La música, la mejor cura

Daniel Amiano
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9 de mayo de 2003  

"Yo vivo sin saber/ hasta cuándo todavía estoy vivo/ sin saber el calibre del peligro/ y no sé/ de dónde viene el tiro."

El 4 de febrero de 2001, Herbert Vianna se estrelló con el avión ultraliviano que piloteaba. Su mujer, Lucy, falleció en el acto. El, gravemente herido, permaneció mucho tiempo en coma; su estado era tal que el cálculo más optimista de los médicos le otorgaba un 10 por ciento de posibilidades de sobrevivir.

El líder de Paralamas (llamada, un poco en serio, un poco en broma, "la banda argentina más brasileña") quedó en una silla de ruedas y con algunos huecos en su memoria, pero, para sorpresa de todos, volvió muy pronto a hacer música.

Incluso los médicos, que no encontraron demasiadas explicaciones científicas para su recuperación, se animaron a decir que lo salvó la sensibilidad. Y ha de ser bastante cierto. Lo primero que hicieron sus amigos/compañeros de grupo, Bi Ribeiro y Joao Barone, fue sentarse a tocar con él, que recordaba algunas canciones de los Beatles.

Un día volvieron a un estudio de grabación para registrar las canciones que Vianna había compuesto antes del accidente. El resultado fue el álbum "Longo Caminho", que empieza con el tema "O´Calibre" y los versos citados arriba. Una visión que da escalofríos cuando se piensa en lo que sucedió.

* * *

Desde el accidente, Vianna no salió de su país. Lo hizo ahora, para presentarse en la Argentina, su segunda tierra. Quiere reencontrarse con sus amigos Charly García, Fito Páez, Los Pericos. Quiere tomar un malbec hecho acá y subir a un escenario, claro. Hoy y mañana, el Gran Rex es el lugar elegido para el reencuentro, donde además podrá cantar en argentino, como le gusta decir, y mostrar las canciones de ese disco crudo de la banda de rock de Brasil más conocida fuera de su frontera.

Paralamas ya cumplió veinte años y hace más de quince que viene a nuestro país desde aquel primer encuentro con Sumo (el hijo de Vianna se llama Luca por Prodan). Son muchas las canciones que arman esta extraña comunión del espíritu carioca y la melancolía porteña: un cóctel exótico y explosivo que el tiempo enriqueció y que hoy tiene un significado especial, sobre todo después de ese momento que nadie se anima a llamar milagro y que se explica por el amor a la música. Esa forma de la belleza que tantas veces mejora nuestra vida y que en Herbert Vianna cobra un sentido real.

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