Estampas de una relación

Federico Irazábal
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6 de marzo de 2016  

Elena Roger se pone al hombro la obra, bien acompañada por Esteban Meloni
Elena Roger se pone al hombro la obra, bien acompañada por Esteban Meloni Fuente: LA NACION - Crédito: Milwatts

Lovemusik / Libro: Alfred Uhry / Versión: Ricardo Hornos y Pablo Kompel / Música: Kurt Weill / Intérpretes: Elena Roger, Esteban Meloni, Diego Mariani, Luciano Bassi, Ana Fontán, Rosana Laudani, Belen Pascualini, Néstor Sánchez y Mariano Taccagni / Músicos: Ezequiel Finger, Gerardo Gardelín, Vanesa Quarleri, Inti Nicolás Sabev, Miguel Angel Tallarita / Vestuario: Ana Markarian / Escenografía: Jorge Ferrari / Luces: Gonzalo Córdova / Diseño sonoro: Pablo Abal / Dirección musical: Gerardo Gardelín / Dirección general: Jonathan Butterell / Sala: Paseo La Plaza / Funciones: martes a domingos / Duración: 90 minutos.

Nuestra opinión: buena

La historia amorosa y profesional que vincula a Kurt Weill y Lotte Lenya permite transitar una parte de un siglo cargada de intensidad, en lo social y político, pero también en lo artístico y en lo amoroso. Y en tal sentido lo primero que podría decirse de LoveMusik es que el texto escrito por Alfred Uhry (el autor y guionista de, por ejemplo, Conduciendo a Miss Daisy) va dando pinceladas que retratan los diversos momentos de la pareja: el primer encuentro, el ascenso (Berlín) y el exilio (París, Hollywood, Nueva York). Pero el problema es que, tal vez, las pinceladas sean demasiado tibias para una historia tan compleja, ya que no tan solo pretende mostrar el derrotero de un tipo de pareja claramente revolucionario para la época, sino que también se introduce -por la presencia de Bertolt Brecht- en la vanguardia artística de la época, la redefinición del teatro político y la lucha de la escena entre la palabra y la música. Uhry introduce toda esa dimensión artístico-cultural pero no hace nada con ella. Así, Brecht queda convertido en un caprichoso y egoísta señor rodeado de mujeres y ambicioso en lo económico. Podrán ser dimensiones biográficas del personaje en cuestión. La pregunta es si era necesario abrir un debate sobre estética en una obra que no podrá ni querrá profundizarlo.

La puesta en escena es, en un punto, muy austera aunque no exenta de gran belleza. Con músicos distribuidos por el escenario rodeando grandes paredes que se mueven para dar paso a coloraturas lumínicas o proyecciones que nos van ubicando en diversos ámbitos ficcionales, todas las escenas se ubican en el centro mismo del escenario pareciéndose más a un recital que a un verdadero y eficaz trabajo de montaje. En poquísimos momentos el director se atreve a que un personaje se ubique de un modo descentrado. Eso, lamentablemente, colabora con cierto la sensación de cierto estatismo.

Ahora bien, el punto verdaderamente álgido de este espectáculo está -como suele ocurrir cada vez que se sube a un escenario- en la presencia de Elena Roger. Ella se pone verdaderamente la obra al hombro y lleva al público a cada uno de los mundos en los que se encuentra. Lo hace, fiel a su estilo, con ese minimalismo que explota a medida que avanza la canción. Parte de un cuerpo casi inerte, inexpresivo, para ir gradualmente cargándolo de expresividad y de sentido. Y ella, como nadie, saber hacer esa tarea. Y el espectador la acompaña en ese camino que sólo puede conducir a un estallido. Sus compañeros, Esteban Meloni (Weill) y Diego Mariani (Brecht) la acompañan con solvencia pero sin destacarse, ya que, en parte, así vienen escritos los personajes. No obstante y pese a pertenecer al ensamble, se impone la presencia de Ana Fontán por la solvencia y el disfrute que transmite desde el escenario.

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