La profecía autocumplida de Los expedientes X

Dolores Graña
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27 de febrero de 2016  

Para quienes estaban clavados delante de la pantalla en la medianoche del último lunes, atónitos frente a la escena final de esta minitemporada de los X Files, el ataque de furia que causó su final abierto -panorámico y novelero- no estaba exento de cierto cariño nostálgico.

Así era seguir la serie. Es que, para bien o para mal, este regreso demostró todas las fortalezas y debilidades del ciclo creado por Chris Carter en 1993. Su capacidad de transmitir a través del humor y el absurdo lo complejo y solitario de la experiencia humana (como en "Mulder y Scully Meet the Were-Monster", la joyita de esta décima temporada), de reflexionar provocadoramente sobre las vinculaciones entre ciencia, política y capitalismo (en la despareja "Founder's Mutation") y continuar delineando matices de una de las grandes relaciones de la historia de la pantalla (el reencuentro entre los agentes tras su separación personal y profesional en "My Struggle"), también está lo otro. Los diálogos imposibles, las deducciones improbables, la vuelta de tuerca efectista a falta de transformación verdadera, el reciclaje de personajes y conflictos, el pastiche de géneros y los caprichos injustificables.

Capítulos como "Babilonia", que combinó escenas bizarras de baile (Mulder ¿consumía? hongos alucinógenos para comunicarse con un terrorista en coma) con un tratamiento simplista de los atentados que daban comienzo al capítulo, abonaron el discurso de quienes sólo veían en este regreso un ejercicio de nostalgia fogoneado por la necesidad de programar "eventos televisivos" vendibles.

Por suerte ya sabemos que habrá más historias con las que pelearse: en estos seis escasos capítulos pudimos recuperar algo de lo que la TV perdió cuando los X Files terminaron.

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