El señor de los monstruos

Guillermo del Toro, el director que conquistó Hollywood con sus imágenes de terror
Natalia Trzenko
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15 de octubre de 2015  

Les pide a sus amigos, conocidos y hasta entrevistadores ocasionales que lo llamen el Gordo. Así, sin ceremonias, también saluda con un abrazo fraterno que, advierte, ya lo hizo famoso entre los gélidos ejecutivos de los estudios de Hollywood. Asegura que su mayor logro no fue ganar la semana de la crítica en Cannes con Cronos, su primer largometraje, ni las nominaciones al Oscar por El laberinto del fauno, sino que su mayor orgullo y felicidad le llegó cuando se casó con el amor de su vida, su novia del colegio. Todo eso suele contar y hacer Guillermo del Toro, y no queda otra que pensar que es la persona más dulce y romántica del mundo. Hasta que habla de los monstruos que ama con una pasión inextinguible desde la infancia. Hasta que cuenta que Hellboy y el pesadillesco "hombre pálido" de El laberinto del fauno, son representaciones de él mismo. De ese costado fascinado por lo oscuro, lo deforme, el terror que espanta a muchos, pero no a él.

"Es más fácil encontrar la belleza en lo bello. Pero el verdadero poder reside en buscar belleza en el horror", repite el director mexicano en todas las entrevistas promocionales de La cumbre escarlata, su nuevo film que se estrena hoy en la Argentina. Casi un mantra para describir sus gustos y aficiones, especialmente aquellas que lo inspiraron a contar este romance gótico, esta histora con fantasmas, pero no de fantasmas. Una distinción que Del Toro pone en boca de Edith Cushing (un apellido que es apenas uno de los muchos homenajes hilvanados en la trama del film para las almas afines), el personaje central de La cumbreescarlata.

La inteligente, rica y bonita Edith (Mia Wasikowska) sueña con poder publicar sus historias, con ser la "Mary Shelley" del Buffalo de principios de siglo XX, y nada le interesa menos que participar de la sociedad elegante y del mercado matrimonial. Y por si le faltara algo para ser diferente de todas las otras señoritas de su posición, Edith cree en fantasmas. Los ve, los escucha, les teme y escribe sobre ellos en esas novelas que ningún editor se anima a publicar. Porque es mujer.

Ella lleva adelante el relato: su historia es la que el espectador sigue entre bellos escenarios que en un abrir y cerrar de ojos pueden transformarse en rincones tenebrosos, sombríos y ominosos. Especialmente cuando en la vida de Edith y su acaudalado padre aparecen los hermanos aristócratas británicos empobrecidos Lucille (Jessica Chastain) y Thomas Sharpe (Tom Hiddleston). Y ahí es donde el elemento de romance empieza a vislumbrarse en La cumbre escarlata. Lo gótico llegará cuando el trío se traslade a la mansión de los Sharpe en Inglaterra. Un paisaje tan desolador como extraño debido a la arcilla roja de su suelo, fuente de vida y maldición para los misteriosos hermanitos. Y tal vez el homenaje más claro del director a uno de sus autores favoritos: Horacio Quiroga.

Ávido coleccionista y lector de todo lo que tenga al menos el aire sombrío y de horror que tanto lo inspira, Del Toro suele recomendar películas, cuadros y libros desde su perfil de Twitter (@REALGDT), y allí Quiroga y su obra manchada de tierra tan roja como la sangre suelen tener un lugar de privilegio.

Ese mismo color, rojo escarlata, tiñe cada rincón de la segunda parte de la película, cuyos notables fotografía y diseño de producción crean un mundo que respira, rebalsa y transpira en carmesí. Y en medio de todo ese espanto una heroína fuerte, brillante e imaginativa que, para Del Toro, es una marca de autor. En un género en el que los personajes femeninos suelen ser carne de cañón en la mayoría de los casos y, con suerte, el interés romántico del protagonista, él aboga desde sus primeros films por el poder femenino. Como sucede con sus personajes más horrorosos y deformes, sus mujeres llegan a la pantalla directamente desde sus experiencias fuera de ella.

