Suscriptor digital

El lenguaje, cura contra la barbarie

Por Adriana Schettini
(0)
19 de marzo de 2000  

El padre de George Tabori murió en una cámara de gas, en Auschwitz. Su madre forma parte del puñado de los que sobrevivieron a ese mismo campo de exterminio nazi. Tabori es autor teatral. Los autores narran; de eso se trata. Pero la Shoah fue el crimen sin nombre, el genocidio concebido y perpetrado con la expresa voluntad de los verdugos de mantenerlo alejado del lenguaje -rasgo distintivo de la civilización y, por lo tanto, enemigo declarado de la barbarie-. Tabori se encolumnó, no obstante, en la fila de los empecinados en nombrar lo innombrable. Tomó algunos elementos de la historia y los pasó por un tamiz de ficción. Diseñó a un Hitler todavía joven, que soñaba con entrar en la escuela de Bellas Artes de Viena. Lo puso a mantener el diálogo imposible con un judío. Llamó a esa obra "Mein Kampf, farsa" y se hizo cargo de la polémica que iba a despertar.

"¿Es lícito tratar ciertos temas con humor o ironía? ¿Está bien que el público se ría en una obra sobre Auschwitz o Hitler?", se preguntó Tabori. Es probable que el único jurado con derecho a responder esa pregunta sean los seis millones de seres humanos a los que el régimen nazi convirtió en cenizas en los crematorios y aquellos que salieron con vida de un infierno donde la muerte era ley. Al resto de la humanidad sólo le queda meter mano en la arcilla insuficiente del lenguaje para contar el horror por los siglos de los siglos.

Creador de la monumental obra cinematográfica "Shoah", Claude Lanzmann lo puso en términos precisos en una entrevista con La Nación de 1998: "Los nazis mataron el lenguaje. Ellos sabían que estaban haciendo algo terrible. Si hubieran sido capaces de nombrar lo que estaban haciendo, no habrían sido capaces de seguir haciéndolo. Para poder hacerlo, necesitaron emplear otras palabras. Lo llamaron "solución final" o "tratamiento especial". Lo que no se dice y no es nombrado es como si no hubiera existido. Ellos sabían que cometían un crimen sin nombre".

* * *

Tabori es dueño de una certeza: "La risa no es algo frívolo. Puede ser una reacción muy profunda, corporal o espiritual". Apoyado en esa convicción, avanzó sobre el camino de la farsa a la hora de construir un Hitler teatral. Movido por un punto de vista semejante, Roberto Benigni miró el Holocausto desde la perspectiva de una comedia a la que llamó, deliberadamente, "La vida es bella". La polémica que despertó es harto conocida.

Menos publicitado pero también altamente polémico fue el largometraje estrenado en Francia en 1996 con un título intrigante: "¿Es la memoria soluble en agua?" Su director, Charles Najman, dijo que "es un canto a la vida que se eleva sobre el más triste canto de muerte. Entre comedia y tragedia, relata la vida después de Auschwitz". Inédito en la Argentina, el film que, según el realizador no es "ni ficción ni documental", gira alrededor de Solange Najman, sobreviviente de Auschwitz y madre del cineasta. La narración sigue los pasos de esa mujer y de un grupo de gente que ha salido viva de los campos de aniquilación, que acude cada dos años a una cura termal en la localidad suiza de Evián, pagada por el Estado alemán conforme con un acuerdo firmado en 1952, tras una larga negociación con Israel.

Solange Najman elige el camino de la risa, el canto y el coqueteo. Nada hay para decir al respecto. La cámara de Najman se solaza en esa alegría exacerbada, gestada en el oscuro territorio de la desesperación. El film tensa la cuerda de la ironía contraponiendo la tranquilidad de ese paraíso artificial hecho de bálsamos acuáticos con las antiguas duchas del exterminio. ¿Quién se atrevería a decir que a ese hijo de la supervivencia milagrosa no le asiste el derecho a filmar del modo en que lo hizo, la vida después de la muerte segura? La única respuesta posible es nadie. Tras haber visto la película sólo me creí autorizada a una reflexión: yo, espectadora, no tenía derecho a ver lo que me mostraba la pantalla, tal y como me lo mostraba. Con los ojos de quien no vivió en su pellejo la tragedia de Auschwitz, el paso de comedia se volvía obsceno.

* * *

"El humor es provocador, anarquista, antitotalitario. No es extraño que a los regímenes autoritarios les falte siempre humor", opinó Tabori. Alguna verdad se esconde en la sentencia. Un cable de EFE, fechado el 14 de marzo en París, le acerca argumentos al razonamiento: "El Colectivo de Humoristas Europeos y la Federación Internacional de las Ligas de los Derechos Humanos lanzaron una campaña de apoyo a dos cómicos austríacos que perdieron su empleo por haber bromeado sobre Joerg Haider cinco meses antes de su acceso al poder". Las víctimas de la intolerancia neonazi que azota a Austria son Christoph Grissemann y Dirk Stermann, a quienes les levantaron su emisión en la radio y TV públicas de ese país. A la censura se sumó una denuncia judicial contra los humoristas, basada en los cargos de difamación y amenazas ilegales contra el líder neonazi.

Si tanto encono despierta el humor en los personeros de la intolerancia, algún efecto valioso ha de tener en la ardua tarea de edificar un mundo donde no haya grieta alguna para la barbarie. Cómo, cuándo y con qué límites se puede echar mano del instrumento de la ironía, la farsa, o la comedia para evocar el horror absoluto de la Shoah, es en todo caso una cuestión que ha de debatirse en cada caso concreto, a sabiendas de que los únicos jueces legítimos y definitivos son los seis millones de muertos y el puñado de sobrevivientes que escapó a la maquinaria del exterminio.

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?