Hancock-Shorter, controvertidos

El dueto generó reacciones dispares. Hubo aplausos, pero también gente que se fue
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28 de octubre de 2000  

Fueron tres shows de una música concebida por dos artistas de enorme valía. Los conciertos del pianista Herbie Hancock y el saxofonista soprano Wayne Shorter dejaron a los porteños con dispares emociones. Estos músicos no llegaron a Buenos Aires para hacer lo obvio, jazz, sino un material cercano a la música contemporánea que, al parecer, los entusiasma.

Claro que detrás de esa música sobrevive el jazz, como no podía ser de otra manera, aunque sin esas cadencias rítmicas tan descriptivas ni sus vivencias. Eso confundió.

Estos dos gigantes, quizá los únicos vivos con tantos diplomas en sus valijas, desviaron su atención hacia otro modo de expresión y causaron en muchos de los espectadores una sorpresa inenarrable. Así se vio, a lo largo de los tres encuentros en el Coliseo, a algunas personas del auditorio levantarse y dirigirse a la salida sin poder esperar ni siquiera el final de la pieza. Otra parte del público, la mayoría, respondió de otra manera, efusiva en cada final, aunque por cierto no es una música que genere adrenalina o apure el pulso cardíaco. Así fueron los conciertos, gente que aplaude, gente que se va.

Qué sorpresa para el oyente

¿Cómo la misma música puede despertar tan diferentes impresiones? ¿Qué sorpresa para el incauto oyente que buscaba jazz y se acercó al Coliseo? ¿Que tamaña decepción habrán sentido esas personas que se marcharon abruptamente?

Cuentan que cuando Charlie Parker y compañía comenzaron a hacer bebop, en sus nocturnas jams en el Minton Playhouse, de la calle 52, parte del público se retiraba escandalizado, casi como lo hizo en el Coliseo. El reconocimiento llegó bastante después.

En verdad no era jazz, pero este género sobrevive gracias a su libertad y no por una férrea doctrina estilística. Los temas que hicieron en las tres actuaciones dejaron atrás los modelos de "frase-solo-solo-frase" para atenerse a otra manera de expresar la música; sencillamente, no persiguen tanto el lucimiento instrumental sino la composición.

Habría sido muy fácil para Hancock y Shorter ponerse al auditorio en el bolsillo. Con sólo hacer una versión de "So what" o algún otro standard, la audiencia los habría ovacionado de pie. Pero su música no hace ese tipo de concesiones.

No hubo advertencias sobre el material que iban a interpretar, los temas de su último disco "1+1", y eso quizá generó una falsa expectativa en una porción del público. Sin embargo, la calidad de la propuesta es irrebatible, sólo podríamos decir que hay temas donde existe cierta redundancia en el desarrollo, como si los músicos necesitaran extenderse en la argumentación y prolongar extremadamente el tiempo de interpretación. Esa es la única objeción.

Una de las conjeturas para entender ese escape a oscuras de la sala podría tener que ver con el sistema de venta de entradas establecido por la compañía de tarjetas de crédito Visa, que regalaba una platea con la compra de otra o, incluso, llegados a cierto nivel de gasto, los clientes eran recompensados con un ticket. Esto habría llevado al Coliseo a un público interesado en aprovechar la entrada, aunque no supiese mucho de qué se trataba lo que iban a escuchar.

Probablemente eran ellos quienes se fueron. Es difícil suponer que alguien se vaya si pagó para ver semejante dueto. Esperemos que la decepción, si es que la hubo, no neutralice cualquier otro intento de volver a un teatro a escuchar jazz o sus músicas cercanas.

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