Jorge Lanata, el periodista que quiere convertirse en el árbitro del poder desde la TV

Marcelo Stiletano
Marcelo Stiletano LA NACION
Jorge Lanata trae de regreso esta noche a su Periodismo para todos con sketches humorísticos, su clásico monólogo, una entrevista con la directora del FMI, una investigación centrada en un ministro y la promesa de "averiguar en qué nos mienten los políticos"
Jorge Lanata trae de regreso esta noche a su Periodismo para todos con sketches humorísticos, su clásico monólogo, una entrevista con la directora del FMI, una investigación centrada en un ministro y la promesa de "averiguar en qué nos mienten los políticos"
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21 de mayo de 2018  • 01:49

En el comienzo de la nueva temporada de Periodismo para todos (PPT) por la pantalla de Eltrece, lo primero que Jorge Lanata dejó en claro y bien a la vista es la ratificación de los ambiciosos objetivos que lo trajeron de nuevo a la TV hace siete años, en el horario central de su día predilecto (el domingo) y el amplio respaldo de una gran producción puesta a su servicio por uno de los canales abiertos líderes en audiencia.

Como a todos los que juegan en el escenario televisivo con armas tan poderosas, a Lanata le interesa mucho el rating, aunque anoche según los primeros números provisionales quedó en el comienzo de su emisión a la zaga del programa de Marley y mantuvo números cercanos con los de Bake Off Argentina cuando les tocó a ambos competir mano a mano. Pero más todavía parece interesarle dejar en claro que puede convertirse en cualquier momento en el periodista televisivo más influyente frente al poder, el hombre capaz de sacudir en cualquier momento la estabilidad de quienes toman decisiones a través de investigaciones periodísticas de alto impacto visual e inmediato rebote en las redes sociales y en el resto del mundo mediático.

No es casual que en el arranque del programa Lanata haya hecho notar que "todos los ministros del Gobierno nacional" lo llamaron cuando había anticipado que uno de sus informes tocaría a uno de los hombres fuertes del oficialismo, que resultó ser el vicejefe de Gobierno Mario Quintana a raíz de un aparente conflicto de intereses entre su cargo actual y su condición de accionista (minoritario en porcentaje pero mayoritario en poder de decisión) de la empresa Farmacity. "Ahora le toca responder a Quintana", dijo al cerrar una exposición acompañada de placas y facsímiles que daban cuenta de esta posible anomalía. Curiosamente, el tema formó parte del monólogo inicial y no de lo que propiamente podría calificarse como informe o espacio de investigación periodística. Como si Lanata quisiera dejar bien sentado y con carácter editorial que sus revelaciones no se agotan en las denuncias sobre la corrupción kirchnerista, con las que alcanzó en 2013 la cumbre de PPT en materia de repercusión pública.

Con estas afirmaciones, además de los efectos intrínsecos de cada eventual denuncia, lo que Lanata busca no debería sorprendernos. Todo el tiempo piensa en un programa que primero sea capaz de alimentar expectativas y después procure satisfacerlas con mucho despliegue de producción, periodistas en la calle (aquí y en otros lugares del mundo), títulos impactantes y unas cuantas variantes en materia de recursos visuales al servicio de temas pesados, densos, que indefectiblemente necesitan el contrapeso del humor.

Como ya parece hacerse costumbre, este último aspecto vuelve a aparecer al principio del programa y en dos planos: el sketch guionado, escenografiado y con participación de imitadores de políticos ya conocidos por el público de PPT. La parodia vuelve a colocar frente a frente a los dos mundos de "la grieta", en este caso con la ocurrente ambientación de un contrapunto escolar. Algunos detalles visuales ingeniosos no disimulan ciertas reiteraciones como la insistencia en adjudicarle al imitador de cada personaje (de Macri a Cristina, de Scioli a Vidal) un determinado rasgo que lo caracteriza o alude a la realidad inmediata, recurso que se desgasta muy rápido como vimos en temporadas anteriores. Y que además se repite durante el monólogo inicial de Lanata provocando un efecto redundante que no ayuda a los propósitos buscados.

El núcleo de la primera emisión del año de PPT estuvo en el doble viaje que los cronistas Gastón Cavanagh y Maru Duffard hicieron a Serbia e Israel en busca de explicaciones comparadas entre esos países, donde en apariencia tuvieron éxito la intervención del FMI y la lucha contra la inflación, respectivamente, y una realidad argentina marcada por los fracasos. El trabajo de los enviados de PPT padeció por momentos el clásico y eterno problema que tienen los "informes" periodísticos televisivos, por lo general esclavos de una edición que privilegia la "nota de color" y pierde el eje de lo que se está tratando. Pero tuvo unos cuantos hallazgos en términos de testimonios, tanto de expertos o funcionarios como de gente de la calle. De esos dichos surgieron varias preguntas pertinentes para la situación de una Argentina en crisis económica.

Fue una pena que la fugaz presencia de los economistas Luciano Laspina y José Luis Espert no se aprovechara para poner en contexto todo lo anterior. Sobraba material que estimulara un debate potencialmente atrayente, pero los dos se limitaron (o fueron limitados) a enunciar brevemente sus puntos de vista frente a frente, en vez de abrir el juego a una discusión genuina sobre las posibilidades argentinas de salir tan airosa como lo fueron los dos países visitados, según se desprendía del informe.

El tramo de cierre de una emisión de una hora y 45 minutos, que arrancó puntual a las 22, incluyó una breve alusión (con datos y documentación abiertas al cuestionamiento judicial) de las renovadas penurias de la familia Moyano, a cargo de Nacho Otero. Si esas revelaciones tenían tanto valor, como se venía anunciando desde el arranque, no se explica que hayan sido expuestas en tan poco tiempo y, de nuevo, sin una imprescindible explicación contextual. Son los riesgos que enfrenta el modelo de programa periodístico en boga en la TV actual, condicionado por la rigidez de secciones y bloques entendidas como compartimentos estancos. Y en el final, un muy bienvenido y grato acercamiento a la obra del pintor Rómulo Macció, descripta por Lanata con gran espíritu didáctico. Otro contrapeso a la dura realidad, más breve que el humor del comienzo, pero de todas maneras un poco más redondo y eficaz en sus resultados.

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