El milagro de la perennidad

Pola Suárez Urtubey
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10 de diciembre de 2009  

Todos los años me ocurre lo mismo. Porque así como todos tenemos días y meses que quedan para siempre ligados a nuestras vidas, días felices y otros inmensamente tristes, el 5 de diciembre (el sábado pasado) me recordó, como me ocurre desde hace tiempo, que algo muy importante ha sucedido en esa fecha. Es que un 5 de diciembre, de 1791, se fue de este mundo Wolfgang Amadeus Mozart. Pero ¿no es exagerado –o enfermizo, dirán algunos lectores– que una persona, o tal vez muchas de los millones que pueblan este mundo, se acuerde de que ese día, hace doscientos dieciocho años, murió un músico, por más Mozart que haya sido? Tal vez sí, tal vez sea excesivo. De todos modos, no creo que sea tan serio como para consultar al terapeuta de La Nacion que nos divierte todos los domingos desde la última página de Enfoques.

Pues bien, lo cierto es que Mozart sigue vivo. Es un milagro de perennidad, de continuación incesable en la memoria de quienes frecuentan, como profesionales o como aficionados, el mundo de la música.

Estoy segura de que Mozart sería el primero en reírse locamente de estas ideas. Pero a despecho de sus posibles sarcasmos, nos arriesgamos.

* * *

Personalidad proteica, como ninguna otra en la historia de la música, parece estar siempre cerca de nosotros. Tal vez porque en cada pliegue de su sensibilidad creadora, de aquello que nos dicen sus centenares de composiciones, cada uno cree encontrar algún sentimiento afín. Simple, muy simple lo sentimos a veces; otras, profundamente abismal. También desdeñoso o tolerante. Superlativamente artificioso, pero cuántas veces sencillo hasta la inocencia. Cáustico, humorístico y hasta rudo e insolente; pero en el otro extremo, delicado, cortés, capaz de refinamientos insuperables.

Ese Mozart queda diseñado desde la infancia, en su vida de trotamundos, sujeto siempre a la suerte y al favor de los grandes y poderosos. Así se ejercitó para la vida y así aprendió a observar a sus semejantes, con crudeza y sutil penetración. Observador agudísimo de la realidad, según reflejan sus personajes de ópera, Mozart fue históricamente uno de los primeros en poner sobre la escena auténticos seres humanos, cargados de vicios, de debilidades, de sentimientos creíbles, capaces muchos de ellos de alcanzar la suma del renunciamiento, de la bondad, del altruismo. Cálidas criaturas en las que alienta, sin excepción, el soplo mágico de un hombre que pudo aunar en sí mismo la humanidad más honda con la más inconmensurable dimensión del genio. Hasta el próximo jueves.

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