Interesante comedia negra

Ricardo Marín
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31 de julio de 2015  

Muertos de risa / Autor: Álex de la Iglesia / Dirección y versión: Daniel Casablanca / Intérpretes: "Bicho" Gómez, Gaby Almirón, César Bordón, Milagros Michael, Alejandro Carlos Zanga, Leandro Aita, Martín Bontempo / Diseño iluminación y escenografía: Gonzalo Córdova / Diseño de vestuario: Laura Molina / Música: Omar Gianmarco / Producción ejecutiva: Alejandra Menalled / Sala: Teatro Metropolitan City / Horarios: miércoles, a las 20.30, viernes y sábados, a las 22.30, y los domingos, a las 19.15 / Duración: 100 min

Nuestra opinión: buena

No es fácil trasladar un éxito de la pantalla grande a una versión en las tablas y conseguir resultados similares. Menos si desde que el producto en celuloide fue estrenado en el cine hasta la fecha pasaron más de quince años. Sin embargo, el trabajo de Casablanca para montar esta obra a partir de la película que hizo Álex de la Iglesia a fines del siglo pasado supera ese desafío.

La versión que presenta el integrante de Macocos, que hizo sus primeras armas en la dirección del circuito comercial en 2012 con Forever Young, se concentra en la narración del apogeo y caída de los protagonistas con toda su carga tragicómica al desnudo, sin demasiadas vueltas de otro tipo. Bruno ("Bicho" Gómez) y Nino (Almirón) son dos desconocidos que cruzan sus destinos por casualidad en un boliche del interior en los 80. Allí deciden viajar a la Capital a probar suerte en el mundo del espectáculo. El pánico escénico que sufre Nino en momentos de dar la prueba que tendría que abrirles la puerta de la fama hace que todos sus sueños se derrumben de golpe. Hasta que aparece un "cazatalentos" (César Bordón) que se dice capaz de llevar al estrellato a quien sea. Y los lleva a una nueva prueba ante el público para que la fobia de Nino vuelva a hacer de las suyas. Pero esta vez, un oportuno cachetazo de Bruno será la llave para conquistar el éxito. El gag no buscado genera las carcajadas del público una y otra vez. Como una metáfora del éxito de muchos mediáticos que se asienta justamente en su propia humillación, los sopapos que le propina Bruno a Nino son los que cimientan la popularidad del dúo.

La puesta es ágil, incorpora elementos del género musical (las canciones de Nino Bravo son las más llamativas), en una escenografía móvil y vistosa que determina distintos espacios, tanto interiores (camarines, bares, dormitorios) como exteriores. Incluso contiene las zonas de ensueño de los personajes cuya relación se va degradando a la par que su fama los muestra más decadentes y agresivos. El conflicto lo genera la aparición de una chica, que en la película era una militante antifranquista y acá es una luchadora contra la dictadura militar. La gracia natural que poseen los protagonistas sale a relucir en sus trabajos, aunque quizás algo encorsetados en unos personajes donde lo trágico aparece inevitablemente. Un convite a medida para los amantes de la comedia negra.

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