El unicornio azul llora sangre

La comunidad artística internacional se divide por los fusilamientos de Fidel Castro
Pablo Sirvén
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4 de mayo de 2003  

Los fusilamientos de Lorenzo Copello Castillo, Bárbaro Sevilla García y José Luis Martínez Isaad, en la madrugada del viernes 11 de abril pasado en Cuba, viene desde entonces dividiendo cada vez más las aguas entre connotados artistas y representantes de la cultura de distintas latitudes.

La revolución castrista instalada en el poder, sin interrupciones ni recambios, desde el 1° de enero de 1959 despertó, en principio, sinceras simpatías entre una vasta intelectualidad internacional por sus connotaciones románticas e insólitas. Un grupo de jóvenes valientes se había determinado a barrer un régimen despótico y corrupto y, al mismo tiempo, planteaba su rebeldía militante contra los Estados Unidos.

Intensos programas sanitarios y educativos, la progresiva eliminación de la miseria, la exuberante y sumamente atractiva personalidad del líder carismático Fidel Castro y el perfil idealista y jacobino de Ernesto "Che" Guevara sumaron puntos a favor para que los espíritus más sensibles supusieran que había nacido el estado utópico donde, por fin, rigiera la igualdad y la justicia.

Si bien importantes logros en los rubros anotados más arriba se registraron innegablemente, el gobierno revolucionario, más temprano que tarde, se burocratizó, pasó de estar debajo de la sombra de un imperialismo (Estados Unidos) a la de otro (la Unión Soviética, que la convirtió en pieza estratégica de la Guerra Fría y la cobijó financiándola fuertemente hasta su disolución, en 1989), silenció con ferocidad a sus opositores y exportó sus métodos violentos a otros países latinoamericanos, que desencadenaron salvajes represiones cuyas secuelas aún se sufren. Con la excusa del persistente -y absurdo- bloqueo impuesto desde hace más de cuatro décadas por su gigantesco vecino, Castro resolvió perpetuarse de manera vitalicia sin aceptar la más mínima objeción y aplastando cualquier alternativa o viso de normalización democrática que pudiera surgir bajo el gravísimo cargo de "traición a la patria", llevando a sus propiciantes de inmediato a purgar largas penas en la cárcel o empujándolos hacia el exilio, donde han ido a parar cientos de miles. Asolada Cuba la primera mitad del siglo XX por las férreas y largas dictaduras ultraderechistas de Gerardo Machado y Fulgencio Batista, vino Castro paradójicamente, en la segunda mitad y hasta ahora, a superarlas con creces en tiempo y métodos represivos, desde el otro extremo ideológico, con un régimen militarizado y despótico que ya lleva 44 años de supervivencia.

* * *

Tal vez seducidos por la gracia sin par y la camaradería inagotable del noble pueblo cubano, por sus paisajes soñados e inspirados poetas y cantores, bien regados por los más que sentadores daikiris y mojitos, muchos artistas a lo largo del tiempo resolvieron ponerse anteojeras para no ver los costados más sórdidos de Castro, que no están tan escondidos ya que saltan bien a la vista.

Ese bloque compacto acaba de quebrarse a partir del encarcelamiento de 75 disidentes por penas que llegan hasta los 28 años de cárcel y el ajusticiamiento del trío de secuestradores de una lancha de pasajeros con 22 rehenes que fueron finalmente reducidos, sin que se produjeran víctimas, cuando intentaban escapar de la bahía de La Habana hacia la Florida, refugio predilecto de todos los que se fugan del "paraíso" castrista.

Así se vienen sucediendo manifestaciones y declaraciones individuales y colectivas de importantísimos referentes de la cultura y del espectáculo internacionales en dos vertientes: los que mantienen como siempre su fidelidad incondicional, pase lo que pase, con Castro y -la gran novedad- los que han resuelto romper lanzas con la dictadura caribeña.

