Gandini, el tango y después

El compositor y pianista editó un CD en el que la música ciudanana, que comenzó a tocar junto a Piazzolla, convive con su formación clásica, sin perder su esencia
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4 de mayo de 1997  

En un tiempo en que mucha música llega predigerida y lista para consumo, los Postangos de Gandini proponen un juego inteligente para las orejas. No basta con conocer la melodía y armonía de tangos como La cumparsita, El choclo o El día que me quieras, porque esta materia prima se ve atravesada por los variados recursos de transformación que el pianista trae de la música clásica para realizar sus improvisaciones.

Como suele suceder en estos casos de cruces entre diferentes tradiciones y géneros musicales, la valoración cambia según el cristal con que se lo mire. Desde las perspectiva de la música popular, lo que hace Gandini excede largamente el límite de lo tolerable para un género lleno de convenciones y estereotipos.

Pero lo que parece un exceso de audacia de un lado es señalado del otro como algo ingenuo. Al fin y al cabo, muchos de los procedimientos que utiliza el pianista objetan desde la música culta se logran fácilmente en una computadora con sólo apretar un botón. La respuesta a esta última crítica la dio mucho antes de los Postangos el también pianista y compositor Sergio Hualpa, saber componer es saber elegir, opinaba habitualmente en sus clases. Y Gandini no solamente toma los caminos más interesantes de estos juegos de espejos, puzzles y dislocamientos, sino que se tornan atractivos porque, además de ser un excelente pianista, tiene lo que los tangueros llaman roña.

Compositor, director y pianista, Gerardo Gandini es una excepción a la regla de la progresiva división de tareas que registra cualquier actividad humana, sea laboral o artística. Es necesario no perder de vista este aspecto para analizar este disco. Postangos es el cierre ¿o el comienzo? de un camino que inició en 1989, cuando Astor Piazzolla invitó al compositor de Lunario sentimental, a participar del Nuevo Sexteto, que fue el último grupo del bandoneonista nacido en Mar de Plata.

A lo largo de los más de cien conciertos que llevaron a cabo en la gira mundial de ese año, el pianista fue ganando espacio para improvisar sobre la música de Astor, pero utilizando para ello todo su background de la música contemporánea. Mientras sus oídos absorbían el fraseo y la rítmica de Piazzolla y, a través de él, del tango, sus manos lo devolvían al grupo, pero después de pasar por una cabeza con años de tocar y dirigir música clásica del siglo XX y componer su propia nueva música.

Después de la maratón piazzolliana, el tango quedó en estado latente para Gandini, hasta que, en 1992, realizó su primer concierto con improvisaciones sobre clásicos del tango en Venezuela. Aquí, la palabra improvisación debe ser tomada en su sentido más amplio, que incluye sólo como una posibilidad más el tipo de invención habitual del jazz.

El tango reformulado

El subtítulo del disco es Improvisaciones sobre standards de tango. El término está tomado del jazz, que denomina así a la melodía y sus correspondientes acordes que se tocan al comienzo y al final de cada versión y que sirven de base para la improvisación. A diferencia del planteo del jazz, Gandini usa los tangos como una superestructura a la que les sobreimpone su enorme paleta de recursos. Sin perder de vista que en definitiva se trata de las herramientas con las que construye su discurso, puede ser útil darles nombre a los trucos que los oídos atentos pueden reconocer a lo largo de los 10 temas que integran la grabación.

Los más sencillos son el de mantener la línea original, pero reemplazar la armonía o, como en el jazz, dejar los acordes para inventar una nueva melodía, como ocurre en El día que me quieras.

Para modificar la estructura melódica cuyos parámetros fundamentales son las notas y sus duraciones (el ritmo), además de transportar la línea a los extremos graves y agudos del piano, el pianista puede filtrar algunas y dejar otras, como ocurre en el comienzo de Los mareados, o agregar notas extrañas para ensuciar la percepción clara de una melodía.

También, sin modificar el ritmo, reemplaza las notas originales por otra u otras. Esta idea está notablemente explotada en La cumparsita, en la que Gandini pone en un primer plano el gesto rítmico y la cadencia de la obra en un estilo Pugliese, pero abstracto. Esto lo logra reemplazando cada nota por un cluster (tocar en forma simultánea las teclas blancas y las negras).

Una estrategia sutil es la del acompañamiento. En muchos pasajes, lo que es el fondo termina pasando a ser figura o contamina con sus características la línea que era principal.

A la manera del desarrollo expresionista, una parte del tema puede servirle de excusa para abrir una puerta diferente y llevar nostalgias hasta el Tristán, de Wagner, en una de las pocas citas cultas.

En estos Postangos, Gandini es una mezcla de pianista culto, pero con sangre de barrio, que pone en juego el arsenal técnico de la música contemporánea. Pero no con la intención de elevar al tango, sino de poner en juego todo su bagaje con la tradición del tango para llegar a un resultado en el que el todo algo más que las sumas de las partes.

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