que esta frase hecha no se aplique en el caso de la Negra solo afirma el alcance y la trascendencia de su legado. Porque en todo caso habría que hablar del fin de varias épocas. O de la huella profunda que deja su camino para encarar nuevos rumbos en el futuro. Quién sabe. Lo cierto es que ella nunca se conformó con el sitial cómodo de ícono representativo de esa época de oro que fueron -en muchos sentidos- los años 60 y 70.

La aparición de Mercedes Sosa a comienzos de los 60 como la voz emblemática del movimiento Nuevo Cancionero, que venía gestándose en Mendoza desde fines de los 50 y compartía junto a su primer marido, Oscar Matus, y el gran poeta Armando Tejada Gómez, entre otros, dejó una impronta indeleble. Los postulados éticos y estéticos del Nuevo Cancionero cambiaron para siempre el folclore argentino y tuvieron una influencia definitiva sobre lo que se conocería como Nueva Canción Latinoamericana, otro movimiento que también encontró en su voz uno de los canales más poderosos de expresión. Justamernte, los compositores pioneros de esta corriente, Atahualpa Yupanqui y Violeta Parra, fueron popularizados por Mercedes -que les dedicó sendos álbumes a cada uno de ellos, además de incluir siempre sus temas en concierto y en otros trabajos discográficos-, lo que otorgó a sus canciones un alcance de una masividad que no habían conocido hasta entonces. Todo esto, más las obras conceptuales que realizó con música de Ariel Ramírez y letra de Félix Luna, Mujeres argentinas (1969) y Cantata sudamericana (1972) era más que suficiente para asegurar a Mercedes su lugar en la posteridad.

Pero ella continuó avanzando, muchas veces exigiéndose a sí misma un gran esfuerzo patra aprender e incorporar ritmos, giros melódicos y estructuras armónicas muy demandantes, tanto en lo técnico como en lo emocional, para alguien cuya formación remitía a las expresiones tradicionales del folclore argentino. Mercedes incluyó en su repertorio a los grandes compositores surgidos en Latinoamérica (Chico Buarque y Milton Nascimento en Brasil, Alfredo Zitarrosa y Daniel Viglietti en Uruguay, Silvio Rodríguez y Pablo Milanés en Cuba), así como a la generación de artistas argentinos que tenían su origen en el rock nacional (Charly García, León Gieco, Fito Páez, Gustavo Santaolalla), y las nuevas voces del folclore, como Víctor Heredia, Raúl Carnota, Teresa Parodi y Peteco Carabajal. Su álbum Mercedes Sosa en Argentina (1982), grabado en vivo durante el histórico ciclo de recitales en el Teatro Opera que marcó su regreso al país luego de años de exilio, es uno de los símbolos más elocuentes de la efervescencia cultural que se vivía durante los días de la caída de la dictadura y el regreso a la democracia.

Y así sucesivamente. Siempre atenta a lo nuevo, a la vez que no dejaba de frecuentar a los grandes pilares que sostienen el edificio de la mejor música popular argentina (Gustavo "Cuchi" Leguizamón fue una constante en su repertorio). Su álbum de 2005, Corazón libre, incluye temas de Duende Garnica, Alberto Rojo, Demi Carabajal, Motta Luna y Marcelo Perea, integrantes de las nuevas generaciones del folclore. Uno de sus últimos espectáculos, presentado en diciembre de 2007 en el Teatro ND Ateneo, se llamó "Folcloristas", y la mostraba en compañía de Alberto Rojo, Bebe Ponti, Bruno Arias, Coqui Sosa, el dúo Orozco Barrientos, Duende Garnica, Franco Luciani, Jesus Hidalgo, Juan Sebastián Garay, Maria Eugenia Fernández, Motta Luna y Néstor Garnica. Una actitud que muestra la juventud permanente de Mercedes, quien se rehusaba al cómodo papel de "símbolo viviente" para afirmar su vigencia como artista con un fuerte anclaje en el presente.

Pero esto no debería sorprender, aunque sí lo hace en un medio donde la comodidad y las ideas anquilosadas son moneda corriente. Seguramente Mercedes Sosa estaba expresando una coherencia que se hacía presente desde sus comienzos, en las palabras con que Tejada Gómez expresaba el ideario del Nuevo Cancionero, en aquellos difíciles y lejanos días de 1965, cuando decía que el "objetivo es convertir el auge de la canción nativa en una toma de conciencia profunda y popular, desdeñando el costumbrismo fácil y el pintoresquismo folklórico de tarjeta postal, para que la canción responda a un auténtico ser y querer ser de nuestro pueblo y sirva de vehículo de comunicación verdadero entre cada región del país y de América". Nadie como ella para comunicar lo auténtico. Ya la estamos extrañando.

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