
El misterio del queso paraguayo
Bartolomé, Federico y Emilio, los hijos varones de Ambrosio Mitre y Josefa Martínez, siguieron la carrera militar. Los tres participaron en las batallas de Caseros, Cepeda y Pavón. También marcharon a Paraguay cuando se desató la guerra en 1865. Bartolomé, presidente de la Nación, lo hizo con el cargo de general y comandante en jefe de las tropas terrestres aliadas. Emilio fue general del Ejército Argentino, y Federico, teniente coronel. Estos rangos modificaban las relaciones naturales entre ellos, ya que Federico (nacido en 1822) era el hermano del medio, pero debía subordinarse a los dos generales, Bartolomé (el mayor, de 1821) y Emilio (el menor, de 1824).
De todas maneras, esta situación no ofrecía inconvenientes porque Federico no abusaba -demasiado- de sus relaciones con el alto mando y sus hermanos no lo fastidiaban. La concordia se mantuvo hasta el día en que Federico, que siempre fue el más travieso del trío, cometió un desliz.
Ocurrió una noche en la que el general Bartolomé Mitre agasajó a un grupo de importantes oficiales uruguayos en su modesta tienda de campaña. A pesar de que no era mucho el alimento para compartir, consiguió una discreta pero tentadora horma de queso que colmaría de felicidad a los invitados. En estos menesteres, los tiempos no han cambiado nada: rodear con amigos una buena horma de queso es parte de los placeres que tiene la vida.
El propio Mitre dirigió el armado de la mesa y la disposición de cada plato y cubierto. Reservó el centro para el apetecible queso y, una vez que contempló con satisfacción la armonía del comedor, salió al encuentro de los invitados. Los esperó donde se apostaba la primera guardia del campamento. Arribaron las visitas. Luego de los saludos formales, montados y a paso de hombre, se dirigieron hacia el banquete en la carpa del jefe. Conversaban todos de manera amigable hasta que llegaron al improvisado comedor. Mitre invitó a pasar a cada uno de sus huéspedes y cuando él entró, abrió los ojos como un búho. Como un búho furioso; el queso ya no estaba en el centro de la mesa. Así, muchos años antes de que el affaire de las joyas salpicara a Moria Casán (¡Hombres necios que acusáis a la vedette!), ya estábamos alterados por un hurto histórico en tierras paraguayas.
El general Bartolomé Mitre pegó un par de gritos y convocó al jefe de la guardia para recriminarle el robo. El custodio le explicó que la única persona que había ingresado a la tienda durante su ausencia había sido su hermano Federico, quien había salido con un bulto envuelto en la ropa. El comandante mandó llamarlo. Federico Mitre se cuadró junto a la puerta. Su hermano le gritó:
-¡Teniente Mitre! ¡Devuelva de inmediato el queso que robó de esta mesa y luego marche arrestado!
El teniente, mirando al aire, le respondió a su hermano:
-¡Mi general, lo más que puedo hacer es presentarme preso, pero devolver el queso no, porque me lo he comido!
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