El otro Cosquín brota en las peñas

Más allá del festival, la esencia del folklore pasa alrededor de la Plaza Próspero Molina.
Más allá del festival, la esencia del folklore pasa alrededor de la Plaza Próspero Molina.
Gabriel Plaza
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28 de enero de 2000  

COSQUIN.- La mejor manera de vivir el festival es descubrir las historias de esos cantores poco conocidos que son el motor del auténtico Cosquín. La mayoría se mueve por esa ruta alternativa, donde caben las expresiones que quedan fuera de la plaza Próspero Molina. Esa miscelánea de culturas construye un microclima donde bulle la esencia del folklore, los encuentros entre gente de diferentes geografías y los aficionados que reciben las madrugadas con su canto.

Es la una del mediodía y el sol castiga las orillas del río Cosquín. El vino apaga la sed y las empanadas de dudoso relleno calman el hambre de estos espectadores tan anónimos como el músico que canta. La gente baila chacareras entre mesas de pool y metegoles. El culpable es el santiagueño Luis Vega, que se autodenomina, en un afiche casero, "el embajador de la tierra". El título no está lejos de la realidad cuando aparece enfundado en ese decir sencillito y de monte adentro y cuenta que uno de sus padrinos fue el conocido folklorista Cachilo Díaz. "La fiesta de mi bautismo duró tres días", evoca.

Hace siete años que viene a Cosquín con su guitarra al hombro y toca en el mismo lugar, bajo el mismo sauce. "Me ofrecieron cambiar, pero me gusta cantar al lado del río y la gente ya viene a buscarme acá", explica. Luis es compositor, pero "pucherea" con los cancioneros que edita de forma independiente. No pide mucho, se conforma con poder mantener sobre la ruta su destartalado Chevy del 70, grabar un disco y seguir cantando, "como el coyuyo". "Con esto soy feliz, aunque no sé cuándo llegaré al escenario principal."

Por la noche las rutas se desvían en varios caminos que conducen a una cantera de nuevos artistas, junto a guitarreros aficionados, que encienden las noches y las madrugadas frías. Esa suerte de festival paralelo permite descubrir a gente como Mariana Torres, una bagualera salteña, que rompe la medianoche con su canto indio. A los 24 años, llegada directamente de su provincia con su cajita y sus coplitas del Norte, la cantante transporta al auditorio peñero a otra cultura. "Viajo a los lugares y recopilo lo que canta la gente, admiro el trabajo de Leda Valladares." La gente la escucha con la boca abierta en la peña del Dúo Coplanacu y está conociendo la popularidad del boca a boca.

Otra es la gente que busca chacareras made in Santiago del Estero. La peña de Cuti y Roberto Carabajal guarda la costumbre del ambiente familiar, donde sólo los veteranos bailarines se lanzan a las pistas. El reducto tiene la particularidad de mantenerse lleno pase lo que pase en la plaza Próspero Molina. Los clásicos compuestos por la familia Carabajal son la lista obligada de temas. La gente tiene ganas de cantar y batir palmas y el dúo sabe cómo hacer bien su trabajo.

Desde la Patagonia

A las tres de la mañana hay más clima en la peña de La casa del trovador, que en la misma plaza. Esta noche un público más heterogéneo se suma al espectador tipo de Cosquín (padre de familia, seguidor del folklore tradicional, con poncho al hombro y una empanada en la mano). Las remeras negras con inscripciones de grupos de rock ganan el ambiente. El que concilia estos aparentes opuestos es Rubén Patagonia.

El músico se acerca a cada mesa y denuncia el olvido y el maltrato a las comunidades mapuches. Con lo que logra contagiar gracias a un puñado de lonkomeos y ritmos patagónicos, parece estar más que preparado para estar en el escenario mayor. "Vengo desde el 79 y quiero seguir en este camino, tener la posibilidad de contactarme con la gente, sin concesiones, mostrando lo mío", dice el cantor.

A unas pocas cuadras, el grupo instrumental Escaramujo, la cantante Patricia Barrionuevo y el cantautor José Ceña ofrecen otra muestra folklórica, en la peña de Santa Fe. Todos podrían estar en el escenario principal, pero este ámbito se asocia más con la idea de escuchar música en silencio: desde guaranias y milongas, hasta festivos ritmos sudamericanos, forman una acuarela musical para degustar de a poco, como un buen vino.

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