Honrar a Juan María Gutiérrez

Pola Suárez Urtubey
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17 de mayo de 2012  

Hace pocos días, en un editorial, este diario lamentaba que a 12 años de adoptada no se haya concretado la decisión de homenajear a Juan María Gutiérrez, uno de los redactores de la Constitución Nacional de 1853, además de ministro de Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina, poeta, historiador, crítico literario, ingeniero, cartógrafo, pedagogo, periodista y estudioso del indigenismo americano. ¡Demasiados méritos -agrego yo, malvadamente- como para que se ponga en obra lo que el editorialista de LA NACION reclama! Es decir elevar un monumento para recordar a quien fue promotor de la actividad científica y técnica en la Argentina, rector de la UBA y estímulo de fuerte espiritualidad para los grandes hombres que hicieron el país, entre ellos científicos de la casta del "perito" Moreno. Es como si su nombre y obra fueran demasiado molestos en estos tiempos tan bastos para los argentinos, atraídos a menudo por personajes dañinos y de penosa vulgaridad. Funcionarios y políticos que avergüenzan al país entero y atentan contra su historia.

¿Hay motivos para convocar a Gutiérrez en nuestra columna musical? A mi juicio, los hay. Recordemos ante todo que la biografía, como género literario en el país, se afirma con él, lo que explica que sólo en la década de 1870 empiecen a escribirse las primeras biografías de músicos argentinos.

El aporte de Gutiérrez sobre nuestras especies folklóricas en la literatura de la segunda mitad del XIX es tremendamente atractivo. En el Correo del domingo del 24 de enero de 1864 leemos un artículo que lleva su firma, titulado "El yaraví del poeta-mártir". Recuerdos de viajes por el Perú. Narra en esas columnas la romántica historia del abogado, poeta y músico peruano Mariano Melgar, que murió fusilado, ocasión en que anticipa Gutiérrez consideraciones que han servido a la posterior investigación folklórico-musical como valioso aporte documental. Y traza, de paso, una de las más bellas y poéticas definiciones sobre la guitarra que "se muere; que ya ha muerto", pese a los esfuerzos de Echeverría por salvarla, mientras llora la pérdida del triste y del yaraví amoroso, pero en cambio exalta la función del cielo durante los hechos de mayo y los acontecimientos posteriores. Es un pedazo de historia nacional cada cielito; es el diario íntimo donde la Nación ha registrado sus pesares y sus triunfos. Eso es lo que nos dice Gutiérrez y vale la pena recordarlo. ¿Interesará a nuestros funcionarios de la Ciudad erigir este demorado homenaje? Yo soy hasta capaz de creer en los milagros. ¿Y ustedes?

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