Interesante radiografía de una pareja en crisis

Jazmín Carbonell
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26 de febrero de 2015  

Los días después / Dirección y dramaturgia: Victoria Almeida / Intérpretes: Guadalupe Docampo y Hernán Grinstein / Servidores de escena: Pablo Aguierre y Ary Pardal / Dirección de movimiento: Milva Loenardi / Escenografía: Sol Soto / Diseño de iluminación: Omar Posematto / Producción: Juan Silveyra / Asistente de dirección: Milagros Acosta / Sala: El Camarín de las Musas (Mario Bravo 960) / Funciones: viernes, a las 21 / Duración: 50 minutos.

Nuestra opinión: muy buena.

Como su título anuncia, esta obra narra los días después. ¿Pero después de qué? Luego del final feliz en donde cualquier película romántica cerraría en un "vivieron felices y comieron perdices", Victoria Almeida se anima a cruzar esa puerta de felicidad aparente para adentrarse en el corazón de la pareja, en su rutina, en sus costumbres repetidas hasta el hartazgo, en la alienación marital que los aleja del idílico romance y, en cambio, los instala en la profunda insatisfacción e infelicidad.

Ema y Ernesto son dos jóvenes apasionados que se besan, se miman, se aman. Pero eso es sólo el principio, de la obra y de su historia. Ya a los pocos minutos comienza la rutina. Se despiertan, bostezan, se desperezan, ni un hola, ni un buen día, ni una mirada. Solo rituales conocidos. En la extrañeza de la convivencia, los dos van perdiendo registro del otro, incluso, casi, de ellos mismos. Se vuelven unos desconocidos. Van al baño, a la cocina, miran tele, comen, pueden llegar a tener algún tipo de encuentro sexual, pero más ligado a la costumbre que al placer, y finalmente duermen. Todos los días iguales. Pero, claro, el tedio de la repetición se siente, y sobre este punto la directora, de manera original, juega en un teatro físico muy logrado, y con los movimientos de los cuerpos de los actores va marcando la tensión que crece todos los días entre estos dos sujetos, que ya son más desconocidos que amantes. Los pequeños gestos, las acciones repetidas a diario, como lavarse los dientes y batir café, se van acentuando para dar paso al odio que se sienten.

Otro de los hallazgos de esta pieza es el diseño escenográfico, a cargo de Sol Soto. Compuesto por paneles de pizarrones que permiten que los actores modifiquen la escena en el transcurso de la obra, funcionan como paredes de la casa. El programa de mano anuncia que habrá dos hombres "servidores de escena", y serán éstos los encargados de mover los muebles, acercarles los objetos a los actores y agudizar el extrañamiento de la escena con este recurso tan inusual que lleva al espectador a reflexionar y a no dejarse envolver por la historia. Al contrario, Los días después sacude, interpela a esa platea que por momentos ríe y por otros se cuestiona todo. El diseño lumínico, por su parte, también hace lo suyo para lograr esa atmósfera tan extraña de un joven matrimonio en decadencia, y funciona a la perfección para marcar el paso del sueño a la vigilia.

Las actuaciones de Guadalupe Docampo y Hernán Grinstein, sin buscar ni pretender un tono realista, ponen el cuerpo para dar vida a este teatro físico? ¿Hasta dónde puede llegar la inercia?

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