El rey del mambo

Jorge H. Andrés
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3 de octubre de 2005  

Lo primero que se hacía en cualquier música bailable apenas alcanzaba cierta repercusión era proclamar un rey o reina para exhibir como símbolo mientras durara el entusiasmo. Los hubo del vals, del jazz, del compás -en el tango-, del swing, del acordeón mussette, del rock and roll, del soul y hasta del chamamé, y se podía discutir su derecho a ocupar el trono, pero nunca deponerlo o coronar otro paralelo.

La excepción se registró en el mambo, que no tuvo un solo rey sino muchos jeques, tantos como las formas en que se podía ejecutar la nueva danza originada en Cuba con la que la música latina recuperó su lugar en las pistas de baile en los años posteriores a la Segunda Guerra.

Los grandes nombres de Orestes López, Machito, Tito Rodríguez o Tito Puente correspondían a Mambo Kings del montón, directores famosos que no acertaron en producir el disco milagroso que los convirtiera en el único King of Mambo, una jerarquía que finalmente alcanzó el diminuto pero explosivo Pérez Prado con "Cerezo rosa, manzano blanco", de cuya instalación como uno de los más grandes best sellers instrumentales de todos los tiempos se ha cumplido medio siglo.

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Al contrario de sus éxitos previos y posteriores, el tema que puso a Pérez Prado en la cima no sólo no le pertenecía, sino que tampoco calificaba como mambo. "Cerisiers roses et pommiers blancs" era una canción francesa escrita por Louguy, el mismo músico de "La vie en rose", de Edith Piaf, y se trataba de una balada tan untuosa como el título a la que el arreglo del cubano transformó en un delirio kitsch que incluía el desborde técnico con el que un tal Bill Regis pasó a la historia de la trompeta, bronces chillando en sobreagudo y saxos exagerando la sensualidad sostenidos por una batería de percusión en tiempo suave de cha-cha-cha.

La combinación humorística de estridencias be-bop y exotismo tropical que cincuenta años atrás lo convirtió en una figura de la música latina tan popular como Xavier Cugat era idéntica a la que no le habían aceptado antes en Cuba, obligándolo a irse de la isla cuando todavía no se arriesgaba la vida por hacerlo, acusado de contaminar con jazz los ritmos nacionales.

Se lo permitieron en México. Allí reconoció su desviación con títulos como "A la Billy May" y "Mambo a la Kenton", más tarde retribuido con un "Viva Prado", grabó con su compatriota Beny Moré y compuso "¡Qué rico el mambo!", "El ruletero", el par de mambos numerados cinco y ocho, como si fueran parte de una serie que nunca existió, y demás temas básicos con que triunfó en toda América -estuvo por primera vez en Buenos Aires en 1947- sin pisar los Estados Unidos, donde tuvieron que aguardar hasta 1951 para escuchar los aterrorizadores ¡ughs! que gritaba saltando frente a su orquesta como un poseído.

Pérez Prado se convirtió en sinónimo de mambo y muy pronto el mambo estuvo por todos lados: cantado por Perry Como y Rosemary Clooney en sucesos pop como "Papa loves mambo" y "Mambo italiano", coreografiado magistralmente por Bob Fosse en el musical "Damm Yankees", asumido por el jazz -hasta Duke Ellington grabó más de uno- y utilizado constantemente en cine, donde sirvió de título para una de las producciones finales de Ponti-De Laurentiis.

Basta observar las listas de best sellers a las que "Cerezo rosa" se incorporó en 1955 para advertir la presencia amenazadora de un hit más modesto que parece anunciar el fin de todas las otras músicas: "Rock around the clock", por Bill Haley y sus Cometas, pero a Dámaso Pérez Prado -usaba el nombre de pila sólo cuando no quería ser confundido con un hermano impostor- le quedaba mucho dinero por ganar, más todavía para gastar y otro gran éxito en el futuro: "Patricia mía", el mambo que Federico Fellini utilizó en "La dolce vita".

Pero se trataba de un rebelde en materia impositiva y, perseguido esta vez por agentes recaudadores, nuevamente debió refugiarse en México a vivir en el pasado y morir dos veces. La primera -falsa- en 1983, cuando de Europa llegó la noticia de la desaparición del hermano que había seguido haciéndose pasar por él, y la verdadera en 1989, a los setenta y tres años, ya muy apagado.

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