La apuesta a una última siembra

"Desde que volví de Londres, hace cinco años, no pude filmar ninguna ficción"
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23 de octubre de 2000  

Esta es la última siembra de Miguel Pereira. Radicado en la Argentina desde 1995, por una deuda interna que le reclamaba mayor presencia y participación en su Jujuy natal, está dispuesto a quemar las naves y volver a partir si se deshace su proyecto de largometraje. Y no es que se queje de su suerte ni esté desocupado: simplemente, todas aquellas propuestas de largometrajes de ficción que en los últimos años pasaron "por la mesa de entradas y no por la ventana" rebotaron inexorablemente, quizá por el inmoral prejuicio de que no eran sino proyectos "del chango que bajaba a Buenos Aires" (textual del director, que no es un cargo para nadie y es a la vez una denuncia contundente). Esta vez, sin embargo, corre con más suerte: acaba de ganar 15 mil dólares para desarrollar su film, de parte de Ibermedia, un organismo que apoya el cine de América latina.

En su filmografía más reciente aparece el corto documental "Un lugar llamado Jujuy", del cual es también productor y que no es sino una interminable continuidad de "Con palabras... Jujuy" (en dos partes), "Ricardo Ríos... sueños de arcilla" y "De la Puna a la selva", documentales de media hora realizados en 1998; la campaña de lectoescritura "Leyendo en todas las escuelas del país", de 1999 (micros de un minuto), y el documental educativo "La transformación es el camino", de 1998, para no seguir retrocediendo con una filmografía vasta, dispersa, trascendente y al mismo tiempo poco conocida y reconocida por el gran público de cine.

"Presenté un proyecto en el Incaa sobre la novela "El hombre que llegó a un pueblo", de Héctor Tizón, para un concurso de adaptaciones de obras literarias. Mi intención es hacer esta película junto con la productora porteña El Puente. Tizón, jujeño como yo, la escribió en 1987, el mismo año en que filmé "La deuda interna", y la leí al poco tiempo de que apareciera publicada. Desde entonces tuve el deseo de hacer algo con ella", detalla Pereira, volviendo a entusiasmarse con un proyecto fílmico de ficción.

-¿Cuáles son los puntos de contacto entre la obra literaria de Tizón y su filmografía?

-Lo que él hace en la literatura es lo que yo he tratado de hacer en imágenes: tocar ese campo de los personajes perdidos en la Puna de una manera metafísica, espiritual. La literatura de Tizón se aparta de lo regional; es universal. Pero él busca el contexto geográfico de la provincia para plantear a sus personajes. En cuanto a mi cine, "La deuda interna" y "La última siembra" obtuvieron premios internacionales y plantean temas muy jujeños y a la vez entendibles en cualquier lugar del mundo. Porque el drama, los sentimientos y las emociones que viven esos personajes son universales.

-Y más allá de esa universalidad, ¿qué le atrajo de la novela?

-Hay una conexión con la temática que más me atrae: el encuentro de personas provenientes de culturas diferentes, en espacios en donde una de ellas es ajena. Podría decirse que San Salvador de Jujuy es un enclave de este siglo, porque encontrás lo mismo que en otras capitales del mundo. Pero cien kilómetros al Norte sentís que retrocedés mil años. Allí hay comunidades que no conocen el desarrollo tecnológico. Y al mismo tiempo, ese aislamiento los hizo preservar valores morales diferentes de los del hombre urbano y moderno. Me fascina cómo pueden superponerse y coexistir hombres de distintos siglos. En el fondo, es una cuestión de identidad, un factor que aparece claramente en la novela.

-La novela habla sobre un forastero que llega a un pueblo y es confundido con un sacerdote...

-Es que en la mayoría de esos pueblitos no hay cura, y sólo de tanto en tanto aparece uno que oficia los casamientos, bautiza, hace de todo. Este personaje se escapó de la cárcel, lo confunden con un religioso y él decide aceptar ese rol, esa identidad que le confiere el pueblo.

-¿De dónde se escapa?

-De otro lugar de la provincia. A partir de la adaptación literaria lo transformo en un español, porque existe la posibilidad de que la película sea una coproducción. Y esa nacionalidad está justificada no sólo en el aspecto financiero: la mayoría de los curas que andan por la Puna son salesianos, y muchos de ellos son españoles. Algo que no está explícito en la novela y quiero desarrollar en el film es el tema de la globalización: qué ocurre con la identidad cultural frente a ella.

-¿Cómo se asocia este personaje con la globalización?

-En la novela, ese hombre tiene una grey que lo respeta, ocupa un lugar de importancia. Hasta que todos se van a trabajar en la construcción de un nuevo camino. Cuando el falso cura pierde a su feligresía, después de haberles dado el mensaje de que la modernidad es buena y el progreso es importante, tiene que cambiar el discurso porque empieza a actuar en contra de él. Ahí está el tema del que hablábamos antes, qué le ocurre a la gente cuando llega la modernidad: ¿tiene una identidad cultural lo suficientemente fuerte como para adaptarse a los cambios y convivir con las nuevas reglas o sucumbe y se quiebra? La película juega con esas ideas.

-¿El proyecto tiene fecha de realización?

-Comenzaría en febrero o marzo del año próximo. Si no sale por el lado del concurso, intentaré pedir un crédito. Y si no obtengo resultados, me voy: no quiero perder otro año de mi vida.

-De todos modos, ¿seguiría, como hasta ahora, filmando en Jujuy?

-Hice casi toda mi filmografía allí. Puede sonar caprichoso, pero es el resultado de muchos años de observación. Viví quince años en Inglaterra y, como en un observatorio, vi cine de todo el mundo. Jujuy tiene un valor agregado extraordinario, no sólo por la geografía, los colores y la luz, sino también por los temas, la gente, los iconos culturales. Todo adquiere una dimensión lírica mayor. Y yo apunto a un cine artístico. Me preocupa más el cine como arte que como entretenimiento. Aunque me lleve mucho tiempo, trato de defender eso.

-¿Por qué esos proyectos no encajan dentro del cine nacional?

-Porque la concepción de cómo se hace y se financia cine en la Argentina es muy pobre. Y cuando alguien quiere hacer cine reflexivo, que vaya más allá del entretenimiento, choca contra el esquema de cine industrial y comercial que impide hacer otra cosa. Yo tendría que haber seguido filmando ininterrumpidamente a partir de los premios que gané, y de que nunca le debí un peso al Incaa. Pero me fue imposible: todo tendía a que yo hiciera otro tipo de cine, que no estoy dispuesto a hacer.

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