El sabor de un clásico bien hecho

Susana Freire
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16 de octubre de 2015  

La tragedia de Ricardo III / Libro: William Shakespeare / Intérpretes: Alejandro Cop, Annemarie Castillón, Denise Yañez, Ernesto Rowe, Florencia Limonoff, Hilario Quinteros, Juan Kiss, Natalia Villena / Iluminación: Sebastián Crasso y Martín Otaño / Vestuario: Denise Yañez / Diseño del espacio: Lucas Muñoz Bombín / Dirección: Jorge Eines / Sala: El Tinglado, Mario Bravo 948 / Funciones: domingos, a las 17.30 / Duración: 100 minutos / Nuestra opinión: muy buena.

De qué nos habla Shakespeare cuando se detiene a hablarnos de la ambición por el poder: Ricardo III, Macbeth, Rey Lear, entre otras? "Del mal, y, contrariamente a lo que pueden decir algunos utopistas o socialistas, el mal existe en sí. La prueba es que reviste un número indefinido de aspectos y uno de ellos es el político. Se introduce de manera solapada y asume las apariencias más dignas. Las ideologías diferentes y opuestas, cuando están animadas por la pasión, no son sino esa misma pasión, ese instinto asesino, ese odio que los hombres tienen por los hombres cuyas conciencias son intercambiables", decía Ionesco.

En esta puesta que nos ofrece Eines, los crímenes de Ricardo están muy asociados a la ideología del nazismo en el siglo XX. Por eso instala las acciones en un campo de exterminio donde los prisioneros padecen en carne propia los actos de la tragedia shakespeariana, sometidos por el despotismo, el temor y finalmente la muerte. En su afán de conquistar la corona real, Ricardo no tiene empacho en sacrificar su conciencia con la misma facilidad con que se apropia de las vidas ajenas, sin reconocer lazos sanguíneos, ni afectos, ni parentesco. El protagonista se transforma en el constante exponente maléfico de sociedades que, paradójicamente, sirvieron de cuna tanto a Hitler como a Goethe.

Uno de los escollos que presenta el género trágico es expresar un lenguaje que suene fluido y natural a los oídos actuales. Es decir, escuchar palabras que no suenen solemnes, ni acartonadas, ni artificiosas. Por eso es muy positivo poder recibir las voces de este elenco ajustadas a la forma de la boca de los actores. El texto resulta más contundente y esclarecedor, sobre todo cuando también forma parte de una valiosa actuación. El diseño del espacio es inmejorable por la forma en que fue aprovechado y la utilería es tan precisa e ilustrativa que no admitiría ningún agregado. Creativo y vistoso es el vestuario que registra esas dos instancias -la corte real y el campo- y lo hace con elocuencia y contundencia. El aporte final lo ofrecen, por un lado, la iluminación, con fuerte contrastes semánticos, y, por el otro, el soporte musical, que se ofrece en vivo y que va señalando armónicamente el derrotero final.

Mérito por supuesto que se hace extensivo a un director riguroso y minucioso como Eines, que no deja nada librado al azar.

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