"No me parece nada raro hacer una película centrada en un personaje femenino. Soy testigo directo y privilegiado del poder de las mujeres gracias a mi esposa y a mis hijas. El género femenino cuenta con una fuerza que nosotros, los hombres, sencillamente no tenemos", explicaba hace pocos días Del Toro en una nota con el sitio IndieWire.

La casa del horror

En ciertos detalles de la trama de La cumbre escarlata, algunos encontrarán una referencia directa a Rebecca, una mujer inolvidable, de Alfred Hitchcock, y el director de El espinazo del diablo sería el primero en admitir la conexión. En su larga lista de cineastas admirados, Hitchcock figura siempre en los primeros puestos, un interés y una obsesión que tiene desde la infancia y que continuó cuando estudiaba en la escuela de cine de Guadalajara y escribió su tesis de grado sobre Los pájaros.

Precoz adorador de lo siniestro -cuenta que sus padres aún guardan una grabación del pequeño Guillermo de cinco años pidiendo una raíz de mandrágora con la que hacer magia negra para Navidad-, Del Toro construyó una carrera en Hollywood tan inusual como la colección de arte y memorabilia de cine que guarda en dos casas en las afueras de Los Angeles. Un templo dedicado al horror repleto de libros, figuras y criaturas que encienden su imaginación. Y parece que la chispa funciona.

Del Toro no para de armar proyectos que muchas veces anuncia antes de lo previsto y otras veces se caen a pedazos dejándolo tan dolido y necesitado de nueva sangre como el inolvidable anticuario de Cronos que interpreta Federico Luppi, su actor favorito para sus películas en español. En inglés, ese puesto lo ocupa el fantástico Ron Perlman, que aparece en varios de sus films y al que, contra la opinión de los mandamases del estudio, le confió el protagónico en las dos Hellboy. Un par de films divertidos, repletos de un espíritu de aventura y de una inagotable imaginación que suele escasear en las grandes producciones de Hollywood -además de un muestrario de los monstruos más monstruosos y sensibles que se puedan encontrar-, que deberían tener una tercera parte. Del Toro y Perlman quieren hacerla y suelen charlar sobre posibles historias a explorar. El único problema es que nadie más parece interesado en volver a poner al demonio rojo en la pantalla grande porque, según su director, esas películas ganaron todo su dinero no cuando se estrenaron en los cines, sino al tiempo de su lanzamiento en video y DVD, un mercado que hoy en día prácticamente no existe.

Por todo su caudal creativo, el director, tercera pata del grupo de amigos y directores que integra con Alfonso Cuarón y Alejandro Iñárritu, no siempre tiene la mejor suerte con sus proyectos. Desde que tiene uso de razón como realizador sueña con adaptar En las montañas de la locura, de H.P. Lovecraft, y a pesar de lo complejo del trabajo -los expertos en el género consideran a Lovecraft inadaptable-, Del Toro llegó a tener el visto bueno del estudio, la producción de James Cameron que lo guiaría en los aspectos técnicos y hasta un protagonista: Tom Cruise. Sin embargo, días antes del comienzo de la preproducción todo se vino abajo y el derrumbe dejó al director sin su película soñada. Y algo similar le sucedió con El hobbit, al que le dedicó dos años de su vida hasta que tuvo que abandonar el proyecto.

Pero él no se rinde. Cuando pudo, se sacó el gusto de crear robots y preciosas bestias para Titanes del Pacífico, de la que sueña filmar una segunda parte. Aunque a los señores que hacen números en Los Angeles no les cierren las cuentas. Pero él insiste, sueña y se prepara para el día en que pueda contar la historia de otro monstruo deforme, gigante y tan bello como nuestras pesadillas.

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