El sueño adolescente de Lorde

Cómo hizo una chica neozelandesa de 16 años (que llega en abril para el primer Lollapalooza local) para convertirse en el fenómeno pop más inesperado
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21 de enero de 2014  • 17:35

Hay un trago que hacen en el Soho House de Nueva York que le gusta a Lorde. Lo tomó cuando estuvo ahí la semana pasada, pero no se acuerda qué tenía. El Soho House es un boliche súper exclusivo sólo para miembros, con sucursales en las ciudades más elegantes de todo el mundo, y esta noche ella está en la de Los Angeles, mirando fijo desde un reservado tapizado suntuosamente las luces de la ciudad que se extienden más allá hasta el Pacífico, tratando de describirle el trago a la camarera. "Como una especie de limonada sofisticada, con pepino", dice. "Pero no sé si es limonada." La camarera frunce el ceño. Lorde está en Los Angeles para una aparición en Ellen , el programa de Ellen DeGeneres, en el que tocará "Royals", su single cautivante, susurrado y completamente pegadizo, que actualmente es la canción más popular en Estados Unidos: destronó del número 1 a "Roar" de Katy Perry y a "Wrecking Ball" de Miley Cyrus.

Ayer estuvo en Toronto, donde dio un show sold-out en un boliche y los fans "literalmente persiguieron nuestra camioneta, gritando, a todos los lugares a los que fuimos", dice. Antes de eso estuvo en Nueva York y agotó entradas para tres shows. Entre el público estuvo el diseñador de moda Phillip Lim, del que usó un enterito de cuero justo esa noche, porque se lo habían regalado en una sesión de fotos. Mientras estuvo en Nueva York, Lorde vio a Tavi Gevinson, la adolescente que con su blog de moda Style Rookie se convirtió en un ícono fashion y montó un pequeño imperio, primero en el Soho House, donde tomó ese trago, y después "en una fiesta en Bushwick".

"Ya sé cuál es el trago", dice la camarera. "Seguro es el Eastern Standard: pepino, menta, lima…"

"¡Ese!", dice Lorde. Va a tomar la versión sin alcohol, porque a pesar de que esta cantante y compositora nacida en Nueva Zelanda es lo suficientemente exitosa como para conseguir una mesa en el Soho House sin reserva, tiene apenas 16 años. En Pure Heroine, su excelente álbum debut, Lorde canta sobre vaciar botellas y hacer fiestas en casa, pero el alcohol le da lo mismo. "No me molesta no poder emborracharme", dice, y después se da cuenta de que lo que acaba de decir suena muy a Hannah Montana y le da un poco de vergüenza. Mira el grabador que acaba de inmortalizar sus palabras y se las imagina en la nota: "¡Oh, no!", grita, riéndose. "¡Trágico!"

Lorde, cuyo nombre verdadero es Ella Yelich-O’Connor, es de esa clase de adolescentes que te olvidás que son adolescentes. Mientras charla, se muestra no sólo serena sino también absolutamente sabia. No tiene miedo de sostener la mirada y sus declaraciones son contemplativas pero frescas. En el disco, hace uso de una voz suntuosamente profunda sobre beats minimalistas que ella misma coproduce. Sus letras exploran los tópicos clásicos del pop adolescente (fobias sociales, deseos románticos, aburrimiento extremo, broncas alimentadas con alcohol) con un desapego lejano e inquietante. En una de las canciones, cuando describe un romance apasionado, no puede evitar irse por las ramas y saltar al futuro, pero no hacia el final inevitable del amor, sino más allá, hacia la muerte: "Sé que no somos eternos/ Somos un desastre a punto de suceder/ Un día la sangre no fluirá tan alegre/ Un día todos vamos a estar inmóviles". Lorde se autodefine más como letrista que otra cosa, algo que le atribuye a haber devorado la ficción de autores como Raymond Carver y Kurt Vonnegut desde los comienzos de su adolescencia.

En septiembre, cuando tocó en Later… with Jools Holland, Kanye West, que también iba a tocar ese día, se le acercó en el backstage y le dijo que le gustaba lo que hacía. A su primer concierto en Los Angeles, en agosto, fueron la actriz Chloë Moretz, Jared Leto y Dr. Luke, que le dijo que quería juntarse con ella algún día para discutir algunas ideas. Lorde confiesa que le parece increíble, pero se toma las cosas con calma. "Me entusiasma trabajar con él, pero para otra gente", dice. "No tanto para mi música. Aunque sí, sería increíble ver qué pasa con eso. El inventó una especie de algoritmo que funciona siempre."

Analizamos el menú. Tiene puesto un collar con un dije de cristal grande e irregular sobre una remera blanca de gasa. De su cabeza salen unos rulos leoninos en todas las direcciones. Finalmente, se decide por una tostada de paté de pollo, una papa al horno y, para citarla, "¡unos tacos de pescado, motherfucker!". Veo que en el menú hay una pizza de trufa negra y le sugiero compartir ese plato, pero inmediatamente se pone suspicaz. "¡Después vas a escribir sobre eso como hace Lynn Hirschberg!", dice, refiriéndose, sagaz, a la periodista de celebridades que es famosa por pedir platos con trufas para que los entrevistados parezcan millonarios malcriados. "Lo hizo con M.I.A. en la revista Times, y antes ya lo había hecho con Megan Fox", dice Lorde. "Así que la pizza de trufas pedítela vos."