Uno y otro grupo, que hasta ayer formaban una unidad indivisible, han quedado ahora en lugares contrarios e igualmente incómodos: que artistas enormes y de indiscutible calidad y sensibilidad de la talla de Alicia Alonso, Silvio Rodríguez y Chucho Valdés, entre muchas otras prestigiosas firmas cubanas, salgan a defender a Castro tras mancharse una vez más las manos con sangre, no deja de sorprender y doler porque no alcanzan para justificarlo los supuestos aprestos de Estados Unidos en pos de desatar un conflicto armado contra Cuba. Por seria que fuese esa posibilidad -después de la arbitraria invasión norteamericana a Irak, nada puede descartarse-, resulta difícil justificar los últimos excesos castristas, y mucho menos desde un campo tan ligado al entendimiento pacífico entre los pueblos como deben ser el arte y el espectáculo.

Pero también es paradójico el reposicionamiento de quienes últimamente han tomado distancia del anciano tirano cubano como el escritor portugués José Saramago: "Ha perdido mi confianza; hasta aquí he llegado". Pedro y Javier Bardem, Pedro Almodóvar, Joaquín Sabina y Joan Manuel Serrat, entre otras conocidísimas figuras hasta hace poco amigas a ultranza del gobierno y que condenaron los últimos acontecimientos.

Ya lo dice el dicho, más vale tarde que nunca, pero la paradoja en la que incurre este sector de artistas desencantados es que reaccionan ahora por falta de información anterior tanto o más grave que siempre estuvo a disposición.

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La pena capital no se aplicaba en Cuba desde hace cuatro años y los últimos sonados casos que tuvieron gran repercusión internacional fueron los fusilamientos de militares del propio régimen en 1989.

De los fusilados más recientes es difícil, si no imposible, conseguir detalles sobre cómo fueron sus últimos momentos. Conocedores del tremendo impacto negativo mediático que tiene la difusión masiva de estos hechos, no sólo no hay, obviamente, imágenes disponibles -que, claro, hubiesen dado la vuelta al mundo-, sino que la información que circula sobre el tema es absolutamente restringida. A pesar de las interminables ruedas de prensa organizadas por Castro y sus principales funcionarios para atajar la repulsa que, de todos modos, se desató, casi nada se sabe de la forma en que murieron los frustrados secuestradores y de qué manera se instrumentó la entrega de sus cuerpos a sus deudos.

Castro no puede disponer de la vida y de la muerte de los habitantes de Cuba so pretexto de la ostensible belicosidad de la política exterior de Bush. Nada de eso dice, sin embargo, el documento "A la conciencia del mundo" que suscriben varios premios Nobel de la paz y figuras tan conocidas para nosotros como Daniel Viglietti, Pino Solanas, Eduardo Mignogna, Tristán Bauer, Eduardo Pavlovsky, Norman Brisky, Víctor Heredia y Liliana Herrero, por nombrar sólo a algunos de los argentinos de una larga lista de firmas prestigiosas.

En contraposición, otro gran grupo de artistas encabezó una multitudinaria protesta contra Fidel Castro hace unos días en Madrid, donde habló el director cinematográfico Fernando Trueba. Y esto recién empieza.

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Goar Mestre -dueño de un emporio audiovisual en Cuba hasta 1960, que había recibido inicialmente con beneplácito la llegada de la revolución de Castro y sus barbudos y que se exilió en la Argentina, donde fundó Canal 13- me contó hace años que él mismo fue testigo de los fusilamientos iniciales del régimen, cuyos juicios sumarísimos contra los ex personeros del caído régimen batistiano se llevaban a cabo bulliciosamente en el Palacio de Deportes de La Habana frente a un público enfervorizado que cubría las gradas y pedía rápida justicia. Lo sorprendente es que en aquella época, las cámaras de televisión del Circuito CMQ registraran esos primeros fusilamientos, transmisiones que cesaron tan pronto el régimen percibió que era un boomerang en su contra.

Artistas y figuras de la cultura que con razón saltan y reprueban cualquier exceso, por mínimo que sea, de fuerzas policiales o militares, hoy se encuentran en un laberinto contradictorio encolumnándose tras una Cuba que apenas puede esconder sus peores oscuridades.

Todos los crímenes son execrables e injustificables, sin que sus distintas procedencias sirvan de atenuante alguno. Y ese es un principio sin excepciones que un artista tiene la obligación moral de defender a ultranza y, si no le es posible hacerlo, debería pensar en cambiar de profesión.

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