John Scofield, lejos del jazz

Actuación del guitarrista John Scofield, para presentar temas de su último disco, "Bump". En el teatro Coliseo. Nuestra opinión: Bueno
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26 de octubre de 2000  

La noche del lunes fue para el desconcierto. Herbie Hancock y Wayne Shorter hicieron música contemporánea para unos oídos que habían concurrido dispuestos a escuchar jazz. El pasmo fue, sobre todo, para quienes no frecuentan la música contemporánea. Los que no transitaron los territorios de Ravel, Satie, Messiaen, Hindemith, Honegger, Prokofiev, ni sus lenguajes afines a la nueva sensibilidad del siglo XX en la música clásica.

El último martes por la noche tampoco hubo jazz. John Scofield, en cambio, nos acercó una fraseología, una jerga ya transitada por todos los que pasaron por la Universidad de Berklee y que nos visitan asiduamente.

Nada nuevo bajo el sol

Rodeado de sangre nueva -los tres muchachos que completan su grupo-, John quiere rejuvenecer con la estética rockera o -para no parecer tan desatentos- con las prolongaciones del rhythm & blues y con los escarceos del jazz funk.

La mayor novedad es el aporte de elementos electroacústicos sobre los que se monta el trabajo de los cuatro, en una interesante combinación de timbres, hasta que irrumpen las urgencias de la crispación rockera. Pero el melodismo sin hallazgos, rozando la ingenuidad y cayendo en lo consabido, no es la mejor receta para ser sostenido por un ritmo tediosamente regular en la batería, si bien Ben Perowsky sabe de golpes no convencionales.

Que no era muy factible escuchar jazz lo anticipó la elección del bajo eléctrico en reemplazo del contrabajo. En al menos los tres primeros temas se repite el esquema, que sólo escapa de su círculo vicioso cuando Avi Bortnick repiquetea en síncopas rasgueando en su guitarra rítmica. Y cuando, tras esbozar una célula melódico-rítmica, se ensayan variaciones, aunque éstas apelen más a la divagación que al desarrollo del motivo expuesto. En tales casos, sólo en los finales se acerca Scofield a la inventiva y a la sutileza de su declarado favorito, el exquisito guitarrista Jim Hall.

Muchas cosas se cuelan en la trama. Por allí salta un atisbo de be-bop, más acá el negroide llamado-respuesta, un escarceo celta, una aproximación al blues. La dichosa fusión mete sus narices en el momento menos pensado y sin decir agua va.

Quizá lo mejor del encuentro sea cuando Scofield asume, hacia el final, algo así como sendas baladas urbanas; entonces nacen ideas menos rutinarias en el melodismo que canta muy bien su experta guitarra. O cuando en trío de contrabajo, batería y guitarra traza los rasgos de "Just in time" o se escabulle por entre las notas del conocido "Scarborough fair", de Simon & Garfunkel. Por un momento nace el esquema jazzístico de la improvisación y los solos, en medio de la melodía infinita que retorna en cada momento, bellamente matizada por silencios.

A John Scofield hay que agradecerle, al menos, dos cosas: no haberse excedido en estruendos y no haber querido apabullar con malabarismos. Sólo por haberse prodigado en algunos matices -él y su grupo- merece nuestra gratitud y el deseo de que regrese con la impronta de Davis, fiel a los dictados de su generación.

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