"Royals" es una canción que habla sobre sucumbir frente al glamour del hedonismo y el materialismo, pero al mismo tiempo los critica. El estribillo –"Everybody’s like, «Cristal, Maybach, diamonds on your timepieces»" ("Todos hablan de Cristal, Maybach, diamantes en sus relojes")– es desafiante y al mismo tiempo agridulce: "Nunca vamos a pertenecer a la realeza". "Siempre me fascinó la aristocracia", explica Lorde. (De allí viene su nombre artístico.) "Me interesan mucho las universidades de primera línea, los clubes universitarios, las familias con estirpe y el viejo concepto de dinero."

Ella canta sobre esta clase desde una posición privilegiada, si bien su familia se jacta más de su capital cultural que de su capital financiero. Su madre es Sonja Yelich, una prestigiosa poeta que ha sido incluida en la antología Best New Zealand Poems cuatro veces y que, en su último libro, imagina la vida sombría de un marine norteamericano en Irak. El padre de Lorde es ingeniero civil. La familia es de clase media. "Estándar", la describe Lorde, y hace mucho hincapié en que su padre tiene un Toyota. En "Royals" critica las fantasías del rock y el pop aunque una parte de ella las desea. Se acuerda de que hace poco salió de compras en Londres y que, envalentonada por el éxito, decidió darse un gusto con un par de cosas de Comme des Garçons que costaban 780 libras esterlinas, más un cárdigan ridículamente caro que le quedaba perfecto y que salía más que todas las otras prendas juntas. "Pero me rechazaron la tarjeta de crédito", dice riéndose.

Cuando llega la comida, come dos porciones de la pizza de trufas y le encanta. Después de un rato, Tim Youngson, uno de los managers de Lorde, se acerca a la mesa y pregunta: "¿Están bien?"

"Perfecto", dice Lorde.

"Está el manager de Kanye, le encantaría saludarte", le dice Tim. "Cuando termines."

"Ok, dale", dice. Después se concentra en sus tacos de pescado y los come sin apuro.

ure heroine planta su bandera directamente en el área gris donde el mainstream limita con lo alternativo: el disco está lleno de referencias a artistas como Drake, The xx, A$AP Rocky, James Blake, Kanye y Burial. Cuando Lorde empezó a hacer música, más o menos a los 12 años, dice que Laurie Anderson fue una influencia importante. "Me gusta mucho la electrónica y la música alternativa", dice. "Pero me encantan las canciones pop también."

Es por eso que está contenta de tocar en un programa de la tarde, incluso si queda bastante lejos del espectro cool que supone estar de fiesta en Bushwick con Tavi. "Ellen es increíble", dice Lorde. La tarde en que va a ir a grabar, una camioneta la espera a Lorde y a su banda fuera de un hotel en Hollywood, lista para llevarlos a la prueba de sonido. Su equipo en las giras, integrado en su totalidad por compatriotas, es pequeño: Ru, el pibe del sonido; Jimmy, el tecladista; Ben, el baterista. La onda adentro de la camioneta es relajada y amistosa: todos parecen estar sorprendidos por lo ridículas que se han vuelto sus vidas desde que "Royals" se hizo famosa. Jimmy, que se parece un poco a Otto de Los Simpson, ocupa el último asiento de la camioneta. "Conocí al tecladista de Jennifer López en una tienda de tatuajes anoche", dice sonriendo. "Sí, ¡te sentaste en su falda!", acusa Ru. "No te podemos llevar a ningún lado", dice Lorde.

Lorde tiene puesto un top negro ajustado, botitas con plataforma y una pollerita de tenis negra. "Estoy curtiendo una onda deportiva gótica", dice. Sonja, su madre, va adelante. Es una mujer muy simpática de pelo oxigenado y anteojos de marco grueso. "Es un poco como The Truman Show", dice Sonja sobre la vida en el circuito pop estadounidense. "Todavía estoy tratando de acostumbrarme." A pesar de su presencia, la banda no se censura demasiado. Ru habla abiertamente de "vaporizadores sin manos" y Lorde se burla de que Jimmy "estaba revolcándose con una chica" la otra noche. Cuando suena "Royals" en la radio, Sonja canta exageradamente, hace que dispara un revólver con cada beat y todos se lo festejan.

En el camarín de Ellen, Lorde se acerca a una computadora, pone una canción de Haim en YouTube y se dirige a la sala de maquillaje. "¿Querés que te arquee las pestañas de abajo?", le pregunta la maquilladora. "Dale", contesta Lorde.

