Inolvidable Juan José Castro

Pola Suárez Urtubey
(0)
29 de septiembre de 2005  

Si es permisible, en tren de análisis, ensayar una disección sobre la obra de un músico, podría decirse que Juan José Castro ha transitado por tres senderos sin alejarse de un único camino. Es que todos los atajos se encuentran en cada partitura, aunque uno de ellos pueda atraer al oyente más que los otros. De tal manera, es posible señalar en su obra la triple atracción de lo argentino, lo español y esa amplia corriente modernista que en su caso se afirmó sobre Stravinsky, Honegger y los músicos de la Escuela de Viena. Sin embargo, por encima de aquellas diversidades se imponía una personalidad unificadora, vigorosa, intensamente dramática, áspera a menudo, lo cual dio coherencia y continuidad a su estilo.

La reposición, a partir de mañana en el Colón, de "La zapatera prodigiosa" muestra una de las maneras de Castro para asumir su ascendencia hispana. Lejos del andalucismo que había cautivado a tantos compositores, Castro se esforzó por reflejar sus ancestros gallegos, alejados del colorismo y el particular estilo mediterráneo. Lo prueba su rapsodia para orquesta "De tierra gallega" o sus canciones sobre poesías de Rosalía de Castro. Y allí habría quedado tal vez, si no fuera porque la vida lo llevó a toparse con dos andaluces geniales, Federico García Lorca y Manuel de Falla, cuyo contacto y mutua admiración y afecto terminaron dándole un perfil especialísimo a su galleguismo esencial. Margarita Xirgu terminaría por completar semejante acople.

* * *

El acercamiento a don Manuel se produce en 1929, cuando, apenas iniciado en su gran trayectoria como director de orquesta, Juan José dirige en el Colón la versión escénica de "El amor brujo". Más tarde llegaría, entre otras, "El retablo de maese Pedro". Y es éste, justamente, el músico gaditano que lo cautiva: el Falla del Concerto y el de "El retablo". Es la España cervantina, la de los vihuelistas y la de aquella alta polifonía de Tomás Luis de Victoria. En suma todo lo que confiere ese trágico misticismo a la obra de don Manuel.

Pero también es la España del poeta granadino que deslumbró a Buenos Aires, en 1933, cuando llegó con la compañía teatral de Xirgu. De la bodega de Federico extrajo Castro los textos para su tragedia "Bodas de sangre" (1956) y para "La zapatera prodigiosa", estrenada en 1949 en Montevideo, y luego, en 1958, en el Colón.

Era natural que Castro se inclinara hacia el poeta de Fuente Vaqueros, quien, tras estudiar a fondo el "Cancionero de Palacio", con sus cantos amatorios, bucólicos, caballerescos, humorísticos y hasta obscenos del XV y XVI, y el "Cancionero musical popular español" recopilado por Pedrell, realizó la proeza de añadirles sencillas armonizaciones, sin alterar la pureza e inocencia de aquel repertorio. Es de este García Lorca de "Anda, jaleo", "Los cuatro muleros", "Las morillas de Jaén" o "El café de Chinitas", de donde Castro extrajo el espíritu sonoro de "La zapatera prodigiosa".

Sin haberlo conocido, inolvidable Juan José Castro. Porque su trayectoria profesional, su recia conducta moral forjada sobre hierro caliente, y su particular creatividad lo han ubicado entre lo más ilustre que ha producido este zarandeado país.

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?