La milonga, el lugar reparador del tango

En sólo cinco años la oferta de salones para bailar la música porteña por excelencia se multiplicó nada menos que por diez
Pablo Sirvén
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16 de diciembre de 2007  

En la profundidad de la trasnoche del miércoles los cuerpos giran en el sentido contrario a las agujas del reloj, agrupados de a dos, en parejas mayoritariamente del mismo sexo: hombres con hombres y mujeres con mujeres. Se balancean con armonía, calzados con zapatos de suela que se deslizan mejor sobre el imprescindible parqué. Manos entrelazadas, pecho contra pecho y mejilla con mejilla, levemente curvados uno sobre el otro para dejar suficiente aire entre los cuerpos de la cintura para abajo. Quien se deja llevar, sea chico o chica -los hay bastante jóvenes y también bastante viejos- por lo general va con sus ojos entrecerrados y callado, confiando en que quien marca el paso lo llevará por buen camino.

Todo esto sucede en La Marshall, la milonga gay, sin pretensiones de gueto, de Maipú y Corrientes, donde, por eso, las parejas heterosexuales, aunque minoritarias, son bienvenidas. Es un primer piso, por escalera, que desemboca en una suerte de living con pista al centro y mesitas alrededor, donde los concurrentes sacian su sed mesuradamente y pican algo, si acaso el baile avivara el apetito. El clima es sorprendentemente familiar y plácido. Hay más afecto y diversión que erotismo en las parejas estables o esporádicas que se mueven sin cesar.

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La Marshall es, apenas, una minúscula partícula de un movimiento invisible para quienes le son ajenos, pero que cada día expresa mayor vitalidad y crecimiento. Según El tango en la economía de la ciudad de Buenos Aires , un libro editado este año por la Subsecretaría de Industrias Culturales porteña, hay unos "300 encuentros semanales en algo más de 120 lugares, con una concurrencia de más de 35.000 personas, lo cual indica una decuplicación de la oferta en los últimos cinco años". La misma fuente calcula que el tango facturó durante 2006 nada menos que 405.500.000 pesos entre shows, libros, tours, discos, vestimentas y calzados, grabaciones y clases. Sólo las milongas movilizan anualmente a 1.900.000 personas, que gastan en ellas 28.500.000 pesos.

El sábado último, a lo largo de la Avenida de Mayo, entre 9 de Julio y la Plaza de Mayo, cuatro orquestas les pusieron música y ritmo a quienes se animaron a danzar al ritmo del dos por cuatro sobre tan céntrico asfalto. Las alternativas principales del encuentro forman parte del especial que en las primeras horas de hoy emitía Canal 13 y esta misma madrugada cerraba el Cuarto Festival Cambalache, que presentó en los últimos días, en seis sedes distintas, doce espectáculos, exhibiciones de videodanza, mesas redondas y la consabida milonga. También el fin de semana pasado en La Plata se realizó la Maratón del Tango, con una pista de baile habilitada, de manera ininterrumpida, durante más de treinta horas. Y dos días más tarde, el flamante Club de Cine y Artes, en Guardia Vieja al 4000, organizó la llamada Milonga Trascendental, con música en vivo de la orquesta El Arranque.

Es que la proximidad del Día del Tango -fue el martes, en coincidencia con los aniversarios de los respectivos natalicios de dos "próceres" del género como Carlos Gardel y Julio De Caro- pone especialmente febriles a quienes lo bailan de manera sistemática, sin distinción de días ni de horarios (son también muy concurridos los salones que arman milongas vespertinas, donde se entremezclan señores de saco y corbata o informal sport, con señoras que, invariablemente, han buscado en el placard algún accesorio especial).

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"Bailar el tango pone en escena la fuerza tenaz, inexpugnable, del deseo", afirma Eduardo Cozarinsky en su libro Milongas (Edhasa, Buenos Aires, 2007), un compendio sobre el tema más cerca de la literatura que del ensayo, pero con apuntes concretos. El prestigioso escritor y director cinematográfico presentó hace pocos sábados su sugerente obra (a la que aportan clima y movimiento las fotos de Sebastián Freire) en una gran milonga, armada para la ocasión, por el Centro Cultural Ricardo Rojas, donde las más audaces celebridades y eclécticas figuras de la cultura hasta se animaron a danzar (como pudieron) nuestra música urbana por excelencia. Los más pataduras deberían considerar seriamente la posibilidad de tomar alguno de los cursos que esa entidad brinda a aquellos que quieran sacarle viruta al piso con alguna dignidad.

Nadie mejor que Cozarinsky, entonces, para guiar a este periodista en un safari noctámbulo por los salones milongueros más emblemáticos. Sólo una vez en la vida, hace más de veinte años, había concurrido por casualidad a uno. En la semana que pasó visitó seis, a saber: las ya citadas de Avenida de Mayo al aire libre y La Marshall, más el céntrico Nuevo Salón Argentina (gente más bien mayor, que sale espantada hacia sus mesas en cuanto los parlantes cuelan alguna música ajena al tango); el Club Gricel, de La Rioja casi San Juan (concurrencia bien de barrio, sin contaminación turística); el Salón Canning (que brilla particularmente el lunes y el viernes, cuando pisa fuerte la milonga del Parakultural), y el Club Atlético Fernández Fierro, en Bustamante al 700 (un galpón donde desborda la presencia juvenil y actúa la orquesta del mismo nombre y canta Walter "el Chino" Laborde, que le da al repertorio tradicional del tango una garra muy particular).

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No se vuelve uno un entendido de la noche a la mañana por frecuentar a la carrera media docena de locales tangueros. Pero permítasele a este improvisado cronista milonguero verter algunas impresiones provisorias recogidas a lo largo de tan fascinante tour: la sensación que se impone es que la milonga es un lugar reparador, que garantiza una plácida velada, donde conviven entrañables personajes y gente común que busca un momento de esparcimiento y serena alegría, donde, por suerte, no hay lugar para molestos fisgones.

Cozarinsky cita, con razón, a Ezequiel Martínez Estrada. "Quizá -escribe en Radiografía de la pampa , su obra más potente- ninguna música se preste como el tango a la ensoñación. Entra y se obsesiona de todo el ser como un narcótico. Es posible, a su compás, detener el pensamiento y dejar flotar el alma en el cuerpo."

Será cuestión de probar nomás.

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