Kiko Veneno derriba prejuicios y suena más vigente que nunca

Alejandro Lingenti
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17 de mayo de 2019  

"Soy de la cultura del pop, y la espontaneidad define al pop", dijo Kiko Veneno hace unas semanas en una entrevista de promoción de su nuevo disco, Sombrero roto. Y lo cierto es que, a los 67 años, este artista nacido en Cataluña y asentado desde hace años en Sevilla sigue sonando fresco, natural, verdadero, aun cuando todo el tiempo cambia de piel y se actualiza. Kiko es un auténtico aficionado a los viajes: del norte al sur de España, de un estilo a otro y del pasado al presente, como en Sombrero roto, un título que recupera una poética idea de "Los delincuentes", tema de su fabuloso primer disco, Veneno (1977).

A tono con la época, el músico buscó un sonido nuevo para darles un contorno adecuado a sus tradicionales melodías contagiosas y su singular voz jonda. Cajas de ritmos, sintetizadores y programaciones utilizados con criterio, oportunidad y buen gusto, un resultado en el que seguramente tuvieron que ver el uruguayo Martín Buscaglia y el jerezano Santi Bronquio, joven músico y productor de la escena electropunk española.

La aparición de "La higuera", el primer corte del álbum, provocó algún desconcierto: ni la prensa ni los fans esperaban un cambio de rumbo tan acentuado, ni siquiera con antecedentes como el de Sensación térmica (2013), donde se entregaba sin reservas a la producción de un referente del indie, el catalán Refree, también colaborador de Rosalía y Lee Ranaldo. No repararon en lo fundamental: en un contexto diferente, el poder de fuego de las composiciones de Kiko sigue intacto. Suena moderno y luminoso, mantiene su vínculo sanguíneo con el flamenco y conquista el corazón muy pronto ("Chamariz" es un ejemplo categórico de su enorme capacidad para fabricar hits, y "Obvio" revela cómo crear un clima romántico sin ceder a la cursilería).

Y todo sin perder filo, claro: ahí está para probarlo "Yo quería ser español", un dardo envenenado contra la histeria por la inseguridad ("El miedo es lo que da más / es lo que da más dinero / Y su amiga la miseria / No hay negocio como la guerra) en una sociedad domesticada por las comodidades del estado de bienestar, o "Vidas paralelas", una historia contada con tanta sagacidad que provoca el deseo de que los dos protagonistas se encuentren, algo que finalmente no sucede. Cuenta Kiko que Jorge Drexler escuchó esa canción y le rogó que termine de otra manera. "Mi idea era hacer una anticanción de amor que expresara la imposibilidad de conectar con el otro y la soledad que produce el consumismo", le contestó Veneno. Y no cambió ni una coma, naturalmente.

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