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El negocio de la repulsión

"The Acid House" (Gran Bretaña/1998). Presentada por Prodifilms. Dirección: Paul McGuigan. Con Stephen McCole, Maurice Roëves, Kevin McKidd y Ewen Bremner. Fotografía: Alasdair Walker. Guión: Irvine Welsh. Duración: 112 minutos. Para mayores de 18 años. Nuestra opinión: regular.
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31 de agosto de 2000  

Tras la exitosa versión cinematográfica de su novela "Trainspotting", el escocés Irving Welsh se transformó en una suerte de emblema juvenil. Por eso no extrañó que "el poeta de la generación química" o "el vocero de los marginados", tal como se lo definió, se lanzara un par de años más tarde a adaptar tres historias cortas de su libro "The Acid House".

Lo primero que hay que decir es que, tanto en la factura artística como en la profundidad de la mirada social, "The Acid House" no es "Trainspotting" y, en el terreno de la dirección, Paul McGuigan no es Danny Boyle.

Si "Trainspotting" se convirtió en uno de los paradigmas de la modernidad cinematográfica de los años 90, con su mezcla de nihilismo, humor negro, marginación, violencia, excesos y alucinaciones (todo envuelto en un montaje vertiginoso y una música machacante), "The Acid House" parece, por momentos, una mala copia, la aplicación de una fórmula que no alcanza jamás los mismos resultados.

Los tres episodios, ambientados en unos decadentes monoblocks de una zona de clase media-baja del norte de Edimburgo, definen un ambiente dominado por la hiperdesocupación y la desintegración familiar, por la violencia injustificada y la falta de solidaridad . En "The Acid House", los hombres (porque éste es un mundo masculino) viven para el fútbol y la cerveza en atestados pubs, abusan de las mujeres y de las drogas. Para ellos, el sexo presenta tres variantes siempre desalentadoras: es casual, es mecánico o es perverso. Y la paternidad es el peor de los castigos posibles.

Paul McGuigan, que debuta sin demasiadas luces en el cine tras un pasado como fotógrafo, documentalista y realizador televisivo, se regodea con la decadencia, hace un culto de la vulgaridad. El enorme despliegue visual (imágenes distorsionadas, tiempos que se quiebran, el trip alucinatorio del tercer episodio) resulta esta vez vacío, carente de sentido, una pirotecnia que aturde y no conmueve. Hasta la banda de sonido compuesta por ¡treinta y tres temas! de baluartes del brit-pop y la música electrónica termina agotando al espectador y encuentra una justificación más comercial (promocionar el disco) que ambiciones dramáticas.

La película, es cierto, tiene sus pasajes logrados, sus hallazgos (el diálogo entre el desdichado Boab y Dios en la primera historia es hilarante) y un aceptable nivel interpretativo, a pesar de que hay varios actores debutantes. Pero ni la sordidez extrema, ni el exacerbado dialecto escocés, ni la mirada supuestamente sociológica sobre los olvidados del sistema alcanzan a otorgarle a "The Acid House" un mínimo de credibilidad, de emoción, de honestidad intelectual. Todo se parece demasiado a una apuesta comercial prefabricada: el marketing de los miserables, el negocio de la repulsión.

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