La mujer que ama a los caballos

Dolores Caviglia
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4 de agosto de 2019  

Una vez por semana la veo pasar. Es apenas un poco más alta que yo. Tiene el cuerpo como encastrado, la cadera angosta, el torso erguido, los brazos a destiempo, la mirada fina, los ojos claros y el cabello apenas largo, apenas alisado. Su piel es blanca. Parece fría. Sus labios son rosados y no recuerdo sus dientes.

Las pocas veces que la escuché hablar no logré entenderla porque apenas puede abrir la boca. Debe tener algo más de 40 años. Casi siempre viste ropa oscura, una gorra particular, pantalones cómodos y abrigo según el clima. No lleva bastón, pero sí, siempre, botas de montar. Altas hasta las rodillas. Me pregunto si la ayudan o si solo lo hace para recordar, para no olvidar.

No sé cómo se llama. Tampoco dónde vive. Pero sé que es vecina porque Eugenio, el dueño de la despensa de abajo de casa, la saluda sin falta y a veces, incluso, la acompaña unos metros en su paso lento, lento por esa pierna que no puede doblar, nunca. Lento, pero elegante, aunque impreciso, desgarbado, rígido.

No sé qué le paso. Pero por alguna razón tengo la certeza de que sufrió un accidente cuando montaba a caballo. No son solo las botas. No. Quizá sea el gorro o su aspecto liviano. Pero cada vez que la veo esa única vez por semana no puedo dejar de pensarla como antes. Arriba de un alazán de pelo corto y brilloso, cepillado a diario. Con los pies vivos enganchados en los estribos, las rodillas apenas flexionadas, el peso de su cuerpo inclinado hacia adelante y el cabello ordenado por el viento. Dócil. Ágil. Hábil. Escandalosamente atrevida.

La imagino veloz, segura, excitada por la cabalgata y el calor del cuerpo del animal en contacto con sus piernas. Con la mirada como un cristal partido a causa del sol y el aire, que más que aire parece agua, que más que agua parece mar.

La imagino con las manos lastimadas por el roce de las riendas, los dedos de los pies tensos, atentos, la cara seca, los labios secos, la garganta seca y las pestañas negras, largas, bellas, enfurecidas por la adrenalina de la sangre de la bestia.

La veo con el pecho rígido, maestro, ejemplar. La veo como una escultura dentro del museo más exquisito, blanca, alisada, marmórea, perfecta. Incluso pienso que salta vallas, una, dos, tres, cuatro, las que le pongan enfrente.

¿Habrá sufrido mucho con la caída? ¿Cómo fue que se recuperó? ¿Cuán lastimada está? ¿Qué le sucede cada mañana, cuando se levanta y vuelve a recordar que ya no puede montar? ¿Cómo se hace para seguir viviendo con la certeza de que nunca más se será tan feliz como antes?

Cada semana, la escucho charlar a su ritmo con los vecinos que la conocen y la veo sonreír a su modo a los que pasan y la miran. A mí casi siempre me sonríe. La veo intentarlo. No dejar de buscar. En invierno, en otoño, en primavera, en verano.

Y después, cuando abro la puerta de casa y llego, la recuerdo por un tiempo y la pienso antes de dormirse. Tendida en la cama, seguro en camisón porque vestirlo le resulta más cómodo. Mirando el pasado, tan lleno de todo, para tomar fuerzas de allí y aguantar, el presente, el dolor, la pena, el hartazgo. Hasta que pierde el control y se queda dormida y por fin sueña.

Entonces la dejo, pero recuerdo a la señora ciega que me encuentro los viernes por la mañana cuando salgo a caminar, parada en la esquina de un museo precioso, con su bastón claro, los párpados cerrados al sol, las mejillas blancas, una revista en una mano y la otra extendida para que quien pase le deje algo de dinero.

También a Mónica, con el pelo castaño y peinado por la toca, un poco de brillo en sus labios color ciruela madura y su tesón para ayudar y cuidar a su hija, que no para de drogarse.

A mi compañera de facultad que, pese a que a los veintitantos falleció su novio mientras dormía a su lado, no perdió la luz en la mirada.

A Liliana, la mamá de mi amiga Kiki, que quedó viuda cuando era muy chica, con dos hijas más chicas aún, y salió adelante por ellas y volvió a enamorarse y volvió a enviudar y nunca dejó de reír.

Me da fuerza. Mi vecina, la renga, la que ama los caballos, me da fuerza. En esos días en que siento que apenas puedo, en que me quedo sin opciones, pienso en ella y recobro el aliento.

La celebro.

Me doy cuenta de todo lo que somos capaces las mujeres y me alegro.

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