La batuta de Mascagni

La popularidad en tiempos de los próceres
Daniel Balmaceda
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25 de noviembre de 2013  

Según un recuento que realizó el doctor Pedro E. Rivero, investigador erudito en el área de la lírica, entre el 1º de enero y el 31 de diciembre de 1910, Rigoletto fue la obra que más veces fue representada en los teatros de Buenos Aires (41 funciones). Segunda fue la Cavalleria rusticana (32 representaciones), de Pietro Mascagni. En mayo de 1890, Mascagni había ganado un concurso de autores que le permitió que su Cavalleria fuera estrenada en el Teatro Constanzi de Roma. El día del estreno debió salir 40 veces al escenario para agradecer los aplausos. Sin duda alguna, ésa fue su obra maestra.

Tal vez, aquellos que no son conocedores del mundo de la lírica, la hayan escuchado en el duro final de El Padrino III : detrás del grito desgarrado que lanza Michael Corleone (Al Pacino) en la escalinata de la Casa de la Ópera de Sicilia, por el asesinato de su hija, suenan los acordes de la obra de Mascagni.

El éxito de la Cavalleria en las noches del Centenario impulsó la visita del maestro italiano a Buenos Aires, a comienzos de mayo de 1911. En el puerto lo aguardaban miles de personas. Era una estrella. El maestro arribó con su mujer y no olvidó traer su fuerte carácter. Debutó en el Coliseo con Aída , de Verdi, y en los días siguientes incorporó parte de su repertorio. Las manifestaciones de afecto que recibió el matrimonio durante su estada fueron numerosas. Más allá de alguna crítica adversa de los especialistas, no tanto al maestro como a los intérpretes, los Mascagni llevaron de Buenos Aires el mejor de los recuerdos.

Entre quienes se fascinaron con el director de orquesta figuraba Francisco Collazo, que antes de convertirse en escribano graduado de la Facultad de Derecho se había recibido de autor teatral. En 1907, con 19 años, había estrenado La dama de compañía . Su carrera estuvo tan ligada a las tablas como a las certificaciones. El escribano Collazo participó en muchas sociedades de autores teatrales, y cuando las principales se fusionaron, él fue quien ideó el nombre de la flamante institución: la llamó Argentores.

En un viaje que realizó a Europa en febrero de 1929 tuvo la oportunidad de asistir a la Scala de Milán, donde se representaba L' amico Fritz , ópera de Pietro Mascagni que no logró eclipsar a la siempre rendidora Cavalleria rusticana .

Al finalizar la ejecución, Collazo se acercó al célebre director. Le contó que era argentino y que deseaba saludarlo en nombre de los autores de nuestro país. Con mucha emoción, Mascagni evocó aquella visita ocurrida hacía casi 18 años. Sólo tenía palabras de gratitud por la cálida recepción de los porteños. Y quiso recompensar el saludo. Tomó la batuta que había utilizado esa noche y se la entregó a Collazo. El argentino la recibió con alegría y le anunció que sería depositada en el museo del Teatro Colón.

En el viaje en taxi rumbo al hotel, Collazo repasaba mentalmente la carta que escribiría a las autoridades del gran teatro argentino. Estaba feliz de ser el custodio de la reliquia. Pero el Colón nunca recibió la batuta. Collazo se la olvidó en el taxi.

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