La dificultad de ser autor

Ernesto Schoo
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24 de abril de 2004  

El lunes último, Canal (á) emitió otro programa de su excelente ciclo "El oficio teatral", sobre guión de nuestro erudito colega Jorge Dubatti, dedicado esa noche al trabajo de los dramaturgos. Alternaron los fragmentos grabados de algunas de sus obras recientes, con declaraciones de los prestigiosos autores Mauricio Kartún, Griselda Gambaro, Patricia Zangaro y Rafael Spregelburd. Un muestrario representativo de generaciones y tendencias en el riquísimo panorama del teatro argentino actual.

Cuando se habla del espectador común, del espectador medio --digamos-- se corre el riesgo de que la calificación suene despectiva. Lejos de esa intención, se trata de describir sobre todo el estado de ánimo en que la mayoría de los espectadores va al teatro. Por lo general, dispuestos a pasar un buen rato y a sorprenderse (esto último es muy positivo; más aún, es determinante de la eficacia de una representación). ¿Sabe, o imagina, el público cómo se ha arribado al espectáculo que está presenciando y que eventualmente aplaudirá al final? El trámite de una producción escénica es bien conocido --hay un libreto, hay un grupo de actores interesados en concretarlo, el director concierta las actuaciones y la producción, se ensaya, se estrena--, pero casi con seguridad se ignora cómo nace la concepción primera, cómo se pone en marcha el complejo mecanismo de una puesta en escena.

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A aclarar ese punto se dedicó el excelente programa de Canal (á). Cada dramaturgo convocado expuso su método de trabajo, desde la precisa organización de Kartún hasta el desenfado de Spregelburd que aconseja prescindir del sentido común y dejar libre curso al juego poético. En tanto, Zangaro propone también un conocimiento de las reglas fundamentales de la acción escénica, y Gambaro declara, con su habitual y bienvenida franqueza, que ignora de dónde proviene la intuición del teatro, pero sabe que la posee y que es muy distinta de la labor del escritor de ficción.

Durante mucho tiempo --siglos-- se dio por sentado que el teatro era otra rama de la literatura: el narrador y el poeta podían escribir para la escena, no en calidad de especialistas sino como una extensión de su retórica. Se juzgaba a Shakespeare o a Racine, antes por la calidad poética de sus libretos que por la acción; y en el siglo XVIII, Voltaire criticaba a Shakespeare, sin negar su grandeza, por la estructura desprolija de las obras, no sujetas a la preceptiva académica. En el siglo XIX, Víctor Hugo es el ejemplo del autor polifacético, novelista, poeta y dramaturgo, todo en uno. Aún en nuestro tiempo, el escritor de ficción cede a menudo a la tentación del teatro, casi siempre con resultados dudosos.

Hoy, algunos grupos prescinden del autor y, fiándose de sus improvisaciones, arman las denominadas "creaciones colectivas", al modo de la antigua comedia del arte.

Pero escribir teatro no es fácil, todo lo contrario. Los autores interrogados por Canal (á), aunque por caminos distintos, reconocieron la existencia de algunas reglas básicas, de las cuales el factor sorpresa es quizás el más necesario: cómo eslabonar situaciones, cómo mantener la atención del espectador, cómo llegar al siempre arduo desenlace. Si es que puede haber un desenlace: hoy se privilegia, y con razón, el final llamado abierto, que deja al público --a menudo desconcertado-- la responsabilidad de descifrar el dibujo de la trama.

También el espectador de "El oficio teatral" debía sacar sus conclusiones. Los cuatro autores insistieron, finalmente, en subrayar el valor de la intuición como ingrediente primero y fundamental de una técnica que cada uno desarrolla a su modo, pero sin olvidar, nunca, al destinatario de su esfuerzo: el público.

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