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Entre lo sagrado y lo profano

"La copa" ("Phörpa", "The Cup", Australia-Bután-Canadá, EE.UU./1999). Presentada por Alfa Films. Dirección: Khyentse Norbu. Con Orgyen Tobgyal, Neten Chokling, Jamyang Lodro y Lama Chonjo. Fotografía:Paul Warren. Música: Douglas Mills. Duración: 93 minutos. Calificación: apta para todo público. Nuestra opinión: muy buena.
Fernando López
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31 de agosto de 2000  

En el monasterio de Chokling, al que llegan dos chicos tibetanos exiliados, hay jóvenes monjes envueltos en sus ropas tradicionales disputando un partido de fútbol en el que lo que se patea no es una pelota sino una lata de Coca-Cola. El improvisado balón pronto va a parar a las manos de Geko, encargado de la disciplina, y de ahí a las del anciano abad, que lo termina convirtiendo en candelero para su altar privado.

A Khentse Norbu no le hace falta más que esa sucinta evolución para entrar en el tema de su pequeño y encantador film: la coexistencia entre lo sagrado y lo profano, entre la tradición y el progreso. Así instala también el tono que ha de imperar en todo el relato, una fábula llena de gracia y de diáfana simplicidad.

No es un grupo de fanáticos del fútbol lo que el espectador occidental espera encontrar en un monasterio budista. Tampoco estudiantes que a veces ensucian las paredes con sus graffiti o que llevan el amarillo y verde de la camiseta de Ronaldo debajo de la tela naranja de sus hábitos. Ni revistas deportivas en lugar de textos sagrados.

Pero Norbu, monje y lama reconocido como reencarnación de Jamyang Khyentse Wangpo, religioso reformista y santo del siglo XIX, está tan experimentado en la vida monástica como para despreocuparse de los estereotipos y los preconceptos: "La copa" transcurre en el mismo terreno de "El pequeño Buda" o de "Kundum", pero visto por alguien que lo conoce desde adentro y quiere desechar esa imagen de una vida recoleta y sin alegría. Y más: el escenario es verdadero y los "actores", monjes en pleno proceso de formación budista, pero también adolescentes parecidos a los de cualquier rincón del mundo. Todo respira en el film esa autenticidad. La espiritualidad, se verá, no excluye la alegría en este monasterio al pie del Himalaya. La fábula es sencilla, y quien la impulsa, un estudiante de 14 años, Orgyen, loco por el fútbol y agitado en estos días en que se acerca la definición del Mundial de Francia. Primero son las escapadas nocturnas a una taberna donde puede verse por TV alguno de los encuentros decisivos. Después, cortada la posibilidad de salir, las gestiones destinadas a conseguir la autorización de los superiores para asistir desde el monasterio mismo a la esperada final entre Francia y Brasil y las no menos complicadas para obtener el dinero y pagar el alquiler de un aparato y su antena. Más tarde, los tropiezos con el suministro de energía eléctrica (una interrupción que bien puede compensarse con un inspirado espectáculo de sombras chinescas).

Todo para ver cómo "dos naciones civilizadas pelean por una pelota", como sintetiza el asistente del abad. Y para hinchar por Francia, que defiende la causa del Tíbet y su resistencia a la dominación china.

Pero no hay discursos ni alusiones directas a la cuestión política. Norbu prefiere que la historia hable por sí misma y elige referencias tan indirectas como los reiterados rezongos acerca de la insipidez del arroz chino. El cuento recibe el cálido aporte de la luz de Paul Warren y se beneficia de la espontaneidad de su improvisado elenco. Norbu se inspiró en hechos reales (se informa al final que Orgyen todavía sueña con formar el primer equipo de fútbol tibetano) y -según ha dicho- él también debió hacer alguna concesión para favorecer la difusión internacional del film.

"Escribí un guión que Hollywood pudiera comprender -declaró-. Por eso el film permanece un poco en la superficie." Algo parecido a lo que hacen los monjes de su fábula cuando conceden algo para defender lo fundamental. La coexistencia exige ciertos sacrificios.

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