Mañana va a volar a Nueva Zelanda, donde tendrá una semana libre antes de volver a salir de gira. Devonport, su ciudad natal, es un suburbio costero de Auckland, la ciudad más poblada de Nueva Zelanda, que tiene una base naval. A Lorde todavía le queda un año de secundaria, pero últimamente no pudo ir demasiado a clase. "No sé cómo voy a hacer con el colegio", dice. No está segura de que pueda terminarlo, y por ahora no piensa ir a la universidad. "De todos modos yo leo y escribo mucho, así que no siento que me esté perdiendo nada." Cuando iba al colegio, dice, "estaba en las nubes. Pasaba mucho tiempo con los varones. A muchos de mis amigos les gusta el deporte, a otros el arte, el teatro… tengo amigos por todas partes". Tiene tres hermanos. "Somos todos muy diferentes", dice. "Mi hermana mayor estudia alemán y estudió cine, y ahora está estudiando administración. Le gustan los caballos. Mi hermana menor es súper sociable y divertida. Es hermosa. Un día va a tener su propio programa de televisión. A mi hermanito le gustan los deportes y la matemática. Yo soy más introvertida. Siempre leí mucho y fui la más tranquila." Al mismo tiempo, dice, "estudio teatro desde los cinco años y me va muy bien hablando en público. Soy buena para entretener a los demás".

Scott Maclachlan, el otro manager de Lorde, aparece en el camarín. Maclachlan la conoció a Lorde cuando tenía 12 años: cantó "Warwick Avenue" de Duffy en un acto escolar con un compañero de colegio llamado Louie. El padre de Louie le mandó un video de la actuación a Maclachlan, que trabajaba en la sucursal de Universal Records en Nueva Zelanda.

"Tenía una voz increíble, de hecho no muy distinta de la de ahora", dice Maclachlan. "Tenía la misma profundidad y el mismo timbre, una voz con mucho soul." Le consiguió a Lorde un contrato con una compañía grande. "Una de las cosas más copadas era que podía tener clases de canto dos veces por semana", recuerda. "Siempre tuve una voz grave, pero hay algunos covers malísimos en YouTube de cuando tenía más o menos 12 años, y mi voz era muy nasal. Con una tonalidad muy rara. Tuve que despojarme de todo eso y volver a armarla."

Maclachlan la juntó con varios compositores. "No funcionó", dice. "Creo que, en su interior, ella siempre supo que no iba a cantar las canciones de otra gente." Finalmente encontró un colaborador agradable en Joel Little, un veterano del circuito pop-punk de Nueva Zelanda con algunos hits en ese país y un oído para beats electrónicos austeros. Little le enseñó a Lorde la estructura de la canción. "Yo quería ajustar la canción a la letra y no al revés, aplastar una letra en la canción", dice. "Joel me decía: «¡Las sílabas tienen que entrar!»."

El debut de Lorde fue un EP llamado The Love Club, que salió en noviembre del año pasado. Inspirada por artistas enigmáticos como The Weeknd, decidió no poner fotos de ella en el disco y, en lo posible, tampoco en internet. Subió la música a SoundCloud y esperó a que se corriera la voz. Después el sello puso su maquinaria a trabajar y así es como surgió "Royals", que primero fue número 1 en Nueva Zelanda y luego emigró de las emisoras de radio alternativas de Estados Unidos a las de pop. "Me metía en YouTube y pensaba: «¿Quién estará viendo esto?»", dice.

"Es raro. Al principio todos los proyectos son muy puros. Pensás que nunca te vas a vender", sigue Lorde. "Después vas hacia adelante y querés que la gente escuche tu disco, así que tenés que hacerle publicidad." Se ríe. "Yo subí mi música sin ninguna expectativa comercial y me di cuenta de que era una estrella pop."

a actuacion en ellen sale bien. La voz de Lorde es rica y segura. Ella encorva un poco los hombros, sonríe con timidez y apenas se mueve, excepto por una mano que de vez en cuando baila con sus palabras. El efecto es extrañamente magnético, y el público no puede evitar aplaudir con cada beat. Cuando termina, Ellen DeGeneres grita: "¡Estuvo buenísimo!", y corre hacia Lorde, que está exultante. Lorde acepta un abrazo de DeGeneres, después sube el micrófono, como para decir algo, lo vuelve a soltar, lo vuelve a subir, se le cae de nuevo, y se arregla el pelo, nerviosa, sonriendo y agradeciendo los aplausos.

De vuelta en el camarín, se tira en un sillón, acepta las felicitaciones y se concentra en su teléfono. Sonja ordena el camarín, retira bolsas vacías de papas fritas y botellitas de té helado de una mesa ratona y después se sienta al lado de su hija.

"Ella escribe mucho mejor que yo", dice Sonja rezumando orgullo. "Hace un par de años, escribí mi tesis de maestría y le pedí a ella que la corrigiera: 40 mil palabras. Trabajó súper bien. Y tenía sólo 14 años."

"¡Mamáaaaaa!", grita Lorde. "¡Basta de hablar de mí!" Se acurruca a su lado, colorada de vergüenza, y esconde la cara en un almohadón. Al menos por un momento, actúa como si tuviera 16 años.

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