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Encuentro musical para coleccionistas

"Do-Re-Mi-Já! Por humor a la música". Espectáculo con la Camerata Bariloche y Les Luthiers. Organizado por la Secretaría de Cultura del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires a beneficio del Collegium Musicum de Buenos Aires. Teatro Colón. Nuestra opinión: excelente
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23 de agosto de 2000  

Y la música va. O la fiesta continúa. El Colón, coincidencias y azares en buena medida, sigue brindando momentos inolvidables. Con el recuerdo de la "experiencia Barenboim" flotando y latiendo poderoso todavía en cada rincón del teatro, llegó el momento de la reunión cumbre de la Camerata Bariloche y Les Luthiers, dos instituciones veneradas y apropiadas por el inconsciente colectivo argentino cuyos valores simbólicos trascienden con mucho lo meramente artístico. Además, como elemento agregado, este encuentro estuvo signado, calidades al margen, por un doble motivo benéfico y solidario altamente elogiable, que no defraudó a nadie y que, en definitiva y a pesar de una generosa longitud, no pudo evitar dejar cierto gustito a escaso.

No fue el público habitual del Colón el que ocupó hasta el último resquicio del teatro. Atraído por Les Luthiers, llegó un gran número de oyentes que, en el centro mismo e indiscutible de la música clásica, logró hacer que la Camerata jugara de visitante. Testimonio de ello fueron la perceptible desazón de los acomodadores, que debieron trabajar a destajo para ubicar en sus lugares a espectadores que desconocían algunas de las geografías básicas del teatro, y, sobre todo, los aplausos entre movimientos de las obras que interpretó la Camerata.

Sabiamente, imaginando la situación, los barilochenses, que abrieron el espectáculo, eligieron un repertorio apto para todo público. Con Fernando Hasaj y Pablo Saraví como solistas, los músicos tocaron el "Concierto para dos violines", de Bach, luego el "Divertimento en Re mayor K.136", de Mozart, y concluyeron su parte con las "Danzas rumanas", de Bartok. Con concentración, oficio y empuje, la Camerata ofreció interpretaciones disímiles de cada una de estas obras. Pero hay ocasiones, como por ejemplo este concierto conjunto y solidario, en las cuales no se considera pertinente abundar en detalles técnicos de análisis interpretativos. Más aún cuando la profesionalidad y el compromiso no admiten el menor reparo sino, precisamente, la alabanza más sincera.

La parte del humor

La segunda parte fue para Les Luthiers. Recibido con una ovación estruendosa, el ensamble ofreció "Para Elisabeth" (sonata a la carta), "Serenata tímida" (canción pusilánime), "Educación sexual moderna" (cántico enclaustrado) y el ya célebre "Quién mató a Tom Mc Coffee" (música en serie). Impecables, aceitados, sin fisuras y con la contundencia de que cada detalle musical tiene su plasmación exacta y que cada palabra golpea en el segundo preciso, el conjunto demostró que el Colón también puede ser un lugar perfecto para que el humor franco, amplio y generoso se detenga, aunque sea un ratito, y no sólo cuando alguna ópera buffa es programada en la temporada.

Por lo demás, pasan los años, el éxito continúa y no parece que Les Luthiers estén dispuestos a recorrer un sendero en el cual lo musical quede atrás de lo textual o lo dramático. Los exquisitos toques schubertianos de la sonata a la carta, la utilización del antiguo modo dórico en la melodía de la "Educación sexual moderna" y la perfección instrumental y el refinamiento de las armonías jazzísticas, sin abuso ni excesos de las consabidas blue notes, en el número final, demuestran que la excelencia se apoya también en lo musical, aunque quizá no sea esto percibido como un elemento destacado de un discurso que, para muchos, parecería afirmarse, esencialmente, en el humor hablado y en el componente teatral.

Todas las voces, todas

Al final se reunieron ambos conjuntos para hacer el "Concerto grosso alla rustica", concertino puneño, con una quena chirriante y bellamente desafinada en un cuarto de tono por encima del resto de los instrumentos, y la ópera "La hija de Escipión", para cuya representación se agregaron unos cuantos músicos más. Luego llegaron varios números, hasta que, por último y entremezclados, como correspondía, los artistas de la Camerata y de Les Luthiers se despidieron ante una multitud que no se había movido ni un centímetro y que no se alejó hasta que el telón, ancho, pesado y final, se cerró sobre un escenario que había ofrecido un espectáculo único y diferente para coleccionar.

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