George Harrison: entre la fama y la paranoia

Anticipo de la biografía de Marc Shapiro sobre el ex beatle, de cuya muerte hoy se cumple un año, y que publicará Emecé Editores
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29 de noviembre de 2002  

George Harrison volvió a los titulares de los periódicos en 1997. Pero no como le hubiera gustado.

Ese año, trascendió que un fan trastornado le había estado enviando amenazas de muerte a través del correo, supuestamente con frases como "Adiós, George" y "Hora de partir". Sólo después de que el hombre fuera arrestado se descubrió que las cartas habían comenzado a llegar regularmente a partir de 1996, y que la mayoría de ellas habían sido quemadas por el personal de George, temeroso de la reacción que el músico (a esa altura ya lo suficientemente paranoico en lo que a su seguridad personal y la de su familia concernía) podía tener al verlas.

En julio de 1997, mientras pasaba las horas en el jardín de su mansión de Henley on Thames Oxfordshire, Harrison descubrió una protuberancia en su cuello. Poco después pasaría por la sala de operaciones para que le fuera removido lo que resultó ser un nódulo cancerígeno, para luego pasar por un mes de tratamientos radiológicos. Harrison, que confirmó que el cáncer era el resultado de su larga e intermitente costumbre de fumar cigarrillos, diagnosticó su propia cura una vez terminado el tratamiento. En enero de 1998 se internó en la Mayo Clinic, en Rochester, Minnesota, para hacerse unos tests de seguimiento, que confirmarían otra vez que el músico estaba libre del cáncer.

El 30 de diciembre de 1999, Harrison se enfrentó cara a cara con el terror, cuando un hombre de treinta y tres años, Mike Abram, ingresó en su casa y, alegando que Dios le había ordenado que lo matara, apuñaló al músico repetidas veces en el pecho, las manos y los dedos, hasta que su esposa Olivia logró dominar al atacante golpeándolo varias veces con una varilla de metal.

"Recuerdo vívidamente la acometida deliberada del puñal a través de mi pecho", expresó Harrison en el testimonio escrito que presentó durante el juicio a Abram. "Sentí que mi pecho se desinflaba y luego la sangre que fluía hacia mi boca. En ese momento pensé que la herida era fatal."

Olivia Harrison también recordó esa noche terrorífica durante el juicio: "Había sangre en la pared, sangre en mis manos, y yo creí comprender que íbamos a ser asesinados".

Los sufrimientos personales de Harrison volvieron a ocupar la primera plana de los periódicos cuando, en abril de 2001, el músico fue sometido a una operación quirúrgica por cáncer de pulmón. Poco después de la operación, Harrison apareció en público para promover el relanzamiento de su álbum solista "All Things Must Pass". Se lo vio demacrado y enfermizo, lo cual dio pie a numerosas especulaciones respecto de la proximidad de su muerte. El músico emitió un furioso comunicado en el que señalaba que estaba "activo y sintiéndome bien", y que estaba "desilusionado y disgustado" por las informaciones infundadas acerca de su muerte inminente.

Es irónico que George Harrison se viera obligado a recibir la atención del público debido a sus tormentos personales, puesto que siempre fue un hombre que aparentemente se pasaba la vida escapando de las miradas indiscretas. Siempre se sentía incómodo cuando le apuntaban el foco de la cámara y la libreta del periodista. Lo que más deseaba era que lo dejaran tranquilo.

La opinión general era que Harrison hubiera querido escapar. Sin embargo, su vida ya estaba marcada por el hecho de que podía correr todo lo que quisiera, pero nunca esconderse por mucho tiempo. Durante sus años con los Beatles, Harrison era el que se sentía más incómodo con los aplausos y con el interés de la prensa. Con sus rasgos angulosos, sus ojos anchos, sus cejas espesas y oscuras y su sonrisa a menudo rígida, el guitarrista daba una imagen introspectiva e inquisitiva. Sólo a regañadientes se prestaba a las entrevistas de rigor. Cuando por fin hablaba, los reporteros no vacilaban en marcarlo como el miembro más tímido y reservado de los Beatles, el que nunca miraba a los ojos a la persona a la que se dirigía y siempre proyectaba una imagen reflexiva o incómoda, incluso cuando se le formulaba la pregunta más ingenuamente adolescente.

Pero en esos años tempranos con los Beatles, George era también notorio por sus bruscos ataques de mal humor cuando sentía que su privacidad había sido invadida. De todas maneras, cuando manifestó los sentimientos que tenía al respecto en los años del ascenso al estrellato de los Beatles, Harrison se ocupó pacientemente de dejar sentado que lo desconcertante no era su personalidad, sino la seriedad con que la gente se tomaba el asunto del estrellato y la celebridad.

"Siempre creí firmemente en la libertad y la privacidad", confesaba. "Si te tomás la fama demasiado en serio, no tardarás en volverte loco."

Por esta razón, durante el apogeo de la beatlemanía, Harrison escondía su disconformidad con las intrusiones en cada uno de sus pensamientos mediante su rapidez mental, que abundaba en dobles sentidos y sentencias ingeniosas. Jugaba hasta donde fuera necesario con el necesario alivio del humor, no tanto en beneficio de los otros como en beneficio propio. George no era ningún tonto. Sabía que había un juego que tenía que ser jugado. Pero, como admitiría más tarde, él era bien consciente de que todo no era más que una farsa.

"Me gusta grabar álbumes", concedió. "Pero no me gustaba ir a la TV y hacer las entrevistas necesarias para promocionar esos álbumes. Hubo una época en que realmente odiaba todo eso."

Pero George intentaba poner buena cara. El representante de los Beatles, Brian Epstein, reconocía que eran raros los momentos en que Harrison no se mostraba complaciente: "George tenía sus ataques de mal humor, pero no puedo recordar ningún momento en especial. Lo cierto es que es una persona cuya compañía siempre es agradable".

El interés del público le producía un disgusto casi maníaco. Hacia 1966, en la época en que los Beatles clausuraban su alocada vida de giras (una vida que para George era, musicalmente, la menos gratificante), ese disgusto se volvió contra la misma banda que lo había hecho famoso. Las discusiones, especialmente con Lennon y con McCartney, se tornaron más y más densas. Cada vez con mayor ansiedad, George anhelaba apartarse de la luz pública y de ese proceso reprochable en el que se había convertido en una estrella pop.

"La enorme magnitud de nuestra fama me ponía nervioso", admitió en una ocasión. "Quise dejar de hacer giras después de 1965 porque me estaba poniendo demasiado nervioso. En todos lados nos recibían como a reyes y yo me decía: "No quiero hacer esto, de ninguna manera". No me gustaba la idea de ser alguien demasiado popular."

Su frustración por ser sólo nominalmente uno de los compositores de la banda hacía que su fastidio aumentara. Lo mismo ocurría con la creciente seriedad con que se tomaba la vida, en contraste con el resto de los integrantes de los Beatles. John ya se había asignado el papel de rebelde del rock & roll y lo llevaba hasta el límite. Paul, aun cuando se tomaba muy en serio la composición, era más bien frívolo, y los rigores de la vida pop le sentaban muy bien. Ringo era básicamente el baterista tranquilo y relajado que le decía sí a todo y era mucho más un seguidor dócil que un líder. George nunca pudo encontrar su lugar.

En consecuencia, su miedo cada vez mayor respecto de la escena pública y la escasa disposición a tocar en recitales fueron las razones principales para que los Beatles dejaran de presentarse en vivo, en 1966. De hecho, la única razón por la cual la banda realizó la ahora famosa interpretación de "Let It Be" en una terraza fue que George se negó a tocar frente a una audiencia. En su mente, los Beatles murieron cuando salió enfurecido de una de las onerosas sesiones de grabación del álbum "Let It Be", después de una hiriente discusión con Lennon y McCartney.

En su vida pos-Beatles, Harrison desechaba cualquier pregunta acerca de su experiencia con la banda calificándola de "basura". Decía que había habido muy pocas cosas satisfactorias en esa experiencia, y que uno se cansaba muy rápido, incluso de las partes más excitantes de la celebridad. "Era horrible -aseguró- ocupar la portada de la vida de todo el mundo, todos los días."

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