Hasta siempre, princesa Leia

Javier Porta Fouz
Javier Porta Fouz PARA LA NACION
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28 de diciembre de 2016  

Murió Carrie Fisher , se escucha, y no todos identifican el nombre inmediatamente. Pero si se dice “murió la princesa Leia”, o “murió Leia”, casi todo el mundo reacciona al instante. Carrie Fisher hizo más películas y otras incursiones artísticas, pero pocas actrices han quedado así de identificadas con un solo personaje, el femenino excluyente de la trilogía original de La guerra de las galaxias (Star Wars). Luego vimos su regreso con gloria, aunque en un papel secundario, en Episodio VII. En la primera de todas, la de 1977, la fundadora de esta mitología contemporánea, Leia estaba vestida de blanco y lucía dos rodetes con peinado tirante, tenso: era una princesa de aspecto recatado y diplomático, aunque tomaba las armas ante la necesidad de rebelarse. Durante años, quienes crecimos con la saga, y la vimos en cine en primera instancia y en los reestrenos, identificamos ese peinado en nuestras compañeras de colegio como “el de Leia”. Y nos empezamos a preocupar por el destino amoroso de Leia en El imperio contraataca. Ya más grandes, en el principio del fin de la niñez, Leia fue toda una revelación con su bikini metálico, en la secuencia del cautiverio en la morada del repugnante Jabba, la inicial de El regreso del Jedi. Nosotros habíamos crecido y Leia había cambiado. Y escapaba junto a Han Solo, los robots y Luke Skywalker, que también se vestía más cool en El regreso del Jedi; Mark Hamill, el actor que lo interpretaba, también ha quedado muy identificado con su personaje de Star Wars. El atuendo de Leia esclava se convertiría en disfraz favorito en convenciones de fans, y hasta comenzaría a venderse en sex shops, y se sigue ofreciendo en Internet. Puede parecer injusto recordar a una actriz por solo un rol y Fisher, además, fue parte de “la pareja dos” de Cuando Harry conoció a Sally, es decir una de las grandes comedias románticas de la historia. Pero también sería injusto no reconocer la impronta imborrable, para varias generaciones, de un personaje perdurable, en la piel de una actriz que exhibió perfiles muy diversos en función de los grandes cambios de la saga: que supo tomar las armas, enamorarse, emocionarse y emocionarnos, manejar y devolver el cinismo –en eso era especialmente brillante– y tomar decisiones estratégicas dignas de la realeza más comprometida con su pueblo. Y con nosotros.

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