Esquiva identidad de los sonidos

Pola Suárez Urtubey
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29 de mayo de 2003  

Tema muy rico, abierto, sujeto a atractivas variables es el de la llamada identidad de la música argentina. En realidad, y fuera de toda consideración filosófica sobre el tema, se trataría aquí sólo de buscar una equivalencia entre el ser argentino (tan difícil de abarcar, por falta de maceración histórica) y la música que lo representa e idealiza.

En el principio, con Alberdi o Esnaola, sus romanzas y valses para piano llevaban el sello del romanticismo europeo, aunque los textos de las canciones eran de argentinos de ley, como Echeverría y López y Planes. Con los hombres del Ochenta, en cambio, y ante el temor de que el aluvión inmigratorio barriera con los valores nativos, se hizo carne el concepto de que nuestra identidad debía proteger las manifestaciones sonoras del gaucho, pero también de los aborígenes, que ya empezaban a ser objeto de estudio. La música, para ser argentina, debía navegar por esas corrientes.

En la primera mitad del XX sobrevivieron algunos fósiles dedicados a la crítica musical, para quienes, ¡todavía!, el arte nacional debía alimentarse de zambas y chacareras. Héctor Panizza tuvo que salir más de una vez a defenderse porque su ópera "Aurora" no registraba, según aquellos catones, la marca de fábrica. Es que, siendo hijo de un modesto músico italiano radicado en el país, permaneció ajeno a las guitarreadas y mateadas que sus colegas compositores, los de la clase alta argentina, compartían con los gauchos de sus propias estancias. Para él, el gato no pasaba de ser un aburrido cuadrúpedo.

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Hoy hemos avanzado y cada compositor es libre para expresarse con el estilo y procedimiento que mejor le cuadre. En estos momentos el Teatro Argentino de La Plata tiene en cartel la ópera "Lin Calel" (1941), de Arnaldo D´Esposito, basada en un vasto poema, con rasgos de epopeya, de Eduardo Holmberg, y que Víctor Mercante adecuó a la medida necesaria. D´Esposito expresó el mundo aborigen de la Patagonia desde su sensibilidad, con una síntesis de elementos de tradición italiana y modernidad europea, y ciertos toques locales como la pentatonía o algún motivo criollo.

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Pero tan argentina como "Lin Calel" es la ópera de Ginastera que lleva a escena el Colón a partir del 13 de junio. Porque "Bomarzo" (1967), un duque del Renacimiento italiano, es el fruto de la fantasía y erudición de Mujica Lainez, tan argentino como la Plaza de Mayo, y de un Ginastera que fue capaz, en su etapa temprana, de lograr un ajustado sincretismo entre prehispanismo y folklore nacional, politonalidad y serialismo europeos.

Pero también "Bomarzo" es el reflejo de un momento único en la vida cultural del país, el de los años rebeldes del 60, el de los jóvenes músicos del Di Tella, a quienes Ginastera supo comandar como nadie, conteniéndolos en medio de las turbulencias del vanguardismo sin sacrificar la fortaleza de la técnica, y soltando las amarras en beneficio de la libertad. De ese difícil equilibrio surgió también su propia obra